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[FASE de VOTACIONES] 5º Certamen de relatos cortos


Vicio

5º CERTAMEN DE RELATOS CORTOS  

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Por favor, recuerda que para participar en la fase de votaciones debes cumplir el siguiente requisito:

 

  •          Podrán votar aquellos miembros registrados antes del 15/10/18, con más de 25 mensajes escritos en el foro durante el último año.

 

Si tienes dudas de si cumples o no con la cantidad de mensajes, por favor, antes de emitir tu voto ponte en contacto con un miembro del staff para que te confirme si puedes participar en las votaciones.

 

Por otro lado, recuerda lo siguiente a la hora de emitir tu voto:

  •          Sólo un voto por persona y debe estar justificado* para tener validez.
  •          Los autores no podrán votar sus propios trabajos, y su voto tendrá un valor de 4/10.
  •          Los autores tendrán para votar hasta el 08/12/18.
  •          Los votos de los miembros de la comunidad tendrán un valor de 2,5/10.
  •          Los votos de los miembros del staff tendrán un valor de 3,5/10.

*Se entiende por justificado, el voto razonado a través de un mensaje en este tema.

 

Si los autores observan cualquier error en su trabajo, o cualquier incidencia que podamos solventar, por favor, hacérmelo saber vía mp.

 

 

Ultimo día para votar: 09/12 (Hasta las 23:00 horario de España)

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DESTINO ACIAGO

 

Ha pasado ya tanto tiempo que apenas recuerdo como comenzó todo […]

 

El día que en el que mi vida cambió apenas tenía 13 años. Fue una masacre. No sé qué sucedió, solo recuerdo caballeros portando armaduras de gran variedad cromática fluyendo por los tejados de Ciudad Carmesí.

 

Cuando desperté, estaba en paradero desconocido. Lo que encontré nada más abrir lentamente mis ojos, tras lograr vislumbrar algo (pues apenas había luz en esa habitación) fueron unos penetrantes ojos amarillos tan brillantes como el sol. En mi corta vida jamás había sentido tal solemnidad. A su lado se hallaba otro individuo con un aspecto bastante más sombrío y desalineado. Ante esta situación sobrecogido pregunté:

 

-¿Dónde estoy?, ¿Y mis padres?

 

No recibí respuesta. En aquel momento traté de engañarme de algún modo creyendo que seguirían vivos, pero realmente sabía que la respuesta a mí pregunto solo causaría mi sufrimiento.

 

-Al fin despiertas, llevas tres días inconsciente- dijo un chico que aparentaba mi edad.

 

-Meliont, ¿cuántas veces tengo que decirte que no entres en habitaciones ajenas sin antes llamar a la puerta?- dijo el hombre de ojos brillantes.

 

-Lo siento Hache, pero estaba preocupado por como se encontraba nuestra última incorporación, por fin podremos comp…- paró al escuchar la puerta abrirse.

 

Allí, bajo el marco de la puerta, apareció un joven mayor que yo, portando una túnica de color blanca con ornamentos añiles.

 

-Meliont, no deberías de perturbar a nuestro huésped, o lo acabarás incomodando, si no lo has hecho ya, ¿verdad?- preguntó esbozándome una sonrisa tranquilizadora.

 

-¿Quiénes sois?, ¿qué significa eso de “última incorporación”?- dije con voz decidida, tratando de aplacar mis nervios.

 

-Vaya, al fin te preocupas por ti en lugar de por los muertos, gusano- esbozando una sonrisa confiada el hombre sombrío.

 

Ante esa frase, mi cuerpo se movió solo de la cama en la que me encontraba, realizando un movimiento tan rápido que cuando me quise dar cuenta mi puño estaba golpeando el abdomen de este sujeto. A mi alrededor, Meliont, Hache y el otro chico se quedaron perplejos.

 

-Increíble, basta picarte un poco para que tu ira arda. Más tu osadía te saldrá cara, recordarás este día para toda la eternidad, mocoso- acto seguido devolvió mi golpe en el estómago, pero sentí que no me golpeo con todas sus fuerzas.

 

-Tehach, ya es suficiente. Preocúpate de Meliont y Alsiac que son tus aprendices y no te entrometas más con Rad, -me sorprendí cuando ese tal Hache ya conocía mi nombre- No te preocupes- dijo- a partir de hoy te convertirás en mi aprendiz. Serás un formidable guerrero. Estás destinado a ello.

 

Ya no me quedaba nada, no sabía ni donde estaba, aún quedaban muchas preguntas en el aire, pero como si siempre lo hubiese deseado, acepté.

 

El tiempo pasó más rápido de lo que quisiese y mis habilidades como guerrero se desarrollaban rápidamente. A pesar de mi temprana edad, tenía una fuerza abrumadora en comparación con otros aprendices que se encontraban en aquel gran santuario.

 

El entrenar para convertirse en guerrero era una tarea muy demandante, no obstante, Meliont y yo teníamos permiso para descansar más que otros aprendices de aquel gran lugar. Poco a poco fui haciéndome a la idea de que llegaría a ser un gran guerrero, mi instinto me decía que podía llegar a ser más fuerte que ninguno de ellos. Meliont, el cual llevaba más tiempo que yo entrenando, fue el que me explicó el porqué de aquel lugar después de mis insistentes preguntas.

 

-Rad, nuestro propósito es convertirnos en guerreros que protejan a nuestro soberano, el cual aún desconozco.-hizo una breve pausa- Antes de ser recogido por el señor Tehach yo vivía en la calle, huérfano y sin un futuro. Ahora, al menos tengo esperanza. Además, tener un aposento propio para uno mismo te hace sentir la persona más afortunada del mundo ¿no crees?- dijo mientras esbozaba una gran sonrisa.

 

En aquel momento me di cuenta de que tanto Meliont como yo éramos aprendices destinados a un propósito distinto, y eso, por un lado, me reconfortaba, pero por otro me perturbaba. Había formado un gran vínculo con Meliont y por ello decidí formularle la pregunta que deambulaba en mi mente.

 

-¿ Cómo puedes proteger a alguien que ni tal siquiera conoces, Mel?

 

- Supongo que es lo que mi maestro me ha enseñado, valores de convicción y adoración al que será el salvador o salvadora de este mundo. Siempre me dice que protege a los desfavorecidos y lucha contra la injusticia. Así que dime Rad ¿hay una persona más importante a la que proteger que a un “dios”? Daría mi vida con gusto por su causa.

 

Tras esto, reflexioné en el jardín que había detrás del templo de mi maestro y me di cuenta de algo: quería ser un guerrero, pero no sentía ese sentimiento que Mel mencionó.

 

Al día siguiente le confesé mi consternación a mi maestro sin preámbulos:

 

-Hache, creo que no soy digno para ser un guerrero.

 

-¿Y qué te hace pensar así Rad?- preguntó atónito con los ojos más abiertos que de costumbre.

 

- No siento que tenga a nadie a quien quiera proteger.

 

-Rad, tienes un poder colosal. A diferencia de Tehach, yo busco que no seas una mera máquina de matar si es lo que se te pide. Quiero que busques tu motivación y siendo quién eres estoy seguro de que la encontrarás.

 

Mi maestro Hache siempre había sido muy benévolo conmigo. Cuando entrenaba con él, sentía que formaba parte de mi familia. Lo que jamás imaginé es que ese mismo día conocería a la persona a la que juraría lealtad.

 

-Rad, siempre que vienes aquí te veo perdido en tus pensamientos- dijo una dulce voz a mis espaldas cuando abandonaba el templo en dirección al jardín.

 

-¿Quién eres?- pregunté curioso.

 

- A la persona que ansias proteger con todas tus fuerzas- susurró mientras besó mi mejilla.

 

Algo dentro de mí brotó. Desde aquel día siempre que salía de entrenar iba con ella, era la persona que más paz y calidez me transmitía. No obstante, sentía que estaba decepcionando a mi maestro Hache, pues no puedo mantener este tipo de vínculo tal y como establece el código guerrero. Aquel día no éramos los únicos que estaban en el jardín trasero del templo. Percibí un escalofrío por todo mi cuerpo y tras esto una onda negra la atravesó.

 

Mi voz se vio sofocada cuando vi su inerte cuerpo en medio de aquellas flores blancas que se teñían de un rojo carmesí como el de las paredes de mi ciudad. El hombre que se encontraba frente a mí sonreía como si hubiera anhelado ese momento.

 

-Tehach, te mataré aquí mismo- y alce mi puño frente a él.

 

Esta vez no fue como hace cinco años ocurrió, mi puño ni tal siquiera le alcanzó.

 

-Gusano, alimenta tu ira y cumple tu cometido- me devolvió nuevamente el puñetazo en el abdomen […]

 

-Rad, ¿estás bien?- susurró ella.

 

Todo había sido una ilusión. No, estaba seguro de que aquello había pasado. Era una clara advertencia, Tehach me mostró la facilidad con la que podría matarla. Era una amenaza que debería erradicar.

 

-Juro que te protegeré las veces que haga falta- la dije con determinación.

 

Tras terminar finalmente mi duro entrenamiento, fui reconocido como guerrero junto a Meliont. En la ceremonia de nombramiento la masacre se repitió. Un despliegue de guerreros armados aniquilaron a todos y cada uno de nosotros. Al mando un guerrero con armadura alada acabó con mi vida lanzando su puño contra mí. Las últimas palabras que escuché fueron:

 

“Una vez más que no la protegiste”- susurró Tehach a mis espaldas mientras un aura azul emergía del interior de su cuerpo, dejando este inerte junto al mío y el del resto.

