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[FASE de VOTACIONES] 2º Concurso de relatos cortos.


Iván

Votación 2º Certamen de relatos  

32 members have voted

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Por favor, recuerda que para participar en la fase de votaciones debes cumplir el siguiente requisito:

  • Podrán votar aquellos miembros registrados antes del 01/11/15, con más de 25 mensajes escritos en el foro durante el último año hasta esa fecha. Si tienes dudas de si cumples o no con la cantidad de mensajes, por favor, antes de emitir tu voto ponte en contacto con un miembro del staff para que te confirme si puedes participar en las votaciones.

Por otro lado, recuerda lo siguiente a la hora de emitir tu voto:

  • Sólo un voto por persona y debe estar justificado* para tener validez.
  • Los autores no podrán votar sus propios trabajos, y su voto tendrá un valor de 4/10.
  • Los autores tendrán para votar hasta el 27/11/15.
  • Los votos de los miembros de la comunidad tendrán un valor de 2,5/10.
  • Los votos de los miembros del staff tendrán un valor de 3,5/10.

*Se entiende por justificado, el voto razonado a través de un mensaje en este tema.

 

Si los autores observan cualquier error en su trabajo, o cualquier incidencia que podamos solventar, por favor, hacérmelo saber por mp.

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~No puede estar pasando esto.~

de Grand Pope Shun

 

-¡Explosión Galáctica!- invocó Kanon su técnica suprema.

Su rival, un chico de doce años, recibió de lleno el ataque, salió disparado y se estrelló contra una de las columnas del Templo de los Gemelos.

-¡Estas muerto!- le gritó Kanon enfadado-. ¡Venga! ¡En pie, Mekbuda! Eso no es nada: te he lanzado la Explosión Galáctica con tan poca fuerza como para no hacerte ni un rasguño.

-¡Pues menos mal!- protestó Mekbuda-. Si llegas a lanzármela con algo de fuerza, no queda de mí ni una minúscula mota de polvo.

-¡¿Y tú quieres ser uno de los doce Caballeros de Oro de Atenea?! Siendo así de pusilánime no podrías ni ser guardia de la puerta de la muralla del Santuario.

-¡Pero es que…!

-¡No hay peros que valgan! Un caballero debe estar dispuesto y no temer recibir heridas. Y no solo un caballero, sino cualquier clase de guerrero. Más aún, no solo los guerreros, sino cualquiera que pretenda ayudar y proteger a otros. Quiero decir, con esa actitud no es solo que no seas apto para ser caballero, sino que no lo eres ni para ser, por ejemplo, policía o bombero.

-Entiendo- dijo Mekbuda, bajando la vista avergonzado.

Kanon iba a decir algo más, cuando de repente, sintió algo extraño.

-¿Qué es eso?- pensó para sí-. ¡Dos cosmos! Uno es el de Mu y el otro… ¡El otro…! El otro es el de Shaka. ¡Están luchando entre ellos! ¡¿Qué esta ocurriendo en el Templo del Carnero Blanco?!

-¿Maestro?- dijo Mekbuda.

-¡Calla un momento!

Kanon siguió prestando atención al enfrentamiento. Al cabo de un rato, el Cosmos de Mu desapareció.

-¡No puede ser! Shaka ha derrotado a Mu. ¿Qué estás haciendo Shaka? ¿Acaso se habrá vuelto loco?

Un rato después, empezó a sentir cómo Shaka combatía contra Aldebarán y también le derrotaba.

En ese momento, llegaron al Templo de los Gemelos los otros Caballeros de Oro supervivientes de la Batalla de los Doce Templos.

-¡Kanon!- dijo Aioria de Leo-. ¿Lo estas sintiendo?

-Sí- respondió Kanon-. Shaka ha estado luchando con Mu y Aldebarán y los ha derrotado.

-¿Qué diablos está haciendo?- intervino Milo de Escorpio-. ¿En qué está pensando?

-¡Vaya, vaya!- oyeron de pronto la voz de Shaka-. ¿Qué hacéis todos aquí? Tanto mejor, así acabaré con todos vosotros a la vez.

Kanon, Aioria y Milo miraron en la dirección de la que provenía la voz de Shaka y vieron a este acercarse a ellos. Iba acompañado de una figura embozada en una túnica con capucha, la cual impedía verle el rostro a la persona que fuera la misteriosa figura.

-¡Shaka!- dijo Aioria-. ¿Qué crees que estas haciendo?

-Cumpliendo la misión que se me ha encomendado: eliminar a todos aquellos que puedan ser un estorbo.

-¿Un estorbo?- preguntó extrañado Kanon-. ¿Un estorbo para quien? ¿O para qué?

-Para el exterminio de la humanidad.

-¡¿Cómo?!- exclamaron los tres caballeros al unísono.

-Así es- replicó Shaka-. Se ha decidido que los seres humanos no merecen existir. Que han acabado por torcerse más allá de toda posibilidad de poder volver a enderezarse. Por ello, se ha tomado la determinación de exterminarlos.

-¿Quién ha tomado esa decisión?

-Voy a acabar con vosotros. No necesitáis saber quien ha tomado la decisión. Y ahora… ¿Quién quiere ser el primero en enfrentarse a mí? ¿O preferís luchar los tres a la vez contra mí?

-Mekbuda- dijo Kanon-. Vete de aquí, huye.

Mekbuda obedeció a su maestro y se marchó corriendo.

-Las reglas de la Orden de los Caballeros de Atenea establecen que los combates entre caballeros deben ser de uno contra uno- dijo Kanon, una vez Mekbuda se hubo ido-. Pero somos conscientes de que tú, al ser el único de los Doce Caballeros de Oro en alcanzar el Octavo Sentido, eres el más fuerte de nosotros, te atacaremos los tres a la vez. ¡Prepárate!

“¡Explosión Galáctica!”

-¡Plasma Relámpago!

-¡Aguijón Escarlata!

Cada caballero lanzó su ataque al unísono con los otros dos. Shaka los desvió todos.

-¡Capitulación del Demonio!- replicó Shaka con su propio ataque.

Kanon, Aioria y Milo recibieron de lleno el ataque de Shaka.

Sin embargo, estos se levantaron y se lanzaron de nuevo al ataque. A continuación, tuvo lugar un intercambio de golpes entre los cuatro caballeros que se prolongó durante cinco minutos.

-Esto ya se está alargando demasiado- dijo Shaka-. Acabaré con vosotros de una vez. ¡Tesoro del Cielo!

Kanon, Aioria y Milo perdieron sus cinco sentidos. Cayeron al suelo prácticamente muertos.

-Y ahora os daré el golpe de gracia.

-E… Espera- dijo Kanon, comunicándose telepáticamente con Shaka-. ¿Por qué? ¿Por qué haces esto?

-Ya os lo he dicho. Se ha tomado la decisión de exterminar a los humanos.

-¿Pero quien? ¿Por qué te has pasado a su bando? ¿Por qué nos has traicionado?

-Está bien. Ya que estáis a punto de morir, os lo diré para concederos vuestra última voluntad. Yo no os he traicionado. O, para ser más exacto, no he traicionado a Atenea.

-¿Cómo? ¿Qué quieres decir con eso?

-Creo que esta bastante claro, ¿no?- dijo la figura misteriosa, hablando por fin.

Entonces, la figura se quitó la túnica.

-¡¡¡¡No puede ser!!!- exclamaron los tres Caballeros de Oro a la vez.

No era posible. No, no podía ser ella de ninguna de las maneras, pensaban para sí. Pero, por desgracia era cierto. La misteriosa figura que acompañaba a Shaka era la mismísima Atenea.

-¿Qué clase de broma esta?- dijo Aioria.

-No es ninguna broma- dijo Atenea-. He decidido que los seres humanos no merecen existir. Los dioses les hemos dado la vida y este mundo para que lo habiten, y ellos no hacen más que destrozarlo y despreciar el regalo de la vida matándose entre ellos y, algunos, incluso quitándose su propia vida.

-Atenea- dijo Milo-. No puede ser cierto. No puede ser que realmente penséis eso. Siempre habéis si do consciente de lo cruel que puede llegar a ser el ser humano, pero nunca perdíais la fe en la Humanidad. Siempre habéis defendido que, aunque hubiera un solo ser humano bueno en el mundo, vos seguirías defendiendo a la Humanidad.

-Y es cierto. Antes pensaba así. Pero en la batalla final contra Hades, éste me dijo que algún día me daría cuenta, como diosa que soy, de que los humanos me tenían engañada. Que el amor no existe ni nadie cree en él. Pues bien, al final he abierto los ojos y me he dado cuenta de que Hades tenía razón.

-¡No!- dijo Milo con desesperación-. ¡Eso es falso! ¡No puede ser! No puede estar pasando esto. ¿¡Por qué!? ¡¿Por qué de repente pensáis así?! ¡¿Qué ha pasado para que perdáis de esta forma la fe en la Humanidad?!

-Supongo que, simplemente, lo que ha pasado es que, al contrario que en anteriores eras, no he abandonado este mundo nada más terminar la Guerra Sagrada contra Hades. Por ello, al quedarme en este mundo tras la guerra he podido ver cómo son los humanos de verdad. Y lo que he visto es que la Humanidad esta cada vez más corrompida: cada vez son más las guerras y los crímenes. Las personas ya no se ayudan las unas a las otras, sino que cada vez son más los que vuelven la mirada o pasan de largo cuando ven a otros en apuros.

-Puede que haya mucha gente que hace eso- dijo Kanon-. Pero es mucha más la gente a la no deja indiferente el mal. Lo que ocurre es que es cada vez más la gente que sabe que la violencia no es la solución y lucha contra las injusticias de forma pacifica. Por eso, si vos habéis perdido la fe en la Humanidad, yo y mis compañeros no. Y por ello estoy dispuesto a luchar hasta el final. Incluso, aún con todo el dolor de mi corazón, si quien amenaza la paz del mundo sois vos misma, la Diosa Atenea.

-Yo también lucharé hasta el final- dijo Aioria.

-Y yo- replicó Milo.

-¡Arde, Cosmos!- gritaron los tres a la vez.

-¡Explosión Galáctica!

-¡Rayo Relámpago!

-¡Aguijón Escarlata de Antares!

Los tres lanzaron sus ataques a la vez. Shaka y Atenea recibieron el impacto del ataque combinado y cayeron al suelo, muertos.

