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Hades


plata

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Urgit
 
 
 Compañeros y lectores, bienvenidos.
 
Como muchos sabréis, hace casi dos años que dimos el pistoletazo de salida al Juego SSFRol en el foro, situando la acción en una época medieval, con la que esperábamos crear un ambiente totalmente distinto a lo visto en las múltiples adaptaciones de las que goza Saint Seiya. Para ello, contábamos con la presencia de algunos personajes que habían sobrevivido a la anterior generación, una mitología propia "en pañales" que, bien desarrollada, sería capaz de contar las grandes hazañas de personajes como el Patriarca Karadas, Teleo de Piscis o Mensho del Escultor, conectando sus vivencias con los hechos que han de acontecer en el presente inmediato de los jugadores y añadiendo una profundidad a la historia que lo hiciese más atractivo para todos.
 
Pero tamaña empresa era más fácil decirla que lograrla, muchísimo menos en solitario, por lo que decidí proponerle a algún experto escritor del foro la idea. Y así llegué a Plata
 
Desde el principio le sedujo la idea y ambos comenzamos a hilar los destinos de aquellos personajes que lucharían sin descanso por Atenea. Comenzamos pensando en recrear escenas sueltas, capítulos importantes de Karadas, desde su llegada al Santuario hasta su nombramiento de Patriarca, sus vivencias personales... pero la maquinaria en la mente de Plata había cobrado vida y, sin darnos cuenta, nos encontramos narrando las peripecias no solo de Karadas, sino de una generación completa de caballeros, sus discípulos y sus antecesores, sus viejas heridas y futuros amores. Por supuesto, ninguna historia que se precie puede obviar a los enemigos y estos, sus motivaciones, sus miedos y todo ellos "nacieron" solos, integrándose en un relato que pedía a gritos crecer como se merecía y que de la pluma de mi compañero adquiría proporciones realmente épicas y desplegaba sus alas visualizando un horizonte lleno de posibilidades con tanta fuerza y dedicación que me llevó a ansiar ver ese mismo horizonte y a completarlo juntos en las páginas de esta historia.... y aquí estamos.
 
Por si esto fuera poco, como quien dice, el compañero Camus1702 se mostró encantado ante la propuesta de Plata de poder colaborar ilustrando pasajes y personajes del relato, llevando a la imagen lo que nuestras mentes habían plasmado en el papel y, con su habitual estilo y fuerza, dota a la historia de una mayor energía y nos da un estatus casi profesional al tener el inmenso privilegio de contar con su talento al servicio de nuestras palabras.
 
Como ellos, deseo de verdad que el fruto de nuestro trabajo cale hondo en vosotros, que os absorba como nos ha absorbido a nosotros y que os haga soñar como, todavía, consigue hacernos a nosotros. Y sobretodo, muchas gracias por dedicarle unos minutos de vuestra vida a valorar este macroproyecto en el que nos hemos embarcado.
 
 
Camus1702
 
 
"Sólo si puedes...", así empezaba el MP que me metió en este proyecto. Un MP que Plata me envió comentándome que estaba preparando un fic conjuntamente con Urgit y en el que me pedía si podía hacer varias ilustraciones para acompañar la historia.
 
Plata es un buen amigo y tenemos relación más allá del foro, así que acepté sin pensarlo. Me hacía mucha ilusión que contasen conmigo para ilustrar una historia en la que llevaban tanto tiempo trabajando, siempre es un halago para los que nos dedicamos a hacer "rayas".
 
He de decir que la experiencia está siendo muy satisfactoria y el no conocer apenas detalles de la historia (Plata me dio ciertas directrices pero no quiso destripar la historia para que me sorprendiese al leerla)  me está dando cierta libertad a la hora de poder plasmar en un dibujo a los personajes que aparecen en ella.
 
Espero que disfrutéis mucho con la historia, que tiene mucho mimo y trabajo tras ella y que así los transmitáis a estos dos pedazos de escritores. Se lo merecen.
 
 
Plata
 
 
Compañeros…
 
Hace algo más de un año, recibí una “extraña” y curiosa misiva del Patriarca del Santuario. 
 