 

Cuando desperté, no era consciente si esa fue mi primera vida o no. Lo único que sabía era que el golpe que Tehach me dio el día en el que me conoció, me hizo entrar en este círculo constante de resurrección inevitable. Mel nunca volvió a la vida. Con el tiempo, acabé entendiendo todo. […]

 

-Señora Pandora, tres caballeros de Oro se aproximan al castillo- dijo Zeros de la Rana

 

-Iré a darles la bienvenida, señora Pandora.

 

Tras esto me puse mi casco para luchar una vez más contra nuestro destino. Proteger a Hades era una mera excusa, siempre querré callar la boca a ese maldito Tehach. A lo largo de mis infinitas vidas, me di cuenta de que sus nombres no eran más que un seudónimo bajo el cual ocultaban sus verdaderas identidades: Thanatos, Dios de la muerte, y mi maestro Hypnos, Dios del Sueño.

 

-Lucharé contra quien haga falta para cumplir mi promesa y librarnos de este aciago destino. Lo juro por mi diosa, yo Radamanthys del Wywern, Juez del infierno, la libraré de esta condena.

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BYAKKO

 

Nuevamente recorría ese sendero que serpenteaba entre la maleza, confinado entre enormes árboles y palmeras, que lo salvaguardaban del cielo.

A menudo entre los arduos entrenamientos de mi juventud, solía trepar a lo alto de sus copas para contemplar las cumbres escarpadas y fundirme con la quietud que emanaba la propia naturaleza. Conforme el sonido de mis pasos se difuminaba en la oscuridad, distinguía una sombra que bailaba en la lumbre a escasos metros donde me hallaba; reconocía esa figura familiar encorvada, oculta tras esas ropas harapientas en busca de algún resquicio de calor, por escaso que fuese, de la fogata.

 

-Juju, así que por fin regresaste, ¿será que encontraste la verdad que anhelabas?-preguntó entre leves carcajadas que acentuaban, más si cabe, las arrugas del rostro que las ascuas esculpían con sombras y luces.

 

El anciano tomó el cayado que yacía a sus pies y se alzó en espera de recibir mi respuesta.

 

-Roshi, usted me acogió cuando apenas levantaba unos palmos de suelo, no temió compartir su hogar con un joven sin familia y amigos, que vagaba en busca de luchas encarnizadas para ahogar su propia culpa.

 

Todavía recuerdo cuando le supliqué que me acogiese bajo su doctrina y me entrenase-explicaba al anciano mientras me deshacía del manto que envolvía mi torso y parte de mi rostro.

 

-Por supuesto un chico que vio la crudeza de la realidad, que observó como aniquilaban a sus padres ante sus ojos, alojaba un gran resentimiento contra sí mismo, y esa impotencia, esa culpa, podría tornarse en ira que le consumiese algún día; mi deber era evitar que llegase ese momento pero... -interrumpió el dialogo, mientras caminaba hacia el joven observándolo detenidamente, tal y como haría un artesano que contempla la arcilla antes de moldearla.

 

Tras oír sus palabras no pude evitar la sonrisa sarcástica que se esbozó en mi rostro, lentamente desasía cada uno de los botones de la camisa de corte oriental, que, pese a los innumerables combates librados, todavía estaban presentes con aspecto deshilachado.

 

-La verdad, maestro?, me atrevería a decir que usted que me rechazó como discípulo refugiándose en burdas mentiras no es quien de hablar de “verdades” - repliqué mientras me desprendía de la camisa.

 

-Okko! No es posible, ¡¿acaso tú?!..-exclamó sobresaltado, mientras contemplaba el tatuaje bajo los mechones morenos que reposaban en mi espalda.

 

-Durante años traté de entender por qué, la única persona que me brindó ayuda renunció a mi tutela, ¿acaso fue por destreza? Jajaja, Nah eso es lo que intentó hacerme creer y por ello deambule en busca de respuestas a lo largo del mundo, pero había omitido la verdadera razón, motivo que los Taoinia se encargaron de revelarme.

 

Abandonó la orden y robó la armadura mística del dragón Azure confinándola en la gran cascada, y se apropió de las armaduras del tigre y el dragón, cuya coexistencia provee de un poder inigualable, tal y como detalla el ying-yang; cuando descubrió mi ascendencia Taonia, se deshizo de mí para evitar que lo delatase-aclaraba tras arrojar una violenta ráfaga que propulsó al viejo maestro por los aires pese al aura cósmica que emanaba.

 

El anciano se irguió nuevamente, sin embargo, no apreciaba mínima intención de lucha, sus ojos pigmentados con misma ágata estaban apagados, me preguntaba cuál era el sentimiento que lo afligía, mientras él se colocaba en guardia sacudiendo el polvo de sus harapos.

 

- ¿A qué viene ese desdén? evite dirigirme esa mirada, hoy recuperaré la armadura del dragón y restableceré el equilibrio en nuestra estirpe – clamé al tiempo que una tempestad avanzaba hacia él.

 

- ¡Maestro Dokho! - exclamó una voz que irrumpía desde la bruma adueñándose del silencio del paraje.

 

Disipadas las nubes de polvo, un resplandor verdoso se abrió paso entre la desolación del lugar, dicha luz procedía de un escudo, que al igual que el resto de las partes de la armadura, fulguraban un brillo esmeraldino como si la misma armadura fuese tallado en el propio mineral.

Tras la égida agrietada, pude distinguir el rostro familiar de mi viejo compañero de entrenamiento, Shiryu, dispuesto a entablar combate.

 

-Vaya Shiryu, agradezco que te presentes tú mismo y me traigas la armadura del dragón – repliqué con tono arrogante, preparado para retomar el combate.

 

-Oí el estruendo y no pude evitar acercarme, por favor no se inmiscuya, a fin de cuentas, le atacaron para adueñarse de la armadura que porto, así que esta batalla nos concierne a ambos – comentó mientras apartaba con la mano gentilmente a nuestro maestro.

 

Shiryu intentó propinarme varios puñetazos que evadí, con evidente dificultad, debido a la enorme velocidad con la que ejecutaba sus meticulosos golpes; el combate proseguía y nuestros golpes se ensartaban, cada vez resultaban más certeros y peligrosos, un descuido resultaría letal para ambos.

 

-Okko realmente has progresado ...no solo mejoraste tus condiciones físicas, sino que emanas una gran cosmoenergía-musitaba el anciano consciente del combate que presenciaba.

 

-Shiryu reconozco tu valía y tu progresión, pero no puedo alargar más este combate, no podré recibir más golpes tuyos sin la protección que brinda una armadura – aclaré mientras limpiaba la sangre que discurría por mi labio, dispuesto a emplear mi recurso definitivo.

 

-Incluso con mi armadura, me llevaste al límite, ahora equilibraré la contienda-vociferó al desprenderse de su armadura; diadema, hombreras..todas descansaban inertes en el suelo, ajenos a la confrontación que se avecinaba.

 

Shiryu trazaba formas en el aire con sus manos expulsando todo el cosmos de su cuerpo, el tatuaje del dragón se materializaba en su espalda preparado para asestar el golpe decisivo, al tiempo que yo blandía mis manos en el aire a una velocidad vertiginosa, mientras el tigre que me custodiaba hacía acto de presencia en mi dorso.

 

- ¿Usarás esa técnica para derrotarlo? - se preguntaba con semblante preocupado a la espera del choque de sus discípulos.

 

-Cien dragones ascendentes de Rozan! -exclamó el joven ateniense al tiempo que la liberación de los cientos de dragones de energía sacudía su cabello.

 

- ¡Rugido tempestuoso del tigre! -repliqué liberando mi cosmos.

 

-Está creando un vórtice de efecto vacío, tal y como un agujero negro absorbe todo lo que se aproxima a él– comentó Shiryu, impactado por lo que presenciaba.

 

-Vaya, las ondas de choque rodean los dragones de cosmos de shiryu succionándolos, pero incluso un huracán presenta una debilidad, “el ojo”- meditaba Roshi, mientras observaba el desenlace.

 

-No podré resistir..ese tornado neutraliza mi propia técnica, además cada vez me resulta más difícil respirar-pensaba detenidamente sacudido por la violencia que desataba el tornado que emergía de mis manos.

 

-Tus dragones se ralentizan, apenas alcanzan la velocidad de la luz, admite tu derrota – repliqué, mientras mantenía la concentración.

 

-Si tan sólo pudiese superar esa defensa, algunos dragones casi lo alcanzan, pero finalmente se desvanecen-murmuraba agotado mientras observaba atentamente el choque de ambos ataques.

 

Pese a la inminente derrota, éste sonreía con una confianza inusitada, no llegué a comprender sus intenciones hasta que una ráfaga de dragones impactó en mi abdomen, doblegándome en el suelo.

 

-Shiryu,la base de  la técnica de  Okko se fundamentaba, en aprovechar la inercia de los movimientos imperceptibles de sus manos, para crear diferencias de presión atmosféricas, de modo que la propia resonancia de las ondas desencadenaba un tornado que absorbía todo lo que se encontrase a su paso; cuando simulaste reducir la velocidad de tus dragones él, extenuado por el combate, también redujo la velocidad de sus movimientos-aclaraba conforme se aproximaba.