 

FIN

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~Chico… buen trabajo.~

de Onakis

 

- ¿Dónde han estado? –  Preguntó el niño mirándolos fijamente desde el árbol en el que estaba subido, primero estaba enfadado pero al ver por fin a quienes fueran sus compañeros de travesuras desde que tiene memoria, no pudo sino esbozar una sonrisa.  – Llevo horas esperándolos – Su cabello anaranjado estaba desaliñado y lleno de ramas, prueba de que llevaba mucho tiempo saltando entre los árboles, pero sin alejarse mucho del claro en el que se habían quedado de ver. Sus tres amigos se vieron entre ellos y se preguntaron al unísono – ¿También acabas de llegar? –, - Déjense de tonterías, quedamos de vernos aquí para ir a explorar las montañas y ver si ahora podríamos encontrarlo, ya no nos dará tiempo, si nos apresuramos podríamos…–, - ¡No me lo van a creer!- Lo interrumpió el más pequeño de los cuatro. – ¡Lo he visto! ¡Lo he visto! – Sus ojos verdes se abrían llenos de emoción. No tenía que decir de quién se trataba, era a quien trataban de encontrar y las historias de su existencia siempre habían rondado por la zona desde los tiempos de los viejos de la aldea. – Venía caminando hacia acá – prosiguió el pequeño – Y de repente salieron de entre las rocas cientos, no, ¡miles de Sombras! Y me vieron y se me acercaban. Yo cerré los ojos porque todos sabemos que las Sombras vienen y nos asesinan porque no encuentran lo que buscan. – Parecía que el simple recuerdo del momento lo volvía a llenar de temor – Entonces, ¡POW! Una luz brillantísima apareció, casi no podía ver pero sabía quién era: Mu, el Caballero que protege el Tíbet y Jamir, que protege nuestras aldeas. – El niño de cabello anaranjado bajó del árbol, visiblemente interesado y se unió a sus amigos quienes se acercaron más para oír mejor la historia del pequeño. – Era una luz que se movía. Cada vez que se le acercaban las Sombras para atacarlo desaparecía entre brillos y aparecía en otro lugar, haciendo desaparecer las Sombras con hilos de luz que salían de sus manos, como estrellas fugaces. –, - No seas tonto – El mayor de los cuatro le dio un empujón amistoso – Él no es así, no es una luz -, - Es mi historia y sí es una luz, yo lo vi – El pequeño frunció el ceño y prosiguió – Yo estaba escondido detrás de una roca y vi cómo las Sombras iban desapareciendo cada vez que la luz que salía del Caballero los tocaba, al final las Sombras que quedaban huyeron y él desapareció –. – ¡Esa historia es increíble! – El niño de cabello anaranjado saltó emocionado, deseando que hubiera sido él quien hubiera visto a Mu de Aries luchando contra las Sombras. – Esa historia no tiene ningún sentido, está inventando todo. – Dijo por primera vez el más callado de los cuatro, mientras los miraba con sus ojos amatista y recibía una mirada furiosa del pequeño. – Mu de Aries no es una luz que desaparece y aparece, tampoco saca luces de sus dedos. Yo lo sé porque lo vi. – Los ojos de los otros tres crecieron como platos – Iba caminando por el arroyo que lleva a la aldea del río cuando vi a varias personas venir corriendo hacia mí, con el miedo en sus rostros. Yo me quedé quieto porque no sabía por qué los perseguían y no quería que me confundieran con uno de ellos. Los perseguían unas Sombras, no eran miles como dijo Dhar, pero sí eran muchas. Una de ellas tomó por el cuello a una anciana que había quedado atrás y le preguntó algo sobre un templo y el polvo de estrellas, ella no sabía nada pero no le creyeron. Les juro que creí que la iban a matar frente a mis ojos pero llegó Mu. No era una luz, era una bestia, un carnero de oro enorme, se podían ver sus cuernos. Todo su cuerpo es de oro con ciertos destellos lilas. Con voz humana le dijo a la Sombra que soltara a la mujer y que se fueran de ahí, pero la Sombra no le hizo caso y trató de lastimarla. Debieron verlo, un destello de su piel dorada y apareció al lado de la Sombra, otro destello y la Sombra había desaparecido. La anciana abrió los ojos, sonrió y le dio las gracias. Así, el Carnero de Oro se fue hacia el camino rocoso que lleva a la montaña. –. – ¡Fue en ese camino donde yo lo vi! – Dijo el pequeño sonriendo porque sentía que esa historia le daba más credibilidad a la suya. – Pues yo lo vi también – Dijo el mayor, recostándose en un árbol y con una sonrisa burlona – Y ustedes dos están muy ciegos si creen que Mu es una luz o un carnero de oro enorme que habla como humano. – Los rostros del pequeño y el callado se pusieron rojos de ira – Yo lo vi antes que todos ustedes cuando estaba haciendo un recado a los monjes del templo en la aldea del río. En la plaza había una reunión entre los ancianos de los pueblos de la zona debido a la reciente aparición de más Sombras que de costumbre. Fue cuando aparecieron las Sombras, cientos de ellas, preguntando por el polvo de estrellas y el templo donde supuestamente se hacen reparaciones con él, también por el Caballero que custodia dicho templo. Los ancianos se negaron a responderles y las Sombras empezaron a quemar la aldea. Todos los aldeanos empezaron a correr como locos, hacia la montaña, el bosque y el arroyo. Se me acercó una sombra y yo le dije que no le tenía miedo–. – ¡No dijiste eso! Siempre tienes miedo cuando salimos a explorar – el comentario del niño de cabello anaranjado despertó las risas en sus otros dos amigos – ¡Claro que sí lo dije! – Respondió el mayor – Pero cuando estaba por defenderme, en el cielo se escuchó un ruido como de abejas y de la nada apareció el Caballero Mu. No es nada de lo que ustedes dicen, es un espíritu del bosque, mitad hombre, mitad animal. Bañado con el oro de los dioses. Yo lo vi desaparecer y reaparecer como si nada. Pude verle su cara pero también sus cuernos. Se paró entre los aldeanos y las Sombras diciéndoles que los dejaran en paz. Las Sombras no le hicieron caso y lo atacaron, salieron rayos oscuros de sus puños. Pero el Caballero Mu no se movió y los rayos oscuros golpearon una pared invisible, como de cristal, y rebotaron atacando a las Sombras. Muchas desaparecieron pero otras lograron huir, yo creo que a perseguir a los aldeanos que se alejaban asustados. Yo sólo vi al Caballero Mu adentrarse en el bosque. – El niño del cabello anaranjado se levantó visiblemente contrariado –Mientras, yo aquí en medio de la nada, me perdí toda la acción. Qué envidia me dan ustedes.–

 

Justo cuando se estaban levantando todos para iniciar la búsqueda del templo del Caballero Dorado un estruendo llegó a sus oídos, seguido de una enorme explosión al lado del claro del bosque donde se encontraban. Los cuatro salieron despedidos por la energía, el niño de cabello anaranjado perdió de vista a sus amigos entre la confusión de astillas, hojas y humo en la que se había convertido el claro. Alcanzó a ver a unas Sombras, contó veinte, atacando directamente al Caballero Mu. ‘No es una luz, tampoco una bestia ni un espíritu del bosque. Es una persona con una majestuosa armadura dorada. Y qué tranquilidad y valentía se reflejan en su rostro a pesar de estar siendo atacado una y otra vez.’ pensó el niño de cabello anaranjado en los pocos segundos que duró esa escena frente a sus ojos. El Caballero Dorado seguía repeliendo los ataques de las cada vez más numerosas Sombras, quienes le gritaban cosas sobre la localización de su taller, sus instrumentos y su diosa. Nunca se habían visto tantas Sombras como ese día, y seguían llegando más. En el frenesí de la lucha Mu de Aries sintió un cosmos muy pequeño, pero con una particularidad que hizo que se distrajera por una fracción de segundo, lo suficiente para ser atacado por la espalda por el líder de las Sombras. Mu se preparaba para recibir el golpe y contraatacar cuando su enemigo cayó inconsciente, fruto del golpe de una enorme roca lanzada con una fuerza sobrehumana, ‘telequinesis’ pensó Mu, mientras elevaba su cosmos. Su Extinción de Luz Estelar se encargó de deshacerse de las Sombras que quedaban.

 

Una vez que la tranquilidad llegó al claro del bosque volteó a ver al pequeño niño de cabello anaranjado que había detenido al líder de las Sombras, y de quien había sentido ese cosmos tan particular. – ¿Cómo te llamas? – Le preguntó con una voz serena –, - Kiki, señor Mu – El Caballero Dorado sonrió amablemente – Mucho gusto en conocerte Kiki, gracias por tu ayuda. Y mantente cerca ¿si? Quizá te busque algún día. – Kiki no podía creer lo que escuchaba – Y chico… buen trabajo.

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~El reencuentro.~
de ShuNe
 
Tan terrible era la amenaza que se cernía sobre la tierra, que la naturaleza se reveló contra sí misma y las personas se volvieron unas contra otras. A medida que los planetas se alineaban ocultando la esfera dorada, la tierra bañada por las tinieblas moría y con ella, la esperanza. 
    El emperador del inframundo alzó sus tropas de entre los muertos para adueñarse del planeta y así erradicar toda forma de vida que poblara la tierra, sumiendo la superficie en una noche perpetua.
    Bajo un oscuro estandarte, el temible ejército de Hades hoy penetraba en nuestros muros de piedra para acabar con la vida Atenea.
No me costó diferenciar un terrible cosmos que se acercaba cada vez más, una energía inconmensurable e imposible de igualar. Alguien que había entrado en el santuario con el ardid de un ejército fantasma, pero que suponía una amenaza muy real.
    Con la llegada de aquel guerrero, ataviado con una armadura tan negra y afilada como las alas del  cuervo, me invadieron sentimientos tan contradictorios como mi propia personalidad; añoranza, nostalgia del único abrazo que había conocido, del que una vez había sido mi hogar… pero por otra parte,  también me asaltaban miedos de los cuales no conseguía escapar.
    No temía los golpes del inminente enfrentamiento, pues los puños en mi abdomen eran el único contacto humano que había experimentado desde hacía mucho tiempo. Temía su mirada de desaprobación, su ira y resentimiento. Sabía que cualquier gesto que me pudiera proferir, seria de odio y desprecio.
 
Mientras aguardaba en el interior de aquella estancia, envuelto en un silencio sepulcral que lejos de calmar, ensordecía como el mayor de los estruendos; sentía las lágrimas resbalar por mis mejillas, arroyar por mi cuello y anidar en mi pecho. Jamás había sentido tanta tristeza ni pesar, como en aquel momento.
    El silencio se rompió y tornó en pasos, que me inquietaron aún más que la calma que se había apoderado de aquel inhóspito lugar. Un escalofrío recorrió mi ser y me congeló el habla, por lo que solo pude dedicarme a escuchar, una voz dura, resquebrajada y terriblemente familiar:
 
  -         Ni en el más absurdo sueño pensé en encontrarte aquí, custodiando  este templo. Pensaba que los dioses te habían castigado y que habrías muerto hace ya tiempo.
 ¿Cómo te atreves a vestir esa armadura y a defender esta casa...?  Tú, que albergas un odio tan feroz que es capaz de destruir a quienes debías proteger y amar... Tú, cuya demente ambición te condujo a sembrar en mi corazón el mal…
 
Yo quería decirle tantas cosas… pero no sabía por dónde empezar. ¿Cómo podría hacer expiar mis pecados y que estos se evaporasen mediante simples palabras, procedentes de unos labios que años antes solo susurraban maldad?.
    Quise rogar su perdón, quise decirle que en mi interior siempre le había amado, que mi corazón le albergaba durante todos los años de extrema soledad a la que él me había condenado. Quise decirle que el cosmos de Atenea me había purificado y quería defenderla hasta mi último aliento, a su lado.
    Pero yo que hoy obedecía a una causa aún mayor que mi propia redención, solo pude tragarme mis remordimientos y pronunciarme para retarle en duelo una vez más. No tenía otra opción.
    No se trataba de mi hermano, ni de lo que hubiera ocurrido en un pasado. Quien ante mí se encontraba, ya no era un caballero dorado, si no alguien  dispuesto a profanar la que fuese su morada tiempo atrás y obstinado en segar la vida de aquella a la que un día, había jurado lealtad.
 