 

-Así que te marcaste un farol para que redujese la velocidad deliberadamente y poder lanzar una corriente de dragones más veloz que el movimiento de mis manos, anulando el gradiente de presión; eres increíble Sh..Shiryu– murmuré con la respiración entrecortada mientras sostenía mi torso desagarrado.

 

Shiryu sostenía mi mano adolecida y mi vida expiraba tal y como se desvanecía el tatuaje de mi espalda.

 

-Maestro!! - vociferó el joven caballero de Athena.

 

-Ruego que me perdones Okko, imagino la soledad que padeciste, pero aún sin un maestro, desarrollaste una técnica a la altura de los caballeros dorados, incluso superior, al aprovechar el vórtice del tornado para privar de oxígeno al rival, estoy orgulloso de ti.

 

Alcé la vista y contemple sus ojos vidriosos mientras posaba su áspera mano en mi espalda propagando su cosmos enardeciendo el mío propio.

 

-Nunca te rechacé temeroso de tu origen taonia, si no por la maldición en torno a aquellos Taonia regidos por la misma bestia espiritual, ya que ellos se batirían en duelo a muerte. Ciertamente habría ofrecido mi vida gustoso, pero todavía tenía que vigilar el sello de los 108 espectros de Hades a la espera de la guerra santa-explicaba conforme su voz se difuminaba, al igual que el tigre tatuado en su espalda que anunciaba su fin.

 

-Okko, porta con honor la armadura del tigre blanco místico “Byakko” - exclamó mientras señalaba sonriente la armadura nívea con detalles negros que me envolvía.

 

-Maestro! ¿por qué no confeso esto antes? – sollozé.

 

-Sabía que cedería mi vida por ti y tan sólo quería disfrutar del último combate que librarían; cuídense mis amados discípulos y reescriban su destino Taonia-murmuró tras exhalar su última brizna de vida.

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LA ESPERANZA DEL MAESTRO

 

- ¡Maestro, maestro! - Vocifera un niño asustado mientras corre hacia una figura paternal sentada sobre roca al borde del profundo acantilado afilado por las olas y el salitre durante siglos.

 

-Tranquilízate hijo mío, parece que hayas visto al mismísimo Hades- responde con voz tranquila y condescendiente. - ¿Qué ha pasado? -

 

- ¡Ha vuelto a ocurrir!¡Ha vuelto a hacerlo! - sollozando intenta explicarse. - La ha matado…¡la ha matado!-

 

Cierta preocupación se refleja en el rostro del anciano acompañada de una sombra de tristeza porque, aunque siempre supo lo que iba a ocurrir y lo que iba a escuchar de boca de su discípulo, aun en los más profundo de su ser albergaba la ridícula esperanza de que con sus enseñanzas, el entrenamiento y el amor con el que crió a los dos niños pudiera engañar al destino.

 

-Estábamos entrenando en la playa maestro y en un descanso aprovechando la marea baja fuimos a nadar a la gruta natural donde a veces quedan peces y cangrejos, queríamos recoger algunos para la cena y entonces...- se le atragantan las palabras al chico.-Y...entonces...vimos una cría de delfín varada en la orilla mientras volvíamos...mi hermano se adelantó, ¡¡yo creía que la devolvería al mar!! pero le ha aplastado la cabeza contra una roca…-

 

A la mente del anciano volvían recuerdos de aquella vez que mandó a los gemelos sofocar un incendio provocado por el rayo de una tormenta hace dos veranos a la aldea de pescadores. Como parte de su entrenamiento, con las manos desnudas y tan solo con la fuerza de sus cosmos rasgaban el mar de llamas para que las familias se pusieran a salvo de aquel infierno.

 

El observaba a sus alumnos atentamente desde la colina coronada por un antiguo templo construido para venerar a Poseidón. Veía a los aldeanos correr hacia la playa, a sus dos extraordinarios discípulos salvando a aquella pobre gente, jamás se había sentido tan orgulloso, jamás había tenido bajo su tutela a alguien con semejante potencial, sobre todo uno de los dos, uno de ellos era especial.

 

La situación ya estaba bajo control y un niño que lloraba por su cachorro atrapado por los escombros humeantes de lo que fue su casa atrajo la atención de su discípulo aventajado. El pequeño señalaba con un dedo tembloroso el lugar de donde provenían los gemidos del animal que no había podido escapar con su joven dueño.

 

De pronto algo pasó...su pupilo se quedó inmóvil, su cabello pareció oscurecer, era noche cerrada y solo las brasas en el suelo carbonizado emitían algo de luz pero el lugar que el niño le señalaba a su discípulo un segundo antes quedó reducido a millones de átomos. 

 

Dejaron de escucharse los gemidos del animal.

 

Luego en la pequeña cabaña situada en el interior de la isla en la que vivían juró por Atenea que lo sentía muchísimo, que midió mal su poder y que solo pretendía liberar al pobre animal de su prisión de piedra y ceniza, que no quería hacerle ningún daño.

 

Su gemelo le creyó, pero él, que era su maestro, sabía muy bien que su discípulo nunca fallaba.

Después de aquella noche le ordenó en secreto a su otro muchacho que si volvía a ocurrir algo parecido con su hermano se lo hiciese saber.

 

Su mente volvió al presente, allí estaba de nuevo sentado en la roca al borde del precipicio con un muchacho que lloraba arrodillado preguntándole porque su hermano había cometido semejante crueldad. El maestro había tenido la visión de ese momento y sabía que había llegado la hora de dar la lección más importante a su discípulo.

 

-Hijo mío- le dijo levantándole la cara al chico con una caricia - ¿Cuánto tiempo hace que os recogí de los restos de aquel naufragio? -

 

-Ocho años maestro- respondió el chico extrañado por la pregunta y con los ojos vidriosos.

 

-Erais dos bebés berreantes y siempre peleabais- asintió el anciano sonriéndole. -No fue casualidad que os encontrase, como ya sabes tuve la visión de un barco estallando contra las rocas y dos niños envueltos en pañales sobre un tablón flotando rodeado de cadáveres- 

 

El maestro se levantó y continuó hablando - ¿sabes para que lleváis conmigo todo este tiempo? -

 

-Para convertirnos en caballeros de Atenea - respondió el chico con determinación.

 

El maestro miró a su discípulo con la ternura con la que un padre mira a su hijo recién nacido y se lo dijo: -Tu nunca serás el legítimo dueño de la armadura de Géminis-

Las palabras resquebrajaron su alma como frágil cristal pero el respeto que sentía por la persona que le salvó de morir ahogado cuando solo era un niño de teta, quién le educó en numerosas ciencias y secretos del universo y lo más importante, le enseñó todo sobre el misterioso poder llamado cosmos que reside en cualquier ser humano le hicieron mantener la entereza que necesitaba para preguntar:-¿Qué...quiere decir maestro?-.

 

-Kanon- su maestro le llamó por su nombre, como la noche en la que le ordenó avisarle si había otro incidente con su hermano. - Tu hermano Saga es especial, se avecinan nuevas Guerras Santas pero esta vez es diferente, hasta el mismísimo Zeus está inquieto. Lo he visto. - Le espetó a su aprendiz.

 

- ¿Pero señor qué tiene que ver todo eso con lo que le pasa a mi hermano?¿¡Que tiene que ver con que nunca me convierta en el Caballero de Géminis!?- De nuevo empezaron a empañarse sus ojos.

 

-Tiene que ver todo. Cuando vuestras almas comenzaron a existir, los dioses eran conscientes de la amenaza que supondría tu hermano, un corazón puro, humilde, misericordioso y con un control absoluto sobre el cosmos, en definitiva tenía el potencial para alcanzar el poder de un dios...pero con alma humana...por eso Hades bajo la permisividad de Zeus trató de corromper su corazón y pese a todo su poder divino solo pudo implantar una mácula ínfima de maldad pues ni siquiera los dioses pueden someter el alma humana...pero el daño estaba hecho y ese mal empieza a manifestarse en tu hermano y acabará consumiéndolo...lo he visto- Dijo con tristeza el anciano.

 

Kanon estaba petrificado por las palabras que había escuchado, nunca le había parecido tan vulnerable y cansada la persona más sabia y fuerte que había conocido nunca.

 

-Maestro tiene que haber algo que yo pueda hacer... es mi hermano- El anciano sonrió porque era lo que esperaba oír de su muchacho predilecto.

 

-Hay una esperanza...el destino de Saga está escrito pero el tuyo no puedo verlo con claridad, tu eres...más humano que tu hermano, pero si veo que te espera el destierro y el deshonor, serás un repudiado del Santuario si quieres salvarle...-

 

- ¿Qué tengo que hacer? - No había atisbo de duda en esa pregunta.