    El silencio se hizo eco entre los dos y un demoledor ataque impactó sobre mi armadura haciéndola estallar; aquel golpe me habría pulverizado al instante, de no haberme encontrado físicamente en otro lugar. Pero e incluso antes de que  pudiera llegar a reaccionar, algo me envistió en la espalda con inusitada intensidad. Su cosmos me había encontrado a través de la distancia, derribándome, como ya había hecho tiempo atrás.
    Las trémulas sombras que mi sangre y sudor dibujaban en el suelo, me trasportaron súbitamente a nuestro anterior duelo. En aquella ocasión, su fuerza hizo que me desvaneciera y al despertarme me hallaba en una prisión forjada en acero y piedra.
    Durante largos años no conocí más compañía, que la de furiosos vientos y un despiadado océano que me abatían, que fustigaban sin piedad mi cuerpo noche y día. Todavía puedo sentir la sal escocer en mis heridas, recordándome que aún permanecía con vida.
    Por aquel entonces, mi corazón solo latía instigado por un odio tan profundo que perforaba mis entrañas y por el deseo de saciar mi enorme sed de venganza.  Pero el mal que ayer anidaba en mi ser, nunca cobró tanta fuerza como la causa que hoy debía defender… y fue justamente la importancia de aquel sagrado deber, lo que me expulsó del pasado, haciéndome volver.
    Logré ponerme de nuevo en pie, sintiéndome empapado por mi sangre y absurdo por mí estupidez. Jamás debí haberle subestimado, ni tratar de burlarle con un sortilegio que el mismo había inventado. Saga me venció hábilmente rompiendo la ilusión que proyectaba mi mente. El templo había sido profanado.
 
Ya no recuerdo cuanto tiempo permanecí envuelto en un manto de oscuridad, escuchando como los gritos de aquel santuario en ruinas se apagaban y la desolación se adueñaba del lugar. Cuando fui sobresaltado por una enorme explosión, que hizo la tierra temblar.
    Un resplandor bañó el suelo hasta donde mi vista alcanzaba, elevándose después hacia el cielo y dibujando a su paso una estela dorada. Con aquel estallido, sentí como un poderoso cosmos se apagaba y se extinguía, junto las llamas del reloj que había sido testigo de todo cuanto ocurría.
    Los pétalos del jardín de los Sales Gemelos danzaban en el aire rodeando la estatua sagrada, parecían traer consigo un mensaje crucial que yo ignoraba…  y algo se tornó distinto en el rostro de Atenea; sus cristalinos ojos que antes parecían soportar una gran carga, ahora solo reflejaban serenidad y calma.
    Nada en aquel instante me indicaba el final que se acercaba. Era como si súbitamente todo hubiera cesado, como si  la cólera de los dioses se hubiese sofocado.
Comencé a sospechar y a maldecir mis pensamientos. Exhalé un profundo suspiro que tornó en gélido aliento y que se alejó de mí, perdiéndose en el viento.
 
-              No tengas pesar Kanon.  Las estrellas que hoy nos observan desde el firmamento, ya escribieron el destino de esta noche hace mucho tiempo, tal vez millones de años… y lo que los astros dictan, ni tan siquiera los dioses podemos cambiarlo.
 
   Las palabras de Atenea, elevaron mi mirada por encima de aquellas tierras, más allá del cielo y de las estrellas. Cuando bajé la vista, pude distinguir la silueta de alguien que se acercaba, apoyado sobre el hombro de un compañero de armas. A cada paso que el daba, mi corazón se desbocaba, hasta que por fin, volvíamos a estar cara a cara.
    No percibía ya su cosmos, tan solo el dolor y el miedo marcado a fuego en sus ojos. Aquel hombre de gesto cortante como el acero, ya no infundía temor, ni parecía tan fiero. Los horrores de aquella cruenta guerra habían masacrado su cuerpo y sus quebradizas piernas, apenas parecían sostenerlo. Hoy era yo quien le miraba con hostilidad y recelo. El en cambio, no conseguía levantar la vista del suelo.
 
-         Kanon, dáselo a tu hermano. Me indicó la diosa entregándome un cofre de terrible contenido.
 
No tuve más opción que aceptar con resignación lo que ella me ordenaba y ahogado en una profunda tristeza, coloqué aquel cofre sobre las manos de Saga, advirtiendo como el terror se adueñaba de su rostro, al comprobar lo que en su interior se ocultaba.
    Estrechó aquel objeto entre sus temblorosos dedos, mirándolo como si de su mayor enemigo se tratara. Fue como si su sórdido pasado retornara, reencarnado en la forma de una daga dorada. 
    Atenea se colocó frente a el, que en silencio sollozaba y con suave caricia envolvió las manos que sujetaban el arma, colocando el cortante filo sobre su propia garganta.
 
-         Saga, no debes dudar, tienes que ser fuerte. Has de saber que prefiero morir hoy...¡que vivir un solo día más de esta muerte!.
 
Tras aquellas palabras; los ojos de mi hermano se inundaron en llanto, cayendo preso del mayor dolor que jamás había sentido, viendo como la sangre brotaba del cuello de Atenea, derramándose en su vestido.
    Y al ver como el rojo cobraba tanta vida sobre la blanca tela, comprendí el verdadero propósito de Atenea, entendí que Saga y yo habíamos combatido del mismo lado en aquella despiadada guerra.
    La sangre que emanaba no escribía el final, si no el principio de una nueva era y una batalla sin cuartel comenzabaentre el dios del inframundo y la diosa de la tierra.
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~RUTINA~

de Perquisitore

 

Una pequeña hormiga se acercaba lentamente a su zapato a la luz del sol de la tarde. Era la número 345. La conocía bien por su forma de andar: cojeaba de la tercera pata derecha. Había sido así desde que la viera por primera vez hace unos días. Una malformación de nacimiento quizás. Es por ello que siempre se quedaba la última para todo, incluso para volver a casa. Su hormiguero estaba a cien pasos de distancia en dirección suroeste, a 4 centímetros de una roca con 5 tipos de líquenes incrustados en su superficie (uno menos que el año anterior). A ojo llegaría 3 minutos después que sus compañeras. Tampoco es que sus camaradas pudieran prescindir de ella por capricho; en esas tierras se necesitaba toda la ayuda disponible y 345 era un recolector dedicado, sin duda.

 

Sin esperarlo otra hormiga apareció de la nada. Una exploradora de otra colonia, probablemente. Él no la reconocía para nada entre las miles de las que tenía memoria en los tres hormigueros de la loma. Lanzó una piedrecita para alejarla de 345, ya que esta última se había parado de repente. Era tan canija que hubiera podido con ella. Ya iban 7 veces esa semana que le echaba una mano por lo que, a su juicio, se había convertido en un imán para los problemas y cada incursión que hacía al exterior le ponía nervioso y tenso.

 

Ladeo el cuello hacia la derecha en un movimiento rápido; un crujido se lo dejó relajado hasta el hombro. No hubo suerte con el otro lado. Hacía tiempo que lo había dado por perdido pero nunca se sabe. Los dedos eran otra historia: crujió las falanges desde el meñique derecho hasta el izquierdo con intervalos de un segundo y medio por dedo. Esperó media hora para volver a hacerlo en sentido contrario. Después alternó pares con impares, múltiplos de dos y dos veces el 7, por darse un capricho y porque lo tenía entumecido. Quizás hoy podría romper el record de hace un año, donde repitió crujidos durante 3 horas…. Pero no. Le empezaba a doler la mano y dentro de poco se acercaba el invierno. No convenía ponérselo en bandeja al frío.

 

Un escalofrío le sobresaltó de repente. Una conocida sensación reclamaba su atención. Cuando uno acaba de perder su ilusión por superarse no le apetece hablar con nadie. En fin… todo era cuestión de ver si le despertaba algún interés. Se concentró, escuchó 5 voces distintas en su cabeza pidiendo consejo y después de un rato sin poder meter baza mandó callar abruptamente. La misma pregunta de siempre, la misma respuesta; todos quietos y se acabó. Falta de paciencia, eso es de lo que adolecía el mundo. Inspiró profundamente y se dispuso a dormitar.

 

Al tercer cabeceo un gruñido lejano atrajo su atención. En el pico número 33 el segundo polluelo del nido 22 de faisán dorado de las montañas se aventuró al borde con la osadía propia de la juventud. Demasiada, de hecho. Caminaba convencido de sus capacidades, arrogante y altivo. Una vez perdido el plumón, era bastante difícil que este tipo de ave testaruda se quedara quieta y muchas veces ….. resbalaban como patos y se precipitaban como piedras. Con esta iban ya tres crías este mes y de la misma manera: Piar rápido y aleteo burdo en la caída. No seguía ni de lejos el patrón típico del vuelo en remontada que él tenía grabado a fuego a fuerza de verlo tantas veces. A no ser que……....

 

Todo su cosmos y su voluntad se enfocaron en la postura del cuerpo del ave y sobre todo en las articulaciones de los hombros y los codos del joven animal con una rapidez inusual. Frenéticamente el patrón del aleteo aumentó la velocidad de intervalo y se mantuvo en la posición correcta hasta casi tocar el suelo, cuando las alas se abrieron hacia arriba totalmente planas y con un fuerte movimiento lo impulsaron de vuelta al cielo. Todo el cuerpo se movía en perfecta sincronía menos el cuello que, siendo lo único de controlaba el faisán, miraba hacia todas partes en general y hacia el nido en particular, presa del pánico sin entender qué diantre estaba pasando. Siguió acompañándolo un rato más alrededor del valle hasta que fue aflojando poco a poco. El movimiento ya era mecánico y autónomo y, consciente de ser libre, no tardo nada en volver a casa. Y él tuvo que confesar que se lo había pasado en grande.

 

La segunda gota cayó sobre su rodilla. La miró con un movimiento imperceptible de los ojos y la ignoró igual que la primera. Una tercera; ya era demasiado. Era como si llamaran a la puerta de uno y se negara a contestar. Qué falta de educación hubiera sido esa. Con tal abrumadora justificación cerró los ojos, respiró y empezó su juego favorito. A pesar de la época del año la lluvia duró muy poco. Probablemente un nubarrón perdido, aunque intenso. A medida que escurría su ropa admitió la derrota con una sonrisa. Se descontó con la gota 5.353.642. Iba mejorando. Esta vez pasó 10 segundos antes del final, cuando el trueno lo despistó al mezclarse los sonidos. Una pena, aunque estimulante. La próxima partida lo tendría en cuenta, al igual que lo hacía con el abrumador ruido del agua de la cascada del lugar. Si se había equivocado al contar los días, claro.

 

Los últimos rayos del sol arrancaban destellos dorados a las espigas del lateral bueno del hormiguero, el que nunca se inundaba cuando había riadas por el deshielo de invierno. Era una visión cotidiana, y sin embargo dolía. Deseaba con todas sus fuerzas ver esos tonos un día más, volver a jugar con la lluvia traviesa, ayudar a volar también a los números 1 y 3 y rescatar de nuevo a 345 de posibles peligros en sus incursiones diarias. Fue un momento fugaz, como reflexionando para sí al tiempo que sacudía la cabeza con un mohín irónico cada vez más pronunciado.

 

Había deseado moverse un poco más durante mucho tiempo y ahora sentía nostalgia. Qué absurdo le parecía aquello.

 

Se intentó incorporar de un salto pero el tobillo derecho le ardió como protesta. Se volvió a sentar y giró el pie varias veces maldiciendo entre dientes su mala circulación. Cuando la luna cerró por completo el disco y el eclipse se completó una mezcla de desánimo y constricción se apoderó de su pecho. Con un sonido fino, como el que hace una lanza al cortar el viento la primera estrella pasó zumbando en el cielo. A simple vista parecía un cometa cercano pero no había duda; la seguían otras a la zaga. Odiaba la idea de ponerse a contarlas. No quería hacerlo de ninguna manera pero en un cielo sin estrellas como aquel eran demasiado evidentes, como si estuvieran burlándose de él. Alzó los ojos y las miró. Y le bastó con dos segundos.