 

- Debes potenciar la maldad que habita en tu hermano...- 

 

- ¿¡Cómo me pide eso maestro!?- El chico estaba totalmente confundido y por primera vez en su vida creía que su maestro se equivocaba. - ¿Como voy a salvar el alma de mi hermano haciendo más fuerte el mal que vive en él? -

 

El maestro totalmente consciente de lo que le pedía asumir a su discípulo sabía que si alguien podía vivir con esa carga el resto de su vida era ese niño de ocho años. - Kanon, la reencarnación de Atenea en nuestra era está próxima, como te he dicho se avecinan Guerras Santas de mayor magnitud que las de generaciones pasadas pues los dioses nos envidian y a Zeus poco parece importarle ya nuestra suerte...tan solo ella nos protege a pesar del rechazo de muchos de sus iguales olímpicos pues conoce nuestra mejor virtud y nuestra mayor debilidad, el amor por un ser querido...cuando el mal se extiende sobre La Tierra el alma de Atenea se encarna en nuestro mundo y se manifiesta como la diosa cuando llega el momento-

 

Kanon comprendió por fin. -Cuanto mayor sea la maldad en el corazón de mi hermano...antes estará entre nosotros...ella puede salvarlo-

El anciano asintió triste pero orgulloso de su pupilo.  -Hijo mío, tu hermano nunca debe saber lo que hemos hablado aquí, recuerda siempre que lo que nos convierte en Caballeros de Atenea no es la armadura que vestimos si no el peso de la causa sobre nuestros hombros y que puedes llegar a ser más poderoso que yo mismo o tu hermano porque un hombre fuerte no necesita conocer su destino...crea el suyo propio-

 

Dos años después de aquella conversación Saga envenenó a su maestro Delfos y los gemelos fueron trasladados al Santuario para completar su entrenamiento.

Ambos fueron creciendo en poder a la vez que el mal crecía en el corazón de Saga.

 

Cuatro años de su llegada al Santuario Kanon fue desterrado y encerrado en la prisión de Cabo Sunion por orden de su hermano el nuevo Patriarca.

A los pocos meses Aioros Caballero dorado de Sagitario salva a una niña pequeña de ser asesinada que a los trece años de edad se rebelará al mundo como la diosa Atenea.

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Lealtad

 

Llevaba tanto tiempo entrenando que no recordaba el momento en el que había iniciado. Adelphos no sabía qué otra cosa hacer mientras esperaba el regreso de su maestra de la misión que le habían encomendado. Estaba nervioso, noticias llegaban del campo de batalla y no eran alentadoras. Estaban perdiendo la guerra.

 

Decidió intensificar el entrenamiento, moverse lo haría dejar de pensar en el peor de los escenarios. Buscó algún compañero para entablar una batalla amistosa, necesitaba dar y recibir unos cuantos puñetazos para liberar presión.

 

Ni un par de horas y varios compañeros de entrenamiento después lograron despejar su mente de las dudas sobre el destino de su mentora. ¿Estará bien? ¿la habrán dejado herida en el campo de batalla? ¿La habrán derrotado? ¿Seguirá viva? Tenía que dejar de pensar en eso, pero ¿cómo? Ella era su maestra, no, más que eso. Era su referente en la vida. Desde que lo acogió siendo muy pequeño, salvándolo de ese horrible orfanato. Cuando le dio el apoyo y la confianza que nadie más le daba. Cuando le enseñó a pelear y le dijo que su destino era convertirse en un caballero, como ella, al servicio de un dios. Ella le enseñó a romper sus límites, a correr más rápido, saltar más alto, romper rocas con la mano desnuda y a controlar su cosmos.

 

-Te veo disperso Adelphos – La voz detrás de él lo sorprendió. – Ni siquiera te diste cuenta que me estaba acercando. –

 

Su sorpresa impidió que respondiera.

 

- ¿Entrenamos juntos? – Prosiguió la mujer, con voz calmada.

 

Adelphos asintió. 

 

-Maestra…- Alcanzó a decir antes de tener que saltar para evitar una patada.

 

Su maestra había regresado. Adelphos estaba contento de que no le hubiera pasado nada, aunque advirtió una nueva cicatriz en el hombro derecho y cierto cansancio en la mirada.

 

- ¿Cuándo ha vuelto del campo de batalla? – Preguntó mientras soltaba un puñetazo.

 

- Hoy por la mañana, quise venir a verte antes pero tenía que reportar la situación a los generales. La guerra es dura y nuestros enemigos lo son más. No creo que podamos retener el frente noroeste por mucho tiempo y tuvimos que abandonar los puestos de la periferia para evitar más bajas. Perdimos muchos buenos guerreros y ya cayeron dos generales. – Adelphos se detuvo, dos generales, ¿no se supone que ellos son los más fuertes? ¿Los invencibles? – Maestra, déjeme pelear, estoy listo y quiero luchar a su lado. Demostrarle que soy digno de mi armadura. No dejaré que nos venzan.- 

 

- Mi querido Adelphos, te lo he dicho, esto no es un juego, allá afuera es matar o morir y no estás listo. Necesitas estarlo. Como van las cosas no creo que nuestros enemigos tarden en llegar a nuestras puertas. Y nos tocará a nosotros enfrentarlos. Necesito ocuparme de ciertas cosas para cuando eso pase, entre ellas, que estés listo. –

 

Adelphos no entendía nada, él quería pelear, para eso se había entrenado todos estos años con su maestra, ¿y ahora ella no quiere? Entiende que deben estar listos por si los enemigos llegan a sus puertas pero ¿por qué esperar a que estén aquí? Tales eran sus pensamientos que no notó que se estaban alejando del complejo de entrenamiento. Cuando por fin lo notó se detuvo.

 

- Maestra, ¿por qué nos alejamos? 

 

- Quiero hablar contigo de algo, es importante y no pretendo que alguien nos escuche. ¿De acuerdo? – Adelphos asintió dubitativo, confiaba en ella plenamente pero esta actitud nunca la había visto.

 

- He estado en la batalla, he luchado y sangrado, he visto caer a nuestros compañeros, uno de los generales murió en mis brazos luego de que no pudo detener a los intrusos. No sabes lo que es eso Adelphos, nadie lo sabe hasta que lo vive. Lo he vivido y estoy segura de algo: Vamos a perder la guerra. – Adelphos se quedó helado, su maestra, la que ha sido elogiada por los mismos generales, la que tiene fama de nunca rendirse, la guerrera por excelencia del ejército, quien le había enseñado que lo importante era vencer en nombre de su deidad, estaba hablando de una derrota inevitable.

 

- Lo siento, pero es así. Y quiero decirte algo más, me voy a rendir. – Adelphos sintió una puñalada atravesar su pecho. – Me voy a rendir y quiero que vengas conmigo. Quiero que vivas, que crezcas.

 

- Maestra, ¿es verdad lo que me pide? ¿Y sus enseñanzas sobre lo importante de nuestra lucha? No puedo hacerlo, no puede hacerlo. -

 

- Sí que puedo, y lo haré. El ejército enemigo es demasiado poderoso, estoy cansada de ver a mis compañeros caer. Les voy a ayudar a entrar y terminar de una vez por todas. Me han prometido amnistía para los sobrevivientes. Deben estar en camino.-

 

Adelphos estaba incrédulo. Tenía que avisar a alguien, pero eso significaba entregar a su maestra por traición. Y todos sabían lo que le espera a los traidores, jamás podría hacerle eso a ella. No sabía qué hacer. Estaba confundido y aturdido.

 

- Maestra, no voy a dejar que lo haga. Por su bien y por el de nuestra causa. Si avisamos ahora quizá no sea demasiado tarde y con su reputación seguro el castigo no es muy grande. Por favor Maestra, no me obligue a hacerlo.  

 

- Lo siento Adelphos, no puedo dejar que le digas a nadie. Si no vienes conmigo, no puedo dejarte vivir.

 

 Adelphos tuvo poco tiempo para asimilar lo que acababa de escuchar ya que su maestra se lanzó contra él, decidida a matarlo. Sólo apuraba a esquivar cuánto golpe ella soltaba, no podía devolvérselos. Era su maestra, era su modelo. No podía traicionarla, pero tampoco podía traicionar los ideales que ella misma le enseñó a creer. ¿Qué podía hacer al respecto? Lo único que atinó a pensar fue a dejar de defenderse, cerrar los ojos y dejar que ella hiciera el resto. La salida fácil. Así que espero a que ella atacara de nuevo. Bajó la guardia. Cerró los ojos. Pronto terminaría.

 

¡NO! No podía terminar ahí, es su maestra sí, pero los ideales de su lucha están sobre ella, sobre todos. Ella así se lo había enseñado y estaba dispuesto a luchar por eso. Elevó su cosmos y con una velocidad inusitada esquivó el golpe de su maestra y asestó su técnica más poderosa de lleno en su pecho. Mientras ella caía alcanzó a susurrar ‘gracias'. Con lágrimas en los ojos Adelphos le contestó ‘fueron tus enseñanzas'. Y todo se puso negro.

 

Se levantó de un salto, con lágrimas en los ojos, gritando el nombre de su maestra. Ella lo sostuvo en sus brazos mientras se dirigía al General.

 

- Gracias Lymnades – Y volviendo a Adelphos le dijo – Tranquilo, tranquilo. Todo era una ilusión. Ya ha terminado. 

 

- Pero…pero… yo… tú… - Adelphos estaba tan confundido. Su maestra prosiguió.

 

- Adelphos, el ejército de Athena es implacable y poderoso, necesitamos guerreros fieles a nuestro señor Poseidón para afrontar la guerra que se avecina. Sobretodo si estás destinado a convertirte en un General Marino. Perdona por hacerte pasar por esto.

 

Adelphos la apartó furioso, se levantó y silencioso salió de la habitación.