 

Respiró profundamente, el aire helándole los pulmones aunque no hacía frío. Había cumplido el trabajo, en parte. Ignorando cualquier entumecimiento estiró la espalda al tiempo que la vio salir de la pequeña casa. Toda inocencia y dulzura en un día normal, ahora lo miraba con una expresión preocupada. Llegó lentamente a su altura y le formuló una pregunta; la trenza al viento le recordaba ahora más que nunca a cuando era pequeña. No convenía ponerse así; no tenía tiempo de sufrir por no verla….por no verlos jamás. Aunque él la cuidaría, estaba seguro.

 

Al viejo maestro se le cayó el sombrero por una ráfaga de viento y no se molestó en recogerlo aunque era su favorito. Era más importante decirle adiós mirándole a los ojos. En ese momento pensó que irradiaban más luz que las 107 estrellas que contó después de la primera.

 

Con una mezcla de resignación y pragmatismo tomó aire y empezó a hablar para despedirse.

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~LA RELIQUIA~

de Plata

 

No comprendía a qué se debía tanta urgencia, tampoco, por qué se requerían sus servicios en un lugar como aquel. Creía haber dejado claro desde un principio que, todas las armaduras que necesitaran ser reparadas, debían ser llevadas a Jamír… pero la orden, la había dado el Patriarca.

 

Meditabundo, tras abandonar el largo pasillo flanqueado de pinos, se adentró, a través de un serpenteante camino de gravilla, en los jardines que daban acceso a la propiedad y, una extraña e inquietante sensación lo asaltó nada más contemplar la enorme mansión, eclipsada, a esas horas de la mañana, por la alargada e insidiosa sombra que proyectaba el antiguo y derruido castillo, propiedad de los Báthorg, sobre la casa de campo y cuya presencia parecía querer engullir las tierras de su propia heredad. 

 

 

 “Serían ciertas las habladurías”, pensó, pero al instante relegó al olvido aquella sensación. Se encontraba frente a la robusta puerta y el sonido de  una campana reverberaba en el interior de la inmensa mansión. Al cabo de unos instantes, un hombre vestido de negro lo recibió y tras dirigirle una mirada de reprobación, finalmente, le preguntó…

 

-¿Es usted el maestro que repara las armaduras?

 

-Sí- admitió y, al oír aquella afirmación, el hombre se hizo a un lado, permitiéndole el paso a un amplio y ostentoso recibidor.

 

 

-Lady Elisa, ultima condesa de Báthorg lo recibirá en el salón- anunció el mayordomo tomándole la delantera, conduciéndolo hasta una de las puertas laterales, la cual abrió cediéndole el paso.- La señora estará con usted en unos momentos.- musitó cerrando la puerta una vez hubo entrado en su interior.

 

Cientos de rostros de distintas épocas lo contemplaron desde sus artesonados marcos y, sin mucho interés, Mu, los observó a su vez. Uno a uno, paseó por delante de todos ellos, sin detenerse en ninguno en especial, hasta que llegó a él.

 

De mayor tamaño que el resto de los cuadros que lo acompañaban, un hombre de mirada fiera que vestía una oscura y robusta armadura, lo “escrutaba” maliciosamente bajo el cielo ensangrentando que siluetaba el contorno del antiguo  castillo Báthorg y, Mu no pudo menos que admirar la extrañeza así como la ominosa belleza de aquella portentosa armadura que no encajaba en ninguno de los cánones de la época.

 

 

-Sir Ionun de Báthorg- irrumpió repentinamente una voz en el salón sorprendiéndolo, pues no había sentido presencia alguna hasta el momento de su violenta intrusión. Rápidamente se giró y, confundido, contempló a una cadavérica mujer de cabellos canos mirada altiva y desafiante.- un asesino perverso y ruin, un ser desalmado, cuyas tropelías, harían palidecer al mismísimo Guiles de Rals y, responsable de que usted se encuentre hoy aquí.

 

 

-Disculpe,- inquisitivamente, frunció el entrecejo- pero no entiendo.

 

 

-Repara usted armaduras, no es así.- Aquella no era una pregunta sino una afirmación. Elegantemente, la anciana levantó su afilada barbilla, escrutándolo, a la par que, con un ligero ademán le indicaba que se acercara y tomara asiento junto a ella, cosa que hizo tras unos instantes de vacilación.- Vaya, es usted mucho más joven de lo que imaginaba…- apreció al observarle de cerca- y no tiene cejas, pero sí esos puntos en la frente. Interesante- constató.

 

-Reparo armaduras, pero no cualquier tipo de armadura.- protestó azorado,- así que no entiendo que…

 

-Lo sé.- atajó violentamente la anciana- Sé muy bien quién es usted.- aseveró, a lo que Mu respondió torciendo incrédulo el gesto.- Hará unos 240 años, otro maestro “muviano”,- adujo inesperadamente remarcando la palabra- estuvo aquí por el mismo motivo que hoy lo está usted.

 

-¿Cómo dice?

 

-Hakurei, se llamaba. Por cierto, usted…

 

-Mu- musitó sorprendido por la revelación que acababa de hacerle la anciana mientras esta fruncía el ceño como esperando alguna silaba más.

 

-Bien, señor Mu… sé que esto le resultará “extraño”, sin embargo, debo preguntárselo. ¿Cree señor Mu- lentamente, las palabras fueron saliendo de su garganta- en la vida después de la muerte?

 

Mientras se adentraba en el verdoso mar de niebla que rodeaba al castillo,  Mu, no podía dejar de pensar en las palabras de lady Elisa... el pacto de Ionun con el dios de la muerte, la inmortalidad a cambio de su sometimiento al señor del Inframundo… el sacrificio de todos los miembros de su familia a la que sólo sobrevivió su hijo mayor Iracus I que, por aquel entonces, combatía en tierra santa y, la terrible maldición que pesó desde aquel trágico y sangriento suceso sobre el castillo que, de la noche a la mañana, quedó sumido bajo una densa y nauseabunda calígine.

 

Aunque no cesaron ahí sus fechorías.

 

 Alarmado por cómo la población diezmaba en las tierras del conde, el rey envió emisarios al castillo para hablar con Ionun mas, ninguno de ellos regresó jamás con vida.

 

La leyenda cuenta que, el demonio de Báthorg como ya era Ionun conocido, agasajaba siempre a sus huéspedes con un banquete en el que ellos… eran el primer plato.

 

Esas afrentas al rey, fueron las gotas que, lentamente, colmaron el vaso. Horrorizado, el rey envió a sus hombres en busca de Ionun, pero todos los intentos por acabar con el demonio de Báthorg fracasaron. Ninguno de los expedicionarios enviados por el rey consiguió jamás regresar e incluso diez años después, Iracus I murió a manos del demonio de Báthorg decidido a limpiar el nombre de su familia y recuperar aquello que por derecho le pertenecía…

 

No fue hasta aproximadamente un siglo después que, según cita un manuscrito propiedad de los Báthorg, “un enviado del cielo que portaba una armadura dorada” consiguió vencer al demonio, encerrando su alma impía en una torques que, a la postre, dejó en el castillo a cargo de los descendientes de Iracus encomendándoles desde entonces la labor de velar por la reliquia, terminando el antiguo legajo por explicar que… si la niebla espectral volvía a sumir al castillo en la oscuridad, los descendientes de Iracus debían buscar sin demora ni dilación, al maestro muviano que repara las armaduras o de lo contrario, el demonio de Báthorg, regresaría de su encierro de siglos en busca de sangre y nuevas víctimas…

 

 

…así que… por eso, se encontraba allí… a los pies del misterioso castillo semiderruido, abandonado y detestado desde hacía siglos, no sólo por sus legítimos dueños, sobre los que pesaba aquella terrible maldición, sino por todos los naturales del lugar que… desde que regresara la niebla, volvían recelosos y temerosos sus rostros en dirección a la antigua propiedad y no cejaban de murmurar y chismorrear acerca del regreso del demonio.

 

Sereno y decidido a cumplir con su misión, ahora que finalmente sabía, comprendía y había asumido su transcendental importancia, Mu, avanzó a través la niebla y, no le extrañó lo más mínimo descubrir que el castillo lo aguardaba mostrándole sin pudor sus enormes y peligrosas fauces abiertas, invitándolo a pasar…

 

 

Una significativa sonrisa asomó entonces a su rostro. Hacía un buen rato que la temperatura había descendido en picado, pero no fue hasta que posó uno de sus pies en el interior del castillo que descubrió varios ríos de escarcha avanzando hacia él desde todas las direcciones. 

 

Prevenido, saltó evitando quedar allí atrapado cuando, fragmentos de rocas y madera podrida, llovieron sobre él alertándolo. Todo el castillo rezumaba ahora una densa y diabólica energía cósmica. Ionun de Báthorg luchaba desesperadamente contra la influencia que ejercía la torques sobre su alma, y era tal su maléfico poder que… sino reparaba pronto la torques, el demonio terminaría rompiéndola y escapando de su prisión. Así que rápidamente buscó la entrada a la cripta  cuando… una espantosa risotada reverberó en el interior de aquellos vetustos muros. Sorprendido, abrió sus ojos. Una fuerza diabólica y demencial impactó violentamente contra su pecho haciéndolo retroceder algunos pasos… la energía de Ionun era mucho más densa ahí, su presencia casi podía palparse en la oscura y nauseabunda atmósfera que lo rodeaba mientras cientos de garras espectrales trataban infructuosamente de aferrar sus piernas y brazos y de hundirlo para siempre en la hedionda miasma en la que el suelo se había convertido…

 

-Eres muy poderoso- murmuró Mu resistiéndose con todas sus fuerzas,- un hombre normal, ya hubiera sucumbido a tu maléfico poder- avanzando, a pesar de la fiera oposición que ejercía Ionun con su diabólica energía- pero yo no soy un hombre normal y nada de lo que hagas me impedirá llegar hasta la torques y repararla.

 

 

Concentrándose, Mu se rodeó de toda la potencia de su energía cósmica. Sobre su muro de cristal impactaron rabiosos y desenfrenados los espectrales golpes del demonio que intentaba por todos los medios detenerlo mientras él avanzaba decidido en dirección a la reliquia sobre la que vertió su sangre ante los aullidos de rabia y consternación de Ionun cuyos gritos acompañaron el lento y firme martillear de sus herramientas celestes mientras el polvo de estrellas llovía sobre la reliquia y… lentamente, los últimos y moribundos rayos del sol volvieron a incidir sobre la negra y oscura roca disipando a su paso el mar de niebla. 

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~EXPIACIÓN DE PECADOS~

de ALI CRUZ

Es pasado poco más de medio día, y el hambre y el cansancio ¡me están matando! Lentamente siento como voy perdiendo mis sentidos y estoy seguro que no podré vivir más de una semana en este lugar. Creo que he perdido el conocimiento al menos 4 veces desde que estoy aquí y de no haber sido por mi gran poder seguramente ya estaría en el inframundo pagando por mis pecados.
 
Pero no, yo no puedo acabar así. Soy una de las pocas personas privilegiadas en este mundo con el poder suficiente para gobernarlo todo, no; ¡me reusó a que este sea mi fin! Trato de sacar de mi cabeza las ideas derrotistas aunque es lo más complicado que he hecho en mucho tiempo. Comienzo por recordar cómo fue que termine aquí y descubro que hay un sentimiento mucho más satisfactorio que sumergirme en la pena y la desgracia en la que vivo.
 
LA VENGANZA…
 
Dentro de mi cabeza solo puedo visualizar el ansia de llenar mis manos con la sangre de aquel que me encerró en este sitio, sueño con ver su cabeza decapitada a mis pies, así que no; no puedo morir antes de ver cumplida esa meta.
 