 

- Bueno, ya se le pasará, me alegra que haya demostrado su lealtad, está listo- Oyó que decía su maestra antes de dar el portazo y sonreír ligeramente de satisfacción.

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La Soga

 

La hiel en los labios, lana mojada pegada en el pecho bebiendo el salitre que goteaba del pelo. El cuerpo empezó a elevarse, al principio poco a poco, luego de manera pronunciada, solo entonces sentí cada grieta de sus manos asirse al cuello.

 

< Aquí el mar nunca se agota. No encontrarás descanso ni paz en esta tierra. Déjate ir, Mierdecilla>

 

Sus dedos perdieron tensión, deslizándome entonces sobre su cuerpo hasta dar con la arena. Oscuras nubes llegaban a lomos del viento del sur cuando las primeras luces se colaron por debajo de La Soga, donde las cuerdas comidas por la sal brillaban mostrando el relato de lunas anteriores.

Pensé que gotas de lluvia me despertaban. Luché contra mis párpados, debí perder el conocimiento durante horas porque el cielo se mostraba azul y el sol en el zenit, pero me seguían golpeando en el cuello, el vientre, en las llagas de las rodillas.

Dejé caer la cabeza a un lado y sentado en una pequeña roca estaba su Porquero, lanzándome huesecillos de uva, con la media sonrisa, su pelo revuelto y el profundo hueco donde un día habitó un ojo. El índice marcó el lugar donde esperaban sus "hermanos”, puercos, puercas y lechones, detrás de la empalizada. Todos habían recibido nombre del verbo del amo y yo empezaba a olvidar el mío. Era de su gusto dirigirse a mí con el de cualquier alimaña o ser reptante y el eco de sus letras se había debilitado con los años.

Atravesó el umbral de la casa con el rostro adusto, la capa movida por la brisa y dirigiendo sus pasos hacia mí.

 

< Pronto no quedarán cuerdas para ti. Recuerda; un maestro, un aprendiz y un porquero.>

Traté de alcanzar el otro extremo pero caí, siempre caía por entre las peñas del acantilado. Podía oír cada uno de mis huesos rompiéndose, siendo engullido por el mar que me devolvía a la misma playa una y otra vez.

 

Vi a una madre después de la labor, no parecía mucho mayor que yo. El ropaje blanco de lino estaba teñido de sangre y envolvía en su falda a un recién nacido unido aún a su ser. Un haz de luz atravesó su pecho, los ojos quedaron inertes, la espalda tocó levemente la almohada y sus dedos rasgaron el dosel al escaparse la vida en ellos.

La criatura sintió por primera vez la tenue caricia del sol vestido solo por el viento, robustos brazos lo ofrecieron a la Diosa, mientras bestias tiznadas de ceniza desmembraban a la primeriza en una sinfonía de gruñidos que despertaron su primer llanto.

 

Volví a contemplar al Terrible alejarse de la bahía. Los marineros se mostraban solaces en cubierta cuando el Kraken atravesó la carena, rompiéndola como la más fina copa y aquellas caras transformándose en emborronados lienzos. Sentí su primer golpe cuando la proa no había sido engullida por las aguas. Choque contra el piso. Bailaban las cuerdas la danza de las olas de enero. Se recortaba La Soga

La cena fue frugal como lo fueron sus palabras tras el rezo de la noche.

 

"Bendita sea tu pureza

y eternamente lo sea,

pues todo un Dios se recrea

en tu profunda belleza.

Por ti, adorada princesa,

Ser celestial sagrada

Mi brazo será tu espada

que al santuario regresa"

 

Bonita oración a la puta que me envió aquí...  Oída en los labios de mi torturador era el más amargo de los postres. Rodilla en tierra se postraba ante ella, las velas medio consumidas dibujaban con sus tenues llamas ropajes dorados en la desgastada Nike. ¿Cómo podía aquel diablo pertenecer a la Orden?  Por otro lado, prácticamente todo lo que conocía sobre ella lo había aprendido de su boca y en las historias que  con toda seguridad inventaba "El príncipe de los Gorrinos". Relataba un día, mientras jugaba con su cuchillo entre tripas y vísceras; que nadie habitaba ya la gran sala, el yelmo y la túnica, no vestían al primero de nosotros.

 

Un suave soplo recorrió el altar, las velas quedaron mudas de luz, contorneadas columnas de humo trepaban el cargado aire de la estancia. Encaminó los pasos hacia su recamara y al dejarme atrás firmó la sentencia.

 

<Prepara tu alma, esta será tu última noche en este mundo>

Corrió el yute por mi pierna hasta encontrar en el tobillo su presa, primero el izquierdo luego el derecho. Engrilletado izaron mi cuerpo boca abajo por el travesaño. La comprensión del final  ascendió  a mis ojos cuando el saco me cubrió la cabeza, engalanó mi cuello la cuerda y el nudo apretó su conjunto.

Los músculos se tensaron cuando la maroma corrió en la garrucha. Quedar inmóvil era la opción más sensata ya que no podría evitar lo que vendría a continuación. Había aprendido como La Soga era amiga de zarandeos, del delirio por la falta de aire. En unas horas la marea subiría y nadie cortaría en esta ocasión las ataduras arrastrando mi alma hacia el profundo vacío.

 

<Esta noche te sentarás en la mesa de Thanatos y con tus despojos doblaremos la ración a los cochinos. ¡Sufre el golpe definitivo…!>

 

Mi cerebro ardió como en ocasiones anteriores.

Estaba en el Risco Acheron, destrozando rocas del tamaño de un Titán, salvando sus ataques, algunos mortales. Hacía años que había trascendido más allá del humano que dió con sus huesos aquí, pero mi mala estrella me había enviado al mismísimo infierno, con aquel Caronte guardando celosamente el Río que llevaba a la maldita caja metálica que encerraba mi libertad.

 

Vi mis decenas de Sogas, como agonizaba en aquel cadalso improvisado de maderas y cuerdas danzarinas. Una tras otra pasaban por mi mente cuando la primera ola traspasó la arpillera y mojó mi cabello, la siguiente me besó la frente, la quinta mis ojos, con la sexta inhalé un océano. Dejé de contar cuando los pulmones eran ya tinas de salazón. No pensé nunca encontrar la muerte con aquella dignidad, ni siquiera me aferré a la vida, no rompí las cadenas, intactas las ligaduras, cualquier iniciado se hubiese deshecho de ellas en un pestañeo. La Soga no iba de eso, era una mera excusa, el vehículo de sufrimiento para liberar cuerpo y mente de las ataduras de este mundo. Las visiones y augures que proyectaba su ataque me colocaban ante todos los miedos del ser humano.

“Puedes descubrir a qué le tiene más miedo tu enemigo observando los métodos que él usa para asustarte”, solía decirme.

La realidad era que después de todos estos años no quedaba ya temor en mí y sin embargo había fracasado una vez tras otra, y por última, cuando atravesé el umbral acompañado de su proyección final.

 

 La estancia me era familiar, pude ver a la joven sentada en el centro del lecho, revestida en la blancura de su futura mortaja, abrazada a su retoño aún amoratado. Oí sus dulces susurros:

 

< Eres polvo de estrellas soplado por los dioses, engendrado por el amor de tus padres en un lugar yermo de él. Darás luz a mi vida, harás los días más cortos, más feliz el hogar, olvidaré el pasado y hará que merezca la pena vivir solo por verte cada amanecer>

 

Quise gritarle. Decirle que huyera, cuando la puerta de la habitación se abrió, dejó al niño sobre las sábanas y contemplé su enésimo asesinato. Y lloré, lloré al oír a los cerdos lanzar dentelladas para obtener un pedazo mayor del cadáver, la brisa refrescaba el Sol de Agosto tocando mi rostro sollozante. Yo era aquel niño...Siempre lo había sido.

Todo estalló arrasando lo que encontraba a su paso, regresó el alma a mi exangüe cuerpo infundiendo latidos al corazón. Los cuerpos de los cerdos flotaban en las aguas salobres. El olor a carne quemada llenaba el aire. La casa de piedra apenas sobrevivió, llevaba impresos, como un negativo fotográfico, las sombras de las cosas y del porquero volatilizado frente a sus muros.

 

Al reincorporarse El Monstruo, su camisa, pantalones y piel colgaban de su cuerpo, donde las heridas abiertas dejaban los vasos sanguíneos al aire, parte de sus orejas habían desaparecido, estaba cubierto de sangre y quemaduras e intentaba en vano contener sus intestinos dentro de su propio cuerpo.

El león refulgía con tonos dorados en mi espalda, miré a sus ojos fijamente y los cerré para siempre.


 

Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Juan 8, 32










 

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Redención para los caídos

 

En la tranquilidad del descanso, sentado sobre una enorme roca de obsidiana de una caverna decorada por pesadas columnas de basalto, un joven guerrero se recupera de sus heridas, mientras recuerdos trascendentales invaden su mente:

 

- ¡No haga esfuerzos, por favor…! – suplicó súbitamente el alumno sin poder terminar la frase, con sus manos cubiertas de sangre, y sus ojos empapados en lágrimas.

 

- ¡No me contradigas muchacho, debo explicarte mi historia ahora que he vuelto a ser yo mismo, deja que acabe! – reprochó aquel hombre moribundo de cabello blanco, que una vez fue de color añil, y que se había tornado níveo con el paso del tiempo. Apoyado sobre el hombro de su aprendiz, comenzó a narrar su crónica con gran esfuerzo, debido a la devastadora y mortal lesión que presentaba en el lado izquierdo de su pecho.

 

- Hubo un tiempo en el que yo no pertenecía a este mundo, chico. Un tiempo en el que estuve en guerra con él. Me engañaba a mí mismo, y no podía direccionar mi alma impulsiva y violenta, lo cual me hizo tomar parte en una guerra santa sin sentido, en la que me equivoqué de lado. A pesar de ello yo elegía a quién proteger y a quién eliminar, desafiando la lealtad que había prestado a un dios egoísta y temerario – explicó el mentor antes de toser fuertemente.

 

- Disputé un gran combate contra un dorado defensor de Athena, tremendamente fuerte y de inmenso coraje, que nos llevó al límite de nuestras fuerzas y al de nuestra existencia. Un arrasador cruce de técnicas, nos elevó hacia el espacio, hasta tal punto que mi negra armadura adquirió un tono carmesí, y a punto estuvo de fundirse con las estrellas, a la vez que ablandaba mi corazón. En un alarde de valentía y arrepentimiento, salvé a mi oponente que me sujetaba con ímpetu, devolviendo su cuerpo a la Tierra. Y fue en ese momento cuando sentí que mi cosmos se apagaba de forma casi definitiva – enunció el arrepentido maestro, respirando entrecortadamente y con dificultad para poder continuar su relato.

 

- Pero no fue ese mi destino final, un aura envolvió mi cuerpo y perdí el sentido. Cuando desperté mi torso estaba desnudo y cubierto de quemaduras y cicatrices, y mi cloth, que en antaño resplandecía como un diamante atrapado en la oscuridad, había desaparecido por completo. Sin embargo, me sentía tranquilo, libre de la ira que me había invadido durante la mayoría de mis días. Alguien mucho más grande y poderoso que tú y que yo, chico, me hizo un regalo inimaginable, al concederme el poder de vivir una vida humana anormalmente longeva. Me dio la oportunidad del perdón – sostuvo el experimentado soldado, lanzando un esputo rojizo, a consecuencia de la hemorragia causada por un golpe letal en su tórax.

 

- Yo me presté de forma voluntaria a defender los intereses de un nuevo bando, una facción que representaba unos valores verdaderos y justos. A cambio, como penitencia, me ofrecí a proteger al Santuario de cualquier opresor, y fue así como me convertí en el carcelero de la isla de la Reina Muerte, atrapando y controlando las almas ennegrecidas que ostentaban amenazar la paz, en una época que merecía un descanso, tras un conflicto entre dioses que había devastado este planeta – afirmó Guilty, guardián de un vestigio maldito emergido en las aguas de la Polinesia.

 

El férreo olor a azufre, hizo retornar a Ikki a la realidad, mientras comprobaba como su antebrazo derecho, congelado por un enfrentamiento anterior, recuperaba poco a poco su movilidad, gracias a los vapores que emanaban del cráter de la Isla Kanon. El entorno gaseoso, la actividad volcánica y el reciente recuerdo de su maestro, dirigieron los pensamientos del caballero de bronce hacia un icono que representaba el horror, el miedo y el odio más absoluto durante su etapa de entrenamiento: la máscara de Rangda. Pronto rememoró como esa nefasta careta había transformado nuevamente a su instructor en un auténtico demonio:

 

- Escúchame atentamente, te contaré el porqué de mi comportamiento durante estos seis años – continuó un extenuado Guilty, a la vez que los vivos colores escarlatas, dorados y verdes de su horripilante antifaz, que enmarcaban una dentadura con cuatro colmillos de hueso y unos ojos saltones, se apagaban y degradaban hacia un tono pardo oscuro.

 

- Mi máscara representa a Rangda. Al igual que en la leyenda balinesa donde la anciana bruja representaba el terror de los hombres y devoraba a los niños, esta máscara es sinónimo de crueldad, ensañamiento y malicia. Fue concebida para combatir el mal a partir del propio mal. En un período anterior, antes incluso de ser el protector de esta isla y el comandante de una orden de carceleros, pertenecí al ejército de Hades. Fui uno de sus soldados más fieles, una estrella celeste maligna, impulsiva y agresiva. Sin embargo, volví a renacer como un humano noble y justo. Para ello tuve que perder parte de mi poder, pues me fue extirpada toda la violencia y maldad que habitaba en mí. Ese cosmos teñido de odio fue recluido y materializado en la creación de este antifaz, y custodiado a buen recaudo por el Patriarca en el Santuario – explicó agonizante el  combatiente, sabiendo que su vida terminaría en pocos minutos.

 

- Este lugar, Ikki, fue el escenario de una espeluznante batalla, entre un grupo de experimentados benefactores que quisieron proteger a los débiles, y una orden paralela de santos renegados, los caballeros negros, calificados como traidores a Atenea, que la diosa había apartado de su ejército. Nuestra misión era encarcelarlos y retenerlos en este trozo de tierra perdida en mitad del Pacífico Sur. La mayoría de nuestros contrincantes, apóstatas y traidores que sólo pretendían sus intereses personales, no podían rivalizar con nuestros cosmos, y fueron rápidamente reducidos. Pero el enorme poder sombrío de cuatro de ellos, los denominados reyes de las tinieblas, consiguieron diezmar a mi clan en cuestión de días. Fue entonces cuando me vi obligado a viajar apresuradamente a Grecia para reunirme con el sumo pontífice y recurrir a la Máscara de Rangda – puntualizó Guilty con una convulsión que sacudió todo su cuerpo.

 

Ikki frunció el ceño, y apretó firmemente su puño, ya recuperado del entumecimiento que sufría, haciendo memoria sobre el cuarteto negro al que había enfrentado para conseguir su armadura, y que posteriormente había capitaneado durante un tiempo. Evocó una conversación con ellos, en la que le narraban cómo un solo carcelero ataviado con una máscara, con una energía cósmica oscura, feroz y descomunal, consiguió derrotarlos y mantenerlos cautivos, junto a otros repudiados, en un deslucido y decrépito bosque de la isla de la muerte.

 

Aquel guardián consiguió reprender la ventisca del Cisne Negro con salvajes llamas de que emanaban de su cosmos. Las cadenas de Andrómeda Negro, transformadas en serpientes sedientas de sangre, fueron ensartadas por unas poderosas estacas de fuego azabache, que las inmovilizaron y las consumieron lentamente. El temible meteoro negro de Pegaso fue rechazado fácilmente por una corona solar de energía que mostraba de fondo la imagen de un pájaro bennu, similar a una garza oscura. Ni siquiera la poderosa onda de choque provocada por el dedo índice del Dragón Negro tuvo siquiera alguna posibilidad, pues fue contrarrestada por la técnica definitiva del único protector que quedaba en ese lugar. Así fue como una esfera de fuego de diámetro desproporcionado fue disparada hacia las alturas, dejando fuera de combate y al borde de la muerte a los cuatro santos negros más poderosos, ocasionando un aumento de temperatura que alteró por completo el paisaje de la isla, arrasando todo signo de vegetación y fauna animal, y provocando una total deshidratación y erosión del suelo insular. El Rising Darkness de aquel misterioso y enmascarado carcelero sumió a la isla en una oscuridad total y a punto estuvo incluso de acabar con su propia vida.

 

Ikki se levantó del peñasco donde había reposado durante varios días y abriendo sus ojos azulados de par en par, rememoró las últimas palabras de Guilty:

 

- Lo siento chico, lo siento mucho. Soy culpable. Culpable de haberme puesto esta máscara. Culpable de haber matado a mi hija. Culpable de haberte inculcado el odio y la violencia. Perdóname Ikki… ¡Arghhh! – expiró el que una vez fuera un espectro y se había convertido en un carcelero.

 

- Culpable es una palabra que no debería pronunciarse a la ligera. Existen seres únicos en su especie, capaces de vagar en la delgada línea roja que separa el bien del mal. Son almas únicas que tienen la capacidad de volver y cambiar, renaciendo entre sus cenizas como el ave fénix – dictaminó el más agresivo y violento entre los santos de bronce.

 

- Redención para los caídos. Como el bennu egipcio de plumas negras, que se tornan doradas y rojizas cuando vuela libre hacia el sol – afirmó Ikki, entendiendo a la perfección el motivo del entrenamiento que había recibido y el verdadero corazón de su mentor.

 

- ¡Hasta la vista Kagaho de Bennu! -

 

 

 

 

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La ilusión de Ker

 

Imponía ver a aquel hombre de pie junto al río de magma. Sus cicatrices parecían tener vida propia.

 

- ¿Notas como la tierra te abrasa las manos? Tranquilo… cuando lleves aquí un tiempo, dejarás de notarlo… perderás toda sensibilidad en tus extremidades…

 

-  Maestro, necesito descansar… llevo aquí dos días y apenas he bebido agua, los vapores me abrazan los pulmones y el calor es tan abrasador que apenas puedo mantenerme despierto.

 

- ¡Este es el infierno sobre la tierra!, el mismísimo Hades se lo pensaría dos veces antes de pasar por aquí… si consigues superar tu entrenamiento, tendrás la dicha de ser uno de los 88 caballeros al servicio de Atenea; si por el contrario fracasas… bueno… será mejor que no fracases.