Me pongo de pie e ignorando los reclamos de mí cuerpo por detenerme y no hacer ningún esfuerzo físico, con la esperanza de no desperdiciar mis limitadas fuerzas; lanzo un golpe contra las rejas que me mantienen prisionero. Pero es inútil ya que mi golpe si bien tenía la potencia suficiente para vencer a más de 100 hombres, estas malditas rejas están bañadas con la sangre de Athena ¡Esa maldita diosa Athena!
 
Tras el gran esfuerzo mi cuerpo no puede soportar más el cansancio y poco a poco voy perdiendo la razón sumergiéndome nuevamente en un vacío sin fin…
¡Calor! Siento un calor inmenso dentro de mi… no sé qué sea pero lo siento quemar mi interior. Poco a poco siento como va llenando cada centímetro de mi cuerpo y aunque es un calor increíblemente intenso no duele, es más como el arrullo de una madre al cargar a su hijo recién nacido, ¡es como si ese calor se instalase dentro de mi ser y le brindara a mi corazón una nueva esperanza de vivir y corregir mis errores!
 
Nuevamente despierto con esperanzas renovadas pero muy a mí pesar ¡nada ha cambiado! ¿Que será eso que sentí al están inconsciente? Lo habré soñado o simplemente ¿fue mi propio cosmo negándose a extinguirse? Tras meditarlo un segundo quedo convencido que debió de ser mi propio poder. Aunque ese cosmo era muchísimo más grande de lo que jamás he sentido en mí mismo. Seguramente el gran odio que siento hacia mi captor y hacia la diosa que en algún momento lo cegó y lo alejo de su verdadera ambición y naturaleza ha logrado poco a poco despertar mi poder interno.
 
Caigo rendido y solo logro cuestionarme ¿Cómo he podido acabar en este sitio? ¡Si todo estaba saliendo a la perfección! Cierro los ojos y repentinamente tengo un pensamiento dichoso dentro de mi ser. Mi venganza ya está dictada. El motivo de que este aquí encerrado es por sembrar la semilla del mal en ese hombre, y si bien estoy convencido de que esta será mi tumba, al menos moriré sabiendo que mi captor tampoco lograra su objetivo. ¡El dará muerte a la supuesta diosa de la guerra y tras hacer esto la pena, el arrepentimiento y el resto de los caballeros dorados acabaran con su miserable vida!
 
Por un breve instante me permito sonreír y disfrutar de ese momento. Solo para después despertar a mi realidad y descubrir que haga lo que haga no poder estar ahí para ver su cara de sufrimiento cuando eso suceda.
 
No tengo noción de cuantos días han pasado desde que estoy aquí encerrado… 20… 30 días? Solo sé que es de noche y que el hambre y la falta de sueño están logrando que comience a ver y escuchar cosas que no son reales (o al menos eso creo) Mi mente ya no puede enfocar nada en concreto, en un momento de absoluta desesperación e impotencia caigo ante la tentación de implorar la ayuda de la diosa por la cual estoy aquí encerrado, sabiendo que la sentencia que estoy cumpliendo fue causada por la crueldad de mis propios actos. Por primera vez desde que soy niño derramo un par de lágrimas las cuales me saben amargas como cuando llore al saber que mi hermano siempre sería una estrella incandescente en el firmamento y yo… yo solo sería una asquerosa sombra la cual estaba destinada únicamente a hacer relucir aún más la ya indomable luz de mi perfecto hermano.
 
No puedo más me hago un ovillo en una esquina de la cueva en la que me encuentro y veo relucir la luz de las estrellas la cual se filtra entre los barrotes de mi celda, ahora ya solo me queda esperar tranquilamente mi fin.
 
Pasado un par de segundos me percato que al fondo de la cueva en la que me encuentro hay una pequeña luz (y aunque dudo de mis propios sentidos) me acerco para corroborar que mi vista no me esté jugando una mala pasada. Al acercarme a la pared descubro que la luz no es un reflejo de la luz de la luna sobre el agua como fue mi primera impresión! Dando rienda suelta a mi curiosidad toco la pared. Al hacer esto descubro que en un pequeño punto la pared se siente diferente que el resto de la cueva, como si esta estuviera hecha de pequeños trozos de madera cubiertos por musgo. Intento golpear la pared pero nada sucede, aunque al recibir el impacto se escucha un eco el cual me da a entender que algo se esconde detrás de la misma. ¡Se lo que debo de hacer! Pero con la poca energía que aún tengo sé que si esta supuesta pared no es falsa y golpeo en vano, mi muerte llegara antes de que la noche acabe. Tomo la decisión de acertar un golpe con todo mi poder. Así al menos sé que si mi percepción no es correcta, descansare de este sufrimiento.
 
EXPLOSION DE GALAXIAS!!!.......
 
La pared cae entre una gran nube de polvo. Caigo de rodillas por la fuerza de la explosión y la falta de energía que hay en mí. LUZ... Una increíble luz inunda todo el lugar, y no me atrevo a alzar la vista por miedo a lo que hay del otro lado de la pared ahora inexistente. No puedo soportar más la curiosidad por lo que me armó de valor y alzo la cara.

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~WATERGATE~

de Shaina

 

–        Mediocres.

El joven Kanon desplegaba una arrogante sonrisa mientras leía divertido una noticia sobre las intrigas en las que se había visto envuelto el presidente de Estados Unidos. En otoño de 1973, el escándalo de espionaje y manipulación ya era vox populi y, la prensa del viejo continente se hacía eco, para deleite tanto de aquellos que arreglan el mundo en los bares como de los interesados en los juegos de poder políticos.

 

–        Las actividades de Nixon llaman tu atención. ¿Me equivoco? – preguntó Saga de Géminis.

 

–        ¿Celoso?

Kanon, con sólo una palabra, había pasado al ataque dialéctico tras el reproche de su gemelo, quien no obstante, prefirió obviar la provocación con la esperanza de que una charla pudiera hacer entrar en razón a su hermano.

 

–        Sólo curioso. Todo el mundo condena el abuso de poder y los métodos de ese presidente, me ha sorprendido que lo que tú condenes sea su mediocridad. Sé que no te refieres a su mediocridad ética.

 

–        ¡Porque tú también lo has pensado! – interrumpió Kanon. Por mucho que ese hombre haya llegado lejos en su carrera, en el fondo es un cretino. Demasiados cabos sueltos en sus planes, patética destrucción de pruebas, aliados equivocados … Tantos años de trabajo para llegar a la cima de la política y, en el asunto más trivial, comete errores de principiante. Acabará cayendo de aquí a unos meses. Si un pelele de ese calibre ha amilanado a sus adversarios y acumulado tanto poder con una inteligencia tan limitada, imagina hasta donde puede llegar un hombre que aúne la inteligencia y el poder combativo más extraordinarios.

 

Saga se sentía incómodo, pues una parte de él le susurraba que su hermano tenía razón, que los dones están para aprovecharlos y, aunque su moral tratase de reprimir sus instintos, él mismo era consciente de sus cualidades. Era en momentos como éste, en los que la autoestima se convertía en soberbia, cuando se cuestionaba si el camino de rectitud que había elegido servía para algo. Le había reportado admiración y respeto entre los miembros más conservadores del Santuario, pero esa rectitud que tanto valoraban allí no era de utilidad en un mundo donde el género humano ratificaba el “homo homini lupus”. ¿Y si la lealtad a Atenea no hacía sino perpetuar esta situación? ¿No sería más eficaz que un hombre con sus cualidades tomara el control, cogiera el toro por los cuernos y diera a los hombres lo que realmente merecen? Y, sin duda, lo que merecían no era la compasión.

Normalmente, eran las provocaciones de Kanon las que hacían despertar esos pensamientos que lo atormentaban y, aunque siempre acababa desechándolos, cada vez le costaba más.

 

Kanon sabía ver esa dicotomía psíquica mejor aún que el propio paciente, manejaba los tiempos y las palabras como nadie y era bien consciente de que el caballero de Géminis acabaría sucumbiendo a su lado oscuro tarde o temprano. Mientras tanto, Kanon disfrutaba cuando detectaba que su retórica insolente hacía reflexionar a Saga sobre sus propios principios e incluso mostraba atisbos de psicopatía de los que sólo Kanon había sido testigo.

 

–        ¡Cállate! – espetó finalmente Saga, que parecía recuperar su autocontrol. – Siempre te ha gustado jugar a ser Maquiavelo pero no eres más hábil que una Lady Macbeth – añadió en un momento de lucidez sarcástica.

 

–        Te noto airado, hermano. Pero no descargues tu ira contra mí si lo que te reconcome son otros asuntos. En el Santuario se comenta que la abdicación del Patriarca es inminente y todos saben que Sagitario es su niño mimado.

 

–        No nos concierne – respondió Saga, ya conocedor de la decisión del Sumo Ponfíce, intentando aparentar indiferencia.

 

Sin embargo, lo que le vino a la mente es que Aioros no era lo suficientemente fuerte, no tanto como él, para liderar la institución que representaba a Athena en la Tierra. Porque la Tierra está dominada por el egoísmo, el ansia de poder y la ley del más fuerte, y esto sólo se podía combatir con las mismas armas. Desde luego, lo más probable es que un líder débil como Aioros fuera derrocado por cualquier rebelde del Santuario, lo que conllevaría una inestabilidad peligrosa.

 

Aunque Saga no exteriorizara lo que estaba pensando, Kanon no tenía dificultad para interpretar sus reacciones y, conocedor de las ideas que asaltaban a su hermano, pensó que era el momento de dar la estacada final. Porque él no era un mediocre como Nixon que, después de astutos pasos en el mundo de la política, iba a caer en desgracia de la manera más humillante. Kanon sabía que el as que siempre podía guardar en la manga consistía en tener un testaferro. De este modo, cualquier paso en falso o eventualidad inesperada que diera al traste con sus ambiciosos planes de dominio afectaría a su hermano, por lo que él seguiría teniendo una nueva oportunidad de resurgir.

 

–        Saga, dices que no nos incumbe pero sabes que sí. Ese santurrón de Sagitario no es el indicado para cargar sobre sus hombros con la responsabilidad del Santuario. Le doy un mes. Y no es que me importe que algún conspirador acabe con él, lo que resultaría grave es la inestabilidad que vendrá después. Y esa recién nacida que supuestamente es la reencarnación de Athena no va a hacer nada por evitar la catástrofe. Después de todo, si es diosa es todopoderosa y ya habría podido solucionar los conflictos de la Tierra desde hace milen…

 

No pudo terminar la frase. Y es que a pesar de contar con una mente calculadora privilegiada, Kanon cometió el error de subestimar a su hermano, el cual en esos momentos estaba lanzando contra él un ataque que lo transportaría a otra dimensión.

 

–        ¡Estúpido! Manejo tus técnicas con la misma destreza o más que tú. Para mí, neutralizar tu Another Dimension, es tan fácil como respirar.

 

–        No tengo pensado enviarte a otra dimensión, sino a una prisión de la que ni siquiera alguien bendecido con tu poder puede salir – contestó Saga impasible.

 

 

–        ¿Cómo? – gritó Kanon sabiendo ahora que sus esfuerzos por salir de la dimensión paralela eran inútiles – ¿Por qué no puedo…?