 

Pasados seis meses, los entrenamientos cada vez eran más duros…

 

¡Yarick, acércate! Hoy realizaremos un entrenamiento distinto. Para sobrevivir en este páramo no es suficiente con ser fuerte, también debes entrenar tu mente, prepararla para cuando la desesperación comience a hacer mella en ti.

 

Así, viajamos al interior del volcán. Una allí, mi maestro se sentó en una roca inmensa que parecía salir del suelo y, mirándome fijamente, preguntó:

 

- ¿Tienes familia Yarick? -

 

- Sí, una madre y una hermana-

 

En ese momento se levantó y siguió su camino. No cruzamos palabra durante un buen rato.

En aquel volcán – según relataba el maestro – cuenta la leyenda que se perdió una joven reina, quien, queriendo huir de su destino, embarcó en un barco pirata. El barco naufragó y acabo en esta isla. La joven asustada y temida de su suerte aciaga, recorrió la isla en busca de ayuda, y al no encontrarla, buscó refugio en las cuevas del interior del volcán. Nunca más se supo de ella. Nadie sabe cómo se llamaba la isla antes de su llegada, pero todos conocían el nombre de ella: Ker.

Así pues, aquella isla pasó a ser conocida como la isla de la reina Ker o la isla de la reina muerte.

Pasé todo el camino recordando esa historia, y para cuando volví en mí, mi maestro había desaparecido. Habíamos atravesado el volcán y descubrimos una inmensa llanura.

 

Los vapores del volcán hacían imposible divisar el horizonte, por lo que resultaba bastante complicado orientarse. Pasé meses buscando a mi maestro, primero intenté mantener la calma, convenciéndome que no era más que otra prueba, sin embargo, empecé a desesperar cuando perdí la noción del tiempo.

Un día llegué a las puertas de un pequeño poblado. Parecía hogar de artesanos -por los numerosos talleres-, sin embargo, no había señal alguna de sus habitantes. Caminé durante horas hasta que me topé con un cementerio. Las lapidas no tenían nombres, pero hallé una tumba abierta, con la tierra fresca, y cuando leí la lápida me invadió un sentimiento de terror como el que nunca había sentido. En el epitafio salía mi nombre. Comencé a correr desesperadamente, sin rumbo, y a los pocos minutos ya había perdido el poblado de vista. En ese momento, cuando creía que no podía estar más perdido, oí la voz de mi maestro:

 

- ¿Te has vuelto loco ya? ¿O consideras que puedes soportarlo? –

 

- No, puedo soportarlo - estaba allí para hacer honor a mi nombre, y nada iba a condicionarme.

 

En ese momento se desvaneció la niebla y descubrí que estaba en una arena de combate. Frente a mí, mi maestro.

 

- Muy bien Yarick, ¡pelea! -

 

Intentaba golpearle, pero era inútil, una y otra vez me vencía.

 

- Vamos a dejarlo por hoy, quizás mañana te encuentres más motivado-

 

Se desvaneció nuevamente y yo regresé a la penumbra, a las puertas de aquel poblado. Eso sí, ahora era distinto.

Me acerqué a uno de los talleres y al entrar vi que lo regentaba una joven. Me resultaba extrañamente familiar, como si sus facciones fueran las de un ser querido. Ella pareció sorprenderse al verme.

 

- ¿Qué haces aquí? No deberías estar aquí, tienes que salir de esta isla, o lo perderás todo, tienes que matarle, solo así serás libre –

 

- ¿Quién eres? ¿cómo te llamas? –

 

Antes, cuando las rosas cubrían estos campos, hace muchos años, me llamaban Esmeralda. -

 

En ese momento volví a la arena de combate. En frente, nuevamente mi maestro, pero esta vez mucho más joven que antaño. Sus viejas cicatrices iban desapareciendo y su rostro era más jovial que antes. Volvimos a combatir, y aunque conseguí asestarle varios golpes, su técnica era superior a la mía, y no lograba vencerle.

 

- ¿Qué te sucede Yarick? ¿Acaso la has conocido? ¿Crees que puedes estar con ella? Puedes, pero debes elegir que significa más para ti. No volverás a verme hasta que lo hayas hecho -

 

Rápidamente volví al poblado. Esmeralda me estaba esperando.

 

- ¿Qué te ha ocurrido?, ¿que son todas esas marcas?

 

Ciertamente, hacia siglos que no me miraba en un espejo. Hacerlo fue casi tan traumático como la experiencia de la reina Ker.

 

- ¿Qué me ha ocurrido? ¿Por qué soy tan viejo?

 

- ¡Yo me refería a las cicatrices de tu cuerpo! – dijo Esmeralda-

 

¡Dios Santo!, ¿qué es esto? - Eran similares a las cicatrices que tenía el maestro.

 

¡Debes matarle! - me repetía una y otra vez Esmeralda - no tienes otra salida.

 

Pero es mi maestro, no puedo matarle, he venido aquí para convertirme en caballero, no soy un asesino.

 

- ¡Únicamente matándole volverás a ver a tu madre y a tu hermana! -

 

En ese preciso instante me di cuenta de que Esmeralda y mi hermana salvo por el color de su cabello, eran prácticamente idénticas

 

- ¡Nada es lo que parece Yarick! Vuelve y acaba con él, solo así volverás a verlas. Nada más importa.

 

- Pero y tú, ¿qué harás aquí sola? Vente conmigo, hablaré con el maestro, seguro que atiende a razones -  

 

- No es posible, yo soy tan parte de la isla como lo es él, este el sitio en el que debo estar -

 

Vi una pequeña lágrima caer por su mejilla, y acto seguido, volví a la arena. En frente de mí, esta vez, no estaba mi maestro. En su lugar había un joven de unos trece años.

 

- Ha llegado el día Yarick, solo tendrás una oportunidad, tienes que derrotarme, tienes que utilizar todo lo que has aprendido para vencerme. Solo así conseguirás ser el portador de la Cloth del Phoenix -.

 

Escuchaba a mi maestro, pero no le veía por ningún lado, ¿a quién se suponía que debía de derrotar? En un abrir y cerrar de ojos tenía al joven encima mío, sus golpes eran como martillos para mi rostro, tenía una fuerza sobrehumana. Logré sacármelo de encima y apartarlo hacia unas rocas.

 

- ¿Quién eres? ¿Dónde está mi maestro? - sentía un escozor en la cara, y al tocármela descubrí que la tenía llena de cicatrices. - ¿Que me has hecho? ¡Monstruo! ¿Dónde está mi maestro? -

 

- Todavía no lo comprendes Yarick, ¿quieres pasar otro periodo en las sombras? Ella no es quien dice ser, pero da buenos consejos, deberías seguirlos -.

 

- ¿Maestro? ¿Cómo es posible? –

 

-  La pregunta que deberías hacerte es otra ¿Es que acaso no quieres la armadura? -

 

En ese momento recordé las palabras de Esmeralda y lo comprendí todo.

 

- Puedes quedarte la armadura, no soy un asesino, quiero largarme de aquí, ¡y me llevaré a Esmeralda conmigo! –

 

- HaHaHa, dudo mucho que ella quiera acompañarte. Pero, además, nadie sale de esta isla, solo aquel que consiga la Cloth del Phoenix. Sin embargo, tienes otra salida. Puedes quedarte con Esmeralda, pero tendrás que permanecer en la isla -.

 

- Lo acepto, encontraré la manera de salir –

 

- Encontrarás la muerte antes que la salida… -

 

La arena de combate se desvaneció y reapareció el poblado. Sin embargo, Esmeralda no estaba allí, lo recorrí entero y no pude encontrarla. Llegué al cementerio y, agotado, descansé delante de una lápida. Pronto descubrí que se trataba de aquella cuya inscripción me había espantado, pero esta vez el epitafio rezaba: Aquí yace Ker, Monarca de la Tierra de Esmeralda.

 

En ese momento lo comprendí todo. Todo había sido una ilusión. La isla me ponía a prueba de la forma más terrible, y yo había perdido, había sucumbido al miedo de morir solo en aquel terrible lugar. Olvidé mi objetivo, olvidé a mi familia, olvidé a Atenea, olvidé al mundo entero, únicamente para salvar a una joven, para salvarme a mí de morir en soledad.

 

Con solo pensarlo volví a la arena de combate. Ya no era el mismo, ya no era Yarick, era el guardián de la isla, y como tal tenía un único objetivo: no dejar que nadie más se quedara atrapado aquí, aunque eso significara mi muerte.

Me arrodillé y vi la túnica de mi maestro, dentro de ella encontré una máscara, la coloqué en mi rostro para cubrir mis cicatrices, para cubrir mi rostro… pues ese día murió Yarick, ese día nació Guilty.

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La Victoria

 

Un pálido sol cubría el cielo invernal en lo alto, y un ensordecedor relámpago acompañado de un rayo rojo golpeaba directo sobre la tierra destruyendo todo a su alrededor. Sobresaltado y cubierto de sudor despertó Arcturus sin comprender lo que sucedía, tampoco recordaba lo que había soñado, pero una terrible sensación de desamparo se apoderó de él. Miró a tientas a su alrededor, todo estaba oscuro, no eran más de las dos de la mañana – es mejor que vuelva a dormir – pensó. Acomodó las cobijas y se acurrucó, pues la noche no estaba muy confortable y en la estufa de la vieja cabaña no quedaban más que unas moribundas brazas, debía descansar, pues por la mañana debía partir al Eleusinion.

 

El viaje fue agotador, ya que la gruesa capa de nieve que no se había esparcido en más de una semana le obstaculizaba el paso constantemente, porque el sendero no había sido transitado en días.

 

Una vez hubo llegado al Santuario, se dirigió al Eleusinion, allí entregó las ofrendas que tenía para Deméter y oró por su familia que vivía en la isla Kasos. Sin embargo, este no era el motivo por el cual Arcturus había venido aquel día. Su maestro, Lambardo el Santo de Eridano, había enviado una carta solicitándole que concurriera lo antes posible y se reuniera con Zibal, un viejo amigo, pues extraños acontecimientos estaban ocurriendo en el Santuario, pero que él no podía estar presente. La carta enfatizaba el carácter confidencial de su encomienda, y que Zibal era de su total confianza.

 

Su maestro y Zibal eran viejos amigos y compañeros de entrenamiento desde niños. Lambardo sí pudo conseguir un rango dentro del ejército, pero Zibal tenía otros intereses pero nunca dejó de participar en misiones menores, pues su poder y dominio del cosmos era digno de un santo de Plata.

La carta indicaba que debían reunirse bajo la marquesina del almacén de frutas en la feria dominical a mediodía. Zibal no se atrasó ni un minuto.

 

– ¡Vaya, te has convertido en todo un hombre! – exclamó Zibal al ver a Arcturus –. Veo que el tiempo sin tu maestro no ha sido en vano.

 

– Gracias Zibal – contestó cortésmente Arcturus –, pero me temo que nuestra reunión no es un asunto corriente.

 

– Así es, la partida de tu maestro en un principio se trató de un simple retiro como sabes, pero con el paso de los meses, una serie de acontecimientos en el Santuario no le parecieron muy coherentes a él, ni a los miembros de La Orden del Agua…

 

– ¿Te refieres a la supuesta desaparición del Santo de Sagitario, Aioros?

 

– Podría esa no ser la única razón, pues en esos días también desapareció el Santo de Géminis y hace una semana le perdimos contacto con Siobela de Vulpecula. – dijo Zibal con gran tristeza.

 

–  ¡Siobela! Esto ya se pone más extraño de lo que imaginaba, Zibal. Creo que deberíamos…

 

– Así es, muchacho, estás en lo correcto – le interrumpió –. Lambardo ha convocado a un nuevo concilio y le urge tu presencia. Nos reuniremos en dos días más por cierto, pero no te preocupes, tengo todo preparado.

 

Partieron esa misma noche. El largo camino comenzaba por las ciénagas que colindan con la frontera del Santuario, cuya guardia no es muy rigurosa, ya que corre el rumor que cuando cae la nieve, aparecen espectros de anteriores Guerras Santas y devoran a los curiosos.

 

Una vez fuera del Santuario se internaron en un espeso bosque muy próximo al lugar donde se efectuaría el concilio. Un olor pútrido fuera de lo común se tornaba cada vez más insoportable a medida que avanzaban. Cuando llegaron al punto de encuentro junto a un arroyo, vieron en medio de lo que había sido una gran hoguera un cuerpo desnudo, desmembrado y empalado, con claras marcas de tortura, quemaduras y los pocos miembros que le quedaban deformados por el fuego y los golpes, repleto de larvas y moscas alimentándose de la carne putrefacta.

 

– ¡Imposible! – gritó Arcturus mientras Zibal dejaba sus cosas y corría hacia el cuerpo.

 

Se trataba de Siobela, la pareja de Zibal, quien derrotado ante tal escena no pudo notar que también ahí estaban los restos de Hevelo, santo del Sextante, Hernando del Tucán y Johann del Pez Volador, apenas reconocibles, mutilados pero portando sus cloths.

 

No menos atónito, Arcturus comenzaba a ser invadido por un terror irracional. Fue cuando el joven pudo reconocer las armaduras que desde el cielo a sus espaldas un enorme rayo ígneo golpeó la tierra. El fuego se esparció por todos lados y dos alas de la más profunda oscuridad los abrazó. Ya no había escapatoria.

Fueron las llamas las que hicieron reaccionar a Zibal, que envuelto por un cosmos repleto de ira, se alzó poderoso como aquellos titanes de la era mitológica ante tal enemigo.

 

– Te reconozco, eres Helëglin, el lemuriano desterrado desde la anterior Guerra Santa.

 

– Eres sabio, viejo fracasado, pero Helëglin es un nombre ya olvidado – dijo una voz grave y oscura desde el centro del fuego mientras una silueta negra emergía con forma de demonio –. Ancalagon soy yo, Rey del Fuego de la Perdición y he venido a eliminar todo rastro de la Orden del Agua.

 

Entonces Zibal se arrojó lleno de cólera hacia el enemigo, e invocando a los poderes del agua ejecutó sin pensar su más poderosa técnica: la Destrucción de las Cataratas. El impacto fue tal que parte del fuego se consumió por la onda expansiva, se formó un gran cráter en el suelo y Angalagon sufrió la rotura de una clavícula.

 

– ¡Escapa, Arcturus, este lugar no es para ti!

 

– Imbécil, no vez que no tienen escapatoria, no creas que tienes posibilidad de triunfar – y abriendo las fauces concentró una gigantesca bola de fuego que expulsó incinerando todo el perímetro, tronándolo todo más devastador que antes –. Ya no podrán soportar ni un minuto más las llamas del infierno.

 

Arcturus estaba a punto de perder la conciencia y Zibal había gastado mucha de su energía en el ataque, entonces entre medio de las llamas por fin Angalagon se presentó: hermoso, inmenso como los gigantes, con una armadura negra como ninguna oscuridad y batiendo las alas avivó el fuego que los quemaba, se acercó y blandiendo su espada le partió el estómago a Zibal, dividiéndolo en dos. Pateó las piernas a un lado y miró a Arcturus que no podía creer lo que sus ojos le decían, volvió la mirada a Zibal y le aplastó con el pie la cabeza que se hundió despedazada en el suelo.

 

En ese preciso instante eclipsando el sol desde el cielo como una avalancha apocalíptica se dejó caer Lambardo, mil veces más rápido que el sonido, que con un certero revés le arrancó el brazo que portaba la espada a Ancalagon.

 

– Los santos de Athena luchamos sin armas, maldito.

 

Con sed de venganza pero frío como un témpano ártico, Lambardo pudo hacerle frente a cada uno de los ataques de Ancalagon, que no veía diezmadas sus fuerzas en ningún momento.

 

– Arcturus, quiero que veas esto, pues si no sobrevivo, esta será mi última enseñanza, y si eres digno, podrás derrotar al Dragón y obtener las vestiduras sagradas del Boyero que se encuentran aquí junto al arroyo – con estas palabras le habló el cosmos de Lambardo a su aprendiz, que ya estaba en condiciones de portar la cloth de bronce, mientras debilitaba al mortal enemigo. Y reuniendo el resto de su cosmos, lo materializó en un inmenso afluente – ¡Esta es la técnica más poderosa de Eridano, el Gran Torrente Exterminador de Faetón!

 

Con esta técnica, Lambardo destrozó al Dragón negro, pulverizándole las piernas y los órganos internos. Así, habiendo derrotado a Ancalagon pudo reunirse por fin después de mucho tiempo con Arcturus. Sin embargo, en un rápido movimiento, Ancalagon se alzó y de un manotazo derribó por la espalda a Lambardo, reventándole en el acto los pulmones y el corazón.

Solo y ante el cadáver de su maestro, Arcturus no dudó en concentrar lo más rápido que pudo la mayor cantidad de su cosmos invocando el favor de los dioses y a la velocidad del sonido se lanzó contra el debilitado enemigo atravesándole el corazón y la coraza, pero la armadura demoniaca era tan poderosa que melló el espíritu del joven. De rodillas, Arcturus asombrado, no podía creer lo que había ocurrido por lo que se volteó, pero únicamente vio un par de ojos rojos desbordando ira y desprecio. Ancalagon en un último respiro se abalanzó sobre él y con la única mano que le quedaba, le clavó una garra en el cuello.

 

– No creas que dejaría a los miembros del La Orden del Agua vivos, sabiendo que conocen el secreto del Amo Saga, nuestro Sumo Pontífice – y estrangulándole el cuello se dejó caer inerte por fin sobre el muchacho.

 

El último rayo de luz del día cayó sobre los ojos de Arcturus, a quien se le fue la vida en una lágrima seca mientras contemplaba la liberación del cofre que contenía la cloth del Boyero.

 

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Mi voto para DESTINO ACIAGO.

 

Me ha gustado descubrir el final y ver que no era lo que parecía en un principio. Todo bien hilado con los diálogos hasta llegar a los últimos párrafos.

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Mi voto va para "La Soga"

 

Tambien me gusto mucho Destino Aciago, estaba indeciso entre los dos de hecho, pero termino por engancharme mas la historia de La Soga.

Todos los relatos son bastante buenos pero ese es mi voto.

 

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Mi voto para "LA ESPERANZA DEL MAESTRO"

 

A mí el tema Saga/Kanon me toca siempre en la "patata" y el hecho de ser una historia que podría ser real y se conecta perfectamente con la historia original de Saint Seiya me gusta.

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