 

–        Es inútil. Lo vengo planeando desde hace tiempo. Me he visto obligado a tomar medidas ante la creciente frecuencia de tus instigaciones. He intentado razonar contigo para evitar una solución tan drástica pero ha sido en vano. Si he tenido piedad hasta ahora es únicamente porque portamos la misma sangre, pero no puedo consentir que tu maldad manche mi alma, ni que perturbes la paz del Santuario. Corté un mechón de tu cabello que ahora se encuentra en la prisión del cabo Sunion, este hará de enlace para llevarte hasta allí desde la dimensión paralela en la que te encuentras, es cuestión de segundos. Por eso no puedes escapar.

 

–        ¡Bastardo! No te hagas el digno, sabes tan bien como yo que anhelas poder, que ya no crees en el juramento de fidelidad a Athena que hiciste cuando obtuviste tu armadura.

 

–        Yo no soy como tú.

 

Pero Kanon, aún viéndose engullido por las ondas que pronto lo transportarían a la prisión, había decidido morir matando: “Aunque trates de esconderlo, sé que tu instinto te pide acabar con ese bebé, se te ha pasado por la cabeza más de una vez. Y también sé que no confías en las habilidades de Aioros como líder. Pero piénsalo, si Sagitario no llega a suceder al Patriarca y alguien con tu poder ocupa el cargo desde el principio, la inestabilidad se evitará. Deshacerte de un caballero decrépito, de un santurrón y de un bebé resulta pan comido. ¡Admíteme que lo has pensado!”.

 

Después de que su hermano desapareciera, Saga acudió al cabo Sunion, quizá porque quería cerciorarse de que el cabello de Kanon había efectivamente actuado como conductor entre las dos dimensiones. O quizá porque quería volver a oír de boca de su hermano ese ardid que le había sugerido en el último momento. Y pudo comprobar ambas cosas, que Kanon estaba tras unos barrotes de metal y que no cejaba en su empeño de gritar dicho plan desde la distancia al notar que el cosmos de su hermano estaba cerca. Saga deploró tal idea mientras Kanon se desgañitaba y se alejó con una torva sonrisa a visitar a Shion de Aries.

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~La semilla del odio~

de Juanoliveros

 

Es una mañana calurosa en el santuario, solo una más...El sol abrasa mi aún tierna piel como si el mismísimo Hades quisiera tatuarme a fuego lento. Mi piel solo puede responder sudando y cada gota es como un grito desesperado, como una lágrima que sale desde dentro, desde muy dentro de mi alma. En este infierno entrenan muchos jóvenes como yo. Somos traídos aquí desde muy pequeños para convertirnos en caballeros. No tenemos elección, nos han robado nuestro futuro. Da igual que yo sueñe con otra vida, que desee jugar con otros niños o estar con mi familia. Ahora este es mi lugar...

 

Mi nombre es Kanon y entreno, junto a mi querido hermano gemelo Saga, para ser el futuro portador de la armadura dorada de géminis y así proteger al mundo. Al menos, esto es lo que nos ha revelado un misterioso hombre, cuyo rostro está oculto tras un casco dorado. Este hombre es poseedor de una voz que haría estremecer al mismísimo Zeus. De él emana una fuerza que pareciera poder destruirlo todo con tan solo pestañear. Jamás olvidaré el día que se presentó ante mi hermano y ante mí. Éramos solo unas criaturas, sin embargo, sus palabras retumban en mi cabeza como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante: "Jóvenes promesas, habéis nacido bajo la estrella de los gemelos. Por ello, sois los futuros portadores de la sagrada armadura dorada de géminis. Vuestra misión será cuidar y proteger a nuestra amada diosa Athena, deberéis dar por ella vuestra vida y vuestra alma si fuera necesario. Podéis sentiros afortunados y dar gracias a la diosa fortuna por semejante honor".

 

Ella es el motivo de vuestra existencia y lo que dará sentido a vuestro deambular por el mundo. Todo aquel que atente contra la diosa o contra sus intereses será inmediatamente vuestro objetivo a batir. Ella es para la humanidad como el mismo aire que respiramos y la protegeréis hasta vuestro último aliento sin esperar nada a cambio y con completa generosidad de espíritu. Sin embargo, solo uno de vosotros será el elegido, el otro vivirá eternamente en el mundo de las sombras acompañando al elegido".

 

Ante nuestro estupor, el hombre desapareció. Solo quedaron nuestras dudas, tan grandes como el firmamento y nuestro temor, temor a lo desconocido y al enorme peso de una responsabilidad para la que no estábamos preparados. A continuación, fuimos trasladados a lo que desde entonces sería nuestro hogar. Era una pequeña cabaña, una mísera madriguera sobre la que pesaba una maldición: todo aquel que la habite sentirá como el calor de la mañana quema su cuerpo y su alma para que luego sea la gélida noche la que le enfríe hasta el entumecimiento. Era un juego macabro de dolor y sufrimiento, era solo el principio y, por desgracia para nosotros, esa era la cara más amable de toda la tortura que nos quedaba por delante. Los entrenamientos de verdad eran igual que mirar a la muerte de frente.

 

Los años han pasado lenta pero inescrutablemente y nuestro poder ha crecido. Sin yo saber que mi destino era gris el hombre misterioso volvió a hacer acto de presencia para sellar nuestro destino: Saga era el elegido para portar la armadura y yo era condenado a ser su sombra hasta el fin de nuestros días. Durante el día mi esencia vagaba por el limbo sin apenas contacto con mi hermano. Debía esperar a que llegara la oscuridad para que mi leve presencia se hiciera visible. Mi existencia se había limitado al mundo de las sombras y ni siquiera era reflejo de mi mismo sino de otro.

 

Saga y yo habíamos seguido entrenamientos diferentes, pero en la distancia siempre lo había observado desde un segundo plano (quizás esto era ya una premonición de mi miserable destino). Ya no era ese niño asustado y vulnerable. Su poder había crecido de una manera inimaginable. Era un techado de virtudes: poderoso, magnánimo, sabio, un Dios entre los dioses...Se había convertido en un ser que brillaba con luz propia e impresionaba a todo ser viviente con el que compartiera espacio vital. Sin embargo, Saga carecía de ambición. Pudiendo tenerlo todo se conformaba con estar al servicio de otros como mero guerrero. Ojalá yo hubiera sido la luz y él mi sombra...

A pesar de vivir en las tinieblas, noto cómo mi poder crece día a día. No se si me alimento del poder que Saga emana o si me retroalimento de mi propia ira y frustración. Algo en mi interior va cambiando a medida que crece mi poder. 

Ya no me siento en la obligación de proteger al nadie, al contrario, la humanidad debería temerme, y lo haría si pudiera introducirse en mi alma y observar...
Mis aspiraciones han crecido a la par que mi poder y si yo fuera el amo del mundo el débil suplicaría clemencia y el fuerte admiraría mi fuerza. Jamás entenderé por qué el hombre misterioso amaba tanto a Athena, una diosa mediocre y pusilánime, incapaz de imponer justicia. Es el momento de que un hombre alcance la deidad y lidere a sus iguales. Solo alguien de carne y hueso, que ha conocido las luces y las sombras, puede guiar y llevar a la humanidad a su máximo esplendor. Para ello, necesito la ayuda de mi hermano. Es cierto que lo odio por ser el elegido, por condenarme a ser su sombra sin el más mínimo reparo, pero tengo grandes planes para nosotros. Ya está bien de observar su cobardía disfrazada de humildad. Ha llegado nuestro momento, mi momento.

 

Desde la penumbra me dirigí a él, dejé aflorar mis más ocultos sentimientos antes de que empozaran por completo mi alma: "Saga, hermano, es hora de actuar. Debemos cambiar nuestro sino y el de toda la humanidad. Basta ya de que nuestro poder esté al servicio de intereses ajenos, Athena debe morir ahora que tan solo es un bebé". Apenas pude terminar la frase, los ojos de Saga se convirtieron en antorchas vivientes que me quemaban por dentro como queriendo calcinar cada una de mis pretensiones. Sentí morir, peor que en la cabaña que ahora parecía tan lejana...

 

No recuerdo nada más, solo se que aparecí completamente indefenso en una cueva acuática de la que era imposible escabullirse. El agua me llegaba al cuello, estaba completamente aislado y desprovisto de todo mi poder. El ingenuo de Saga me aseguraba que no me dejaría salir hasta que expiara mis culpas y jurara sumisión eterna a la diosa. Él todavía no se daba cuenta, o no quería admitirlo, pero era tan igual a mí y tan diferente a los demás, que podría apostar que soñaba mis propios sueños. Encerrándome, solo estaba encerrando sus propios anhelos. Lo odio y él me odia a mí porque sabe que lo que yo le propuse es en realidad lo que él también desea. Saga ya no es aquel ser que sufría y derramaba lágrimas por todos los seres indefensos de este mundo. Hemos visto tanto dolor, tanta inmundicia, que es imposible no inmunizarse y que por dentro vaya despertándose lo peor de cada uno.  Estábamos los dos completamente muertos por dentro, solo nuestro deseo de poder sin fin nos mantenía en pie.

 

Pasé mucho tiempo encerrado en aquella prisión submarina. Me alimentaba de pequeños peces que nadaban cerca de mi boca y de la propia agua de mar. Con cada golpe de mar iba perdiendo la poca humanidad que albergaba mi ser, otrora invencible. Me pasaba los días aletargado, en estado de semi-inconsciencia, llegaba a escuchar un dulce canto de sirena, deseaba irme con él, abandonar esta existencia inútil y descansar, descansar al fin. Cuando esto ocurría las rocas estrujaban mi maltrecho cuerpo y a base de sangre, sudor y lágrimas, volvía a la triste realidad. Pero un día tuve una visión y sentí como se apagaba una fuerza arrolladora y familiar, pude verlo en mi mente como si estuviera allí: Saga había hecho suyos mis planes y había derrotado al patriarca. Por primera vez me sentí orgulloso de él: "Bien Saga, bien. Veo que ha crecido imparable la semilla del mal que un día sembré en tí". No solo se había apoderado de mis ambiciones sino que me anuló como persona para que no pudiera participar de mis propios planes, aquellos de los que un día renegó.

 

Lo que no imaginaba Saga, era que su antes amada Athena, ahora defraudada por el que fue su caballero durante tanto tiempo, era la que me había estado manteniendo con vida. Estoy convencido de que la diosa sabía que solo yo, como gemelo de Saga, podía ponerle freno. De repente, de las rocas del fondo de la prisión brotó una luz celestial. Primero se dejó ver tímidamente, para luego ir creciendo en intensidad hasta hacerse tan brillante que podría competir con el mismísimo astro rey. La ansiada libertad me esperaba al otro lado. Era libre, libre para recuperar mi vida y mis ambiciones, libre para buscar a mi hermano y exprimir con mis propias manos hasta su última gota de sangre.

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~El Anciano~

de fghb_947

 

“Aún recuerdo esos años de mi juventud, esos años en los que con mis camaradas tuvimos duros enfrentamientos por el destino del mundo” un trono dorado se alzaba en el centro de un gran salón, un hombre avanzada edad se encontraba meditando en todo lo que había pasado.

 

Aquel hombre vestía con una túnica negra y estola roja. Su larga cabellera azulada cubría sus hombros, y con sus manos sostenía un casco dorado “Seiya fue el más afortunado de nosotros. Muerto en los Campos Elíseos, nunca tuvo que presenciar este horrible espectáculo. Sangre, muerte, dolor, destrucción, violencia” aquel hombre volvió a sumergirse entre sus pensamientos.

 

-¡patriarca Kanon!- la puerta del salón fue abierta. El responsable de eso fue un chico de cabellera blanca que portaba una armadura dorada, aquel joven se notaba agitado, como si hubiera tenido un cruento enfrentamiento.

 

-dime que sucede, Adelphos de Aries.

 

Se notaba desesperación en el rostro del joven, miedo y también impotencia -¡los ángeles nos tienen rodeados! ¡ya asesinaron a Alexander y a Zeth!- exclamo el caballero de aries, quien traía lágrimas de desesperación.

 

Kanon, quien en antaño porto la armadura de geminis, se levantó del trono y miro la desesperación del joven caballero dorado “hermano, todas esas historias que nos contaron, y también de como el antiguo patriarca Shion sufrió al término de la guerra… no se comparan con lo que vivimos ahora” el anciano se acercó al joven, este miro al asustado de Adelphos e intento tranquilizarlo.

 

-oye, ellos fueron valientes hasta el final. Honraron a las armaduras de sagitario y acuario, estoy seguro que Aioros y Camus están orgullosos por tener a sucesores como ellos.

 

-¡pero patriarca! ¡ya no queda nada, el Olimpo está aquí y nos masacraran de la misma forma que a ellos!

 

Kanon tomo aire, el viejo géminis se encontraba cansado -sabes, todos estos años viendo el Star Hill me dio una idea de cómo terminar con esto- las palabras del patriarca provocaron más preocupación que entusiasmo pues se reflejaba dudas en lo que dijo Kanon.

 

-¿qué es eso de lo que habla patriarca?

 

-estuve revisando libros, y quizás haya una oportunidad para nosotros. Pero eso solo será cuando llegue la noche.

 

-¡dígame que es, hare todo lo posible para ayudarlo!

 

-ya hiciste mucho- respondió Kanon, revolviendo los cabellos del joven aries -ahora me toca a mí intentar acabar con esto. Quiero huyas lo más pronto posible- el viejo géminis se levantó, este se dirigió a hacia sus recintos dejando a un confundido aries.

 

Kanon era el actual patriarca. Luego de la batalla contra Hades las cosas empezaron a cambiar de una manera brusca “aún recuerdo ese día” el día que las desgracias empezaron.

 

En el infierno, cuando Kanon se había batido a duelo contra Radamanthys, el cosmo de Athena salvo al caballero, dándole asi una oportunidad de seguir viviendo. Lo que paso después, Kanon no lo recordaba, tan solo despertó en el templo de Athena luego del impacto de la explosión de galaxias.

 

Los primeros años fueron de paz, la muerte de Seiya había impactado en los corazones de todos en el santuario. Seika quedo devastada con la noticia, Shaina y Marin también se sorprendieron con eso. Los demás caballeros de bronce, que fueron personas cercanas a Seiya, también quedaron devastados con la triste noticia.

 

-Seiya dio su vida para salvarme, para salvar a sus amigos, para salvar a la tierra- dijo Saori, quien se había colocado en una especie de estrado -lo único que nos queda es honrar su memoria, vivir como él quiso que lo hagamos, su sacrificio nos abrió una puerta para una eterna paz- las palabras de la diosa llamaron la atención de los poquísimos caballeros que quedaban vivos -si quieren dejar la vida de caballeros, entenderé su decisión, son libres de hacerlo. Los que quieran seguir a mi lado y ayudarme con la reconstrucción del santuario- Athena no logro terminar su frase, todos los caballeros y amazonas dijeron que se quedarían y ayudarían en la reconstrucción del santuario.

 

Los años pasaron, y el santuario volvía a tener esa vida que antes gozaba. Pero todo no era nada más que la calma antes de una terrible tormenta. Los primeros tres ángeles aparecieron en el santuario, Ikki y Shun fueron los primeros en morir en esa nueva Guerra Santa.

 

“Esto nunca fue una guerra, esto desde el comienzo fue una masacre” el Olimpo había decidió destruir al santuario, los dioses descendieron para acabar con los humanos para hacerles pagar por todos los crímenes cometidos contra los dioses.

 

La noche había llegado, todas las armaduras doradas se encontraban en uno de los recintos de la cámara del patriarca. Kanon se encontraba en el templo de Athena, esperando a que llegara lo inevitable.

 

-tan solo faltas tú para eliminar de la historia a todos ustedes, caballero- una imponente voz se hacía presente, una hermosa armadura de colores blanco y dorado, con grandes alas que asemejaban a un ángel, era vestida por un hombre de tez blanca y larga cabellera blanca.

 

-ya me imaginaba que el mismo Zeus bajara para matarme.

 

-¡ustedes!- exclamo Zeus, al mismo tiempo que en el cielo varios rayos empezaban a golpear el piso -¡fue un error darle a esa mocosa de Athena la tierra, ya asesinaron a Poseidón y a Hades! ¡contigo se termina todo, luego me encargare de los humanos!- uno de los rayos del dios golpearon el cuerpo de deteriorado de Kanon.

 

-y pensar que fuiste el único que engaño a un dios- dijo Zeus, quien se daba media vuelta para irse.

 

-sabia que el orgulloso de Zeus vendría solo, por eso prepare algo especial para ti.

 

-¡¿qué?!- exclamo el dios, sorprendido al ver que Kanon aún seguía de pie.

 

Los ropajes de patriarca se habían roto, debajo de aquellas ropas se encontraba la armadura dorada de géminis -si asi están las cosas, no tendré piedad al matarte- dijo el dios, quien se acercaba a un demacrado Kanon.

 

-oh no, tu no vas a matarme.

 

Un círculo con varios símbolos empezó a dibujarse en el suelo del templo. Zeus cayó arrodillado pues sentía que el cuerpo le quemaba -desde que asumí el poder, estuve estudiando cada día de mi vida la forma de derrotarlos. No fue fácil, necesite mucho tiempo y recursos… por suerte, eso fue algo que tuve- dijo Kanon, para luego darle un golpe en el rostro al dios.

 

Zeus estaba agonizando, él estaba en el piso, temblando y jadeando por el dolor que este sentía -¿ya lo sientes verdad? Con lo que todos los humanos vivimos… nuestra mortalidad- volvió a decir el anciano, quien le propino una patada al dios que perdía su fuerza por cada segundo que pasaba.

 

-los sellos de Athena no son lo suficiente fuertes como para derrotarte, sobrevivirás. Como patriarca te dejaría vivir… pero a diferencia de los anteriores que ocuparon el puesto, yo no soy asi- Kanon saco un frasco que tenía un líquido rojo en su interior -¡esta es la sangre de Athena! ¡la sangre de nuestra diosa a la que tu mandaste a cortarle la cabeza!- todas las armaduras doradas aparecieron, ellas empezaron a rodearon el circulo que se había formado.

 

Kanon abrió el frasco y arrojo la sangre de la diosa sobre todas las armaduras -¡sellaste el alma de todos ellos en una piedra!- las armaduras empezaron a brillar, todas ellas cambiaron de forma al mismo tiempo que se separaban como si estuvieran cubriendo el cuerpo de alguien.

 

-¡observa, como las almas de todos ellos regresan a este mundo para una última misión!

 

Todas las armaduras se transformaron en armaduras divinas. Las almas de los antiguos caballeros que alguna vez sirvieron a Athena, portaban las nuevas armaduras que brillaban como la mismísima luz del sol.

 

La armadura que Kanon vestía también se transformó, el alma de Saga se fusiono con la armadura -¡justo en estos momentos, nuestras constelaciones están alineadas! ¡las armaduras brillan con más fuerza que antes y sus poderes potenciados con la sangre de Athena aumentan hasta el infinito!- exclamo Kanon. Las doce armaduras divinas brillaban como el mismo sol en aquella noche.

 

No hay muchos registros sobre lo sucedido durante ese día, los libros de historia nada más cuentan sobre un extraño fenómeno sucedido en Grecia, y que como las cosas empezaron a mejorar para la humanidad.

 

-¡maestro Adephos!- un niño, que traía un traje de entrenamiento, se acercó al anciano patriarca de esa nueva era.

 

El anciano miro al niño, y junto a él, más niños que traían un traje de entrenamiento -¡queremos escuchar, como fue que lucho contra los dioses!- el anciano se sentó en una columna caída. Adelphos, el antiguo caballero de aries, miro a su alrededor, un santuario reconstruido luego de aquel día -la historia es muy larga, asi que siéntense que esto tiene para rato- los niños obedecieron, rodearon al anciano y se pusieron a escuchar su relato, un relato sobre como los caballeros emprendieron una última guerra santa por el destino de la humanidad.

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~Hermanos~

de Alejandroso    

 

El sol, el sonido del mar y la suave brisa se dibujan en el horizonte. Cerca del acantilado la figura de un muchacho se distingue, se trata de un Santo de Oro y el que esté lejos del Santuario - lugar en donde mora esta enigmática orden - no parece quedar claro. El romper de las olas no permite oír los pasos pesados que su armadura hace al marcharse de aquel, aparentemente, lugar arbitrario. No hace pausa alguna, el santo dorado se marcha sin mirar atrás, sin luz en sus ojos. Parece que ha dejado algo tras de sí, frente a la vista del mar. Ha murmurado algo, pero ya no se alcanza a escuchar. Las olas no lo permiten.

Tampoco se escuchan los gritos del pobre infeliz que yace encerrado en una prisión bajo el acantilado.

 

Trece años después, el sonido de las olas que se aproximan amenazantes hacia él ha traído a su memoria aquella trágica mañana en que juró venganza en contra de aquel santo dorado y de toda la humanidad, que no entendía el apetito de su ambición. Solo que esta vez ya no grita y, sin embargo, se le oye con mucha más fuerza que aquel día.

 

-Heme aquí, nuevamente. Parece que me encuentro contigo en situaciones tan estrafalarias como estas. El mar, tú y yo. Es como si se repitiera todo nuevamente.

 

Las grandes olas destruyen Atlantis, el templo sagrado que yace bajo las aguas, morada del dios Poseidón y de sus siete generales. El océano entero comienza a invadir las sacras barreras que protegen este templo de las amenazas del mundo exterior y mientras el resto de sobrevivientes huye y busca una salida para poder estar a salvo de la tempestad, el meditabundo y otrora prisionero, ahora convertido en General del Atlántico Norte camina con rumbo desconocido. Herido en el pecho y sangrante parece tener claro hacia dónde dirigirse.

 

 

-Siempre me pregunté por qué salí con vida. Sentí como si se tratase de una señal. De que mi ambición estuvo amparada por los dioses. Jamás lo vi como una segunda oportunidad, solo hasta hoy en que me desangro por salvar a la misma niña que intentaste matar. Que intentamos matar ¿A qué le temías, hermano? ¿A mí? ¿Al poder? ¿A no ser el elegido? Qué curioso que fuera yo quien abrazara todo aquello y que fuera yo quien se salvara y fueras tú quien muriera por la misma diosa que intentaste asesinar. Los gemelos del mito. Eso somos.

 

La gran ola se dirige hacia el General quien no parece tener deseos de huir. A lo lejos, otro General, el del Atlántico Sur huye con la Nereida y el cuerpo inconsciente del dios Poseidón. Trata de animar a su compañero de armas a salvarse gritando su nombre a lo lejos, pero el meditabundo General no oye o no quiere oír que la salvación lo llama una vez más.

 

-Si tuviera que decirte algo, eso sería ‘’gracias’’ y ‘’perdón’’. No fui digno de haberme salvado, debí haber muerto, y sin embargo me salvé y me diste una segunda oportunidad. Pero para ello, tuviste que perderte en la ambición y la maldad. Este será siempre mi pecado y mi bendición.

 

Ya no volvió a escuchar ni el grito de su camarada pidiéndole que se salve, ni el sonido de las gigantes olas que barrían con todo Atlantis.

 

Ya en el presente y ahora convertido en Santo Dorado de Géminis, el otrora prisionero, otrora General y otrora desahuciado libra una lucha a muerte con el Juez de la Estrella Celestial de la Furia. El Santo de oro parece tener la ventaja en esta batalla.

 

-Debiste estar muerto una y otra vez ¡Por qué no te mueres!

 

-Porque mi misión estuvo clara desde el principio y ahora puedo verlo claramente. Por eso te derrotaré. Porque es gracias a Athena que estoy vivo y no me asusta morir y porque, por primera vez, siento deseos de estar vivo.

 

La lucha está casi decidida, la victoria parece estar asegurada para el Santo de Athena, cuando de pronto la armadura de Géminis da señales de querer abandonar el cuerpo de su portador. Presintiendo que una urgencia mayor a la de enfrentarse a un espectro de Hades requiere de su presencia, abandona la armadura de su cuerpo.

 

 

La armadura se configura en su forma-objeto y una vez armada, esta parte a lo lejos. Ante el asombro, confusión y posterior burla del Juez que ve cómo la victoria se le torna favorable por la pérdida de la protección divina de su oponente, el Juez se incorpora y se pavonea. El exceso de confianza y una sed de venganza por la anterior humillación lo han invadido.

 

-Seré yo quien me encargue de hacerte pagar, entonces. Y te haré sufrir tanto que desearás haberte muerto hace mucho.

El Santo dorado de Géminis sonríe al ver partir la armadura y ha murmurado algo con una expresión esperanzadora. Los ataques de su rival ya no permiten oírle.

 

El horizonte en esta ocasión ya no fue una pacífica playa o un océano amenazante. Solo el Hades y sus siniestros parajes. Los gritos del Juez del Infierno estremecen el desolado paisaje, pero todo ese dolor no parece distraer al Santo de Géminis quien, sin su armadura y atrapando a su rival por la espalda, se eleva a los cielos para fundirse junto a su enemigo en un ataque suicida.

 

-¡Vamos a morir! ¿¿Qué sentido tiene una victoria si no vas a poder disfrutarla??

 

-¡¡Esa es la diferencia entre tú y yo!! ¡¡A mí no me da miedo la muerte!!

 

-¡¡¡No cumplirás con tu misión!!!

 

Allá en lo alto ve como la armadura de Géminis se dirige a Giudecca, la morada de Hades y eterno enemigo del ejército de Athena.

 

 

-¡¡Mi misión ya está completa!!

 

El Juez del Infierno entiende entonces que ha perdido la batalla.

 

-¿¿Por qué?? ¡¡La victoria es lo único que se debe anhelar en una lucha!! ¿¿Por qué no temes morir??

 

El santo dorado recuerda entonces aquella mañana en la prisión de Cabo Sunión y en cómo su propio hermano, el antiguo portador de su armadura dorada, lo deja atrás, encerrándolo y a la espera de que muera ahogado. De su maldición hacia los dioses. De la ira hacia el mundo y el jurar venganza en contra del Santuario de Athena. De cómo se salvó usurpando el poder del dios Poseidón y de cómo conspiró una guerra en contra del Santuario usando la vida de dioses guerreros inocentes para luego comprobar amargamente que la única persona que lo mantuvo con vida fue la misma diosa contra la que conspiró todo el tiempo. Que pese a todos sus crímenes, Athena tenía una misión para él. Que el océano no lo mató, que el Santo Dorado de Escorpio no lo mató al verlo con vida y en el Santuario que tanto había odiado, pues lo creyó digno y lo reconoció como un Santo más. Y entiende por qué vivió cuando debió morir una y otra vez. Al final de toda esta sucesión de hechos, aparece en su memoria el recuerdo de su hermano. Y orgulloso le responde al Juez:

 

-¡¡¡¡Porque por fin puedo hacer las cosas bien!!!!

 

A lo lejos una gran luz se dirige a los cielos y un gran cosmos explota.

 

Cerca del río Aqueronte el cuerpo del que fue el Santo Dorado de Géminis yace moribundo, con los ojos cerrados y una gran sonrisa. La batalla ha terminado y el Juez está calcinado a unos metros cerca. El santo de oro sabe que va a morir y no le teme a la muerte. Ya no más. Mirando hacia el río, le parece distinguir la figura de su hermano quien porta la sagrada armadura dorada de Géminis. Con una mezcla de sangre y lágrimas, en el rostro del agonizante santo se refleja una infinita alegría, casi como si de una absolución se tratase y son sus ojos llenos de emoción y agonía los que intentan pronunciar aquellas dos palabras que ahora no puede decir, pero que se leen en esa mirada llena de emoción que se despide de este mundo.

 

‘’Perdón’’ y ‘’Gracias’’.

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~LA OSCURIDAD~

de MilodeScorpio

 

 -¿Por qué está todo tan oscuro?- pensó mientras dudaba si tenía los ojos abiertos o cerrados. Lo último que recordaba era una brillante luz dorada, el cosmos de los doce lanzándose contra el muro. Ellos habían sido la última esperanza de los caballeros de bronce para abrirles el camino a los Elíseos. Por primera vez en muchos años, todos juntos, unidos como lo que debían ser, Caballeros de Atenea.

 

Intentó ver algo de luz, intentó sentir el cosmos de alguno de sus compañeros, intentó abrir la boca y llamarlos, pero no salía sonido de su boca, ¿acaso estaba muy cansado? ¿acaso había agotado el cosmos? Su ultima esperanza fue tratar de usar sus miembros, pero parecía como si Shaka  hubiese usado su Tesoro del Cielo contra él. No podía sentir nada, eso es lo que le pasaba, sus sentidos estaban anulados quiso creer. Aunque no tardó mucho en pensar lo que probablemente pasaba, estaba muerto.

 

Seguramente, el uso del cosmos de los doce habia generado tal explosión que su armadura y cuerpo no lo habían resistido. Con toda certeza ya no estaba vivo, pero ¿dónde estaba? ¿acaso la oscuridad eterna era su condena? ¿era un limbo del que saldría una vez expiase sus pecados? ¿podría llegar a reencarnarse de alguna forma encontrándose allí? ¿y si su alma no había abandonado la sala del Muro? ¿y si sus compañeros estaban en la misma situación?

 

Sumido en sus pensamientos estuvo mucho tiempo, no sabía decir cuánto. Afortunadamente era un Caballero calmado y el analizar la situación le alejaba de la desesperación que le generaba la oscuridad en la que estaba sumido. Pero algo cambió de repente, como una estrella que tímidamente se deja ver al atardecer, pudo sentir una pequeña cantidad de cosmos. -Debo estar imaginándolo- pensó para sí, lo más lógico es que hubiese imaginado esa mota de luz dentro de toda oscuridad. Pero no, de nuevo otra muestra de cosmos, y poco después otra vez, y cada vez se intensificaba, se hacía más grande, se aproximaba.

 

La energía fue creciendo cada vez más rápido, apagaba la oscuridad, la empequeñecía, y el frío negro se iba haciendo cada vez más pequeño, de repente sintió su dedo corazón, su índice, su muñeca, su brazo izquierdo. Y lo supo, era Atenea, era su cosmos, lo estaba restaurando. En seguida se despreocupó por sí mismo. -Si es el cosmos de Atenea, ¡está viva! -exclamó, y esa exclamación le llenó los oidos. -¡He hablado! -se volvió a oir decir. Y por fin, pudo ver, y la imagen que vió fue la más bella de todas las que hubiese imaginado. Delante de él, como lo que era, una diosa, se econtraba la joven Saori Kido, sonriéndole. Sonriéndoles, porque junto a él, también sin armadura, como despertando de un sueño, se encontraban sus once compañeros y a sus pies, su armadura, el gran carnero dorado.

 

-¡Atenea!- oyó a Saga exclamar -¿te encuentras bien? ¿qué ha pasado?- casi al unísono le preguntaron todos preocupados. Atenea les siguió sonriendo y amablemente les dijo: -Todo ha salido bien mis caballeros de oro, Hades ha caido, los caballeros de bronce han hecho un gran sacrificio pero todo está bien. Seiya y sus compañeros han sufrido mucho, casi tanto como vosotros, es hora de volver al Santuario-.

 

Mu se incorporó. Junto a él, Aldebarán aún se miraba las manos desnudas incrédulo, aunque sonreía de alegría. Al otro lado de la sala, Shura y Saga se acercaban a Aioros quien los acogía en un abrazo de perdón tan largamente esperado. Y Máscara de la Muerte y Afrodita, con lágrimas en sus ojos, miraban a Atenea buscando compresión en los actos que les habían condenado en el pasado. Poco a poco se fue acercando a ella y conforme lo hacía, la paz que emanaba era tan relajante como rejuvenecedora. Él deseaba protegerla, pero ahora mismo era ella quien, con su luz, estaba sacándolos de la oscuridad en la que habían caido desde que destruyeran el Muro.

 

-Atenea -le habló al fin -Saori, ¿cómo fue la batalla? ¿Es verdad que Seiya y los demás están bien?

-preguntó curioso -Ellos están bien, aunque sus armaduras han sufrido mucho, si se presentase otro enemigo no aguantarían, así que quizá necesiten de tus servicios Mu. -le dijo ella como divertida -Pero bueno, será mejor que salgamos ya del territorio de Hades, este sitio no es lugar para mis Caballeros y mucho menos para sus armaduras. -y cuando acabó de decir esto, levantó su cetro y las armaduras, como doce estrellas se elevaron en el aire y salieron disparadas dejando una estela dorada hacia el Santuario.

 

Justo después, los Caballeros, con Atenea a la cabeza se pusieron en marcha del vuelta a casa. En el camino, Mu oía las carcajadas de Aldebarán quien, junto con Dohko parecía disfrutar de la victoria de las fuerzas del bien y de haber podido sobrevivir al ataque al Muro. Saga se le acercó y sin necesidad de que le hablase supo que quería pedirle disculpas por el encuentro en la casa de Aries mientras llevaban las armaduras oscuras. Mu, con un gesto de amistad y también sin hablarle le hizo ver que todo estaba bien, así que Saga, sonriendo, esperó a que Shaka lo alcanzase, quizá para pedirle disculpas también.

 

Y por fin, tras una larga caminata, llegaron a la puerta del infierno, una vez atravesada, estarían de vuelta en la Tierra, y podrían volver a sus templos. Mu deseaba ver a Kiki, su aprendiz, que seguramente estaría esperándolo en la puerta de la casa de Aries con la sonrisa que tanto le caracterizaba y junto a él, podía imaginar cuatro montones de armaduras detrozadas esperando ser reparadas. Pero algo extraño pasaba, la luz que atravesaba la puerta del infierno no dejaba ver más allá. -¿Cómo puede ser tan luminosa? -Se preguntaba Mu, preocupado. Y de repente sucedió, Atenea atravesó la puerta y desapareció, y junto a ella desaparecieron la luz y la puerta, y Mu girándose pudo ver como ya no estaba el camino por el que iban, como se esfumaba el paisaje agreste del infierno, como sus amigos uno a uno se iban desvaneciendo en la oscuridad y como poco a poco la presión que esta misma ejercía sobre él le hacía dejar de ver, de oir, de sentir. Y volvía al negro y quedaba sólo él con su consciencia.

 

Lejos de allí en los Campos Elíseos, los dioses gemelos Hypnos y Thanatos se reían como niños, si había sido divertido acabar con los caballeros de bronce, jugar con los difuntos Caballeros de Oro haciéndoles creer que estaban vivos y soñar que todo había salido bien era un pasatiempo del que iban a disfrutar toda la eternidad.

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