En ella, entre otras cosas, me invitaba a recrear con él y cito palabras textuales… “pequeñas batallas” con las que pudiera ilustrar la vida de Karadas, Patriarca actual del juego de rol.
 
Mi respuesta, no se hizo esperar… 
 
Me alegró mucho que Urgit pensara en mí y me ofreciera la oportunidad de trabajar junto a él en el desarrollo de un personaje tan especial y, precisamente por ello, me sentí en la obligación de pergeñar mil y una fechorías y de crear junto a él todo un elenco, una serie de personajes sobre los que… desde un principio, hemos volcado todo nuestro buen (y mal :laugh:  ) hacer para que estos os acercaran, a través de una historia épica a la figura del Patriarca.
 
No quiero alargar esta exposición. Cuando este primer libro esté subido, tendréis por delante horas de lectura, pero si quiero aprovechar para, en primer lugar, agradecerle a Urgit el haberme brindado esta oportunidad así como el que me haya sacado en más de una ocasión de algún que otro entuerto (cuando de tanto conspirar e idear maldades ni yo era capaz de desandar el camino y me quedaba  atrapado).
 
He descubierto en él un gran compañero de armas, con un talento especial para narrar violentas escenas de combate y mayor talento aún para aleccionar a los futuros aprendices a caballero…  gracias, muchas gracias compañero. 
 
Debo agradecerle también a mi gran amigo Eloy el que se haya sumado a nuestra causa, el hecho de que bastara una simple insinuación para que no dudara en tendernos una mano, en ofrecernos su gran talento y buen hacer y que sus dibujos acompañen nuestro fic. Bien sabes cuánto admiro tu trabajo, y significa mucho para nosotros que estés ahí. Gracias Eloy.
 
En fin compañeros… tras tanto tiempo ausente tenía ganas de mostraros que no andaba de brazos cruzados, que sigo por ahí, como siempre, maquinando y conspirando… 
 
Solo me restan un par de cosas por deciros… la primera es que aspiramos haceros partícipes de esta historia, deseamos atraparos en ella… que sucumbáis y  os levantéis las veces que hagan falta, que os identifiquéis con este o aquel caballero o espectro, que seáis una parte activa de ella… y, la segunda cosa… gracias, gracias por estar ahí y por emplear parte de vuestro tiempo en leernos. 
 
 
 
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"Con los ojos fijos en la mortecina luz rojiza que bañaba la delgada línea del horizonte ahora que, finalmente, aquel fulgurante destello se había hundido en las oscuras profundidades estelares, Galaad se preguntó así mismo dónde, la límpida luz del amanecer, se teñiría con la sangre de los inocentes..."
 
 
Episodio 1: Lugh hijo de Karnun.
 
  1. El elegido
  2. La marca de Gundenstrum
  3. El misterioso anciano
  4. El santuario
  5. El Patriarca
 
 
Nota: Compañeros, estad muy atentos y permaneced con los ojos bien abiertos pues, a medida que la musa le sugiera a Eloy esta o aquella imagen... las iremos subiendo al fic. 
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Madrugada del 1 de septiembre del  985, en el Santuario de Atenea.
 
 
Galaad respiró profundamente, el momento que llevaba siglos aguardando, se aproximaba.
 
Su cosmos vibraba en consonancia con las poderosas emanaciones que fluían desde las estrellas. La sentía, cada vez más cerca…
 
Expectante, aferró con ambas manos el pesado casco dorado que descansaba sobre su trono. Esa madrugada, animadas e imbuidas por una fuerza y energías divinas, las estrellas llovían sobre la tierra, anunciando su retorno.
 
“Doscientos cuarenta y cinco años, mi señora…”, musitó dirigiendo una fugaz mirada hacia la salida de la cámara del trono, al lugar donde reposaba la  gigantesca estatua de Atenea y al instante sonrió.
 
-Ya estáis aquí mi señora…- exclamó exhalando lentamente el aire de sus pulmones. 
 
Un poderosísimo cosmos, cálido y bondadoso, acababa de estallar a los pies de la estatua y sus familiares emanaciones, inundaban toda la estancia. Sin perder un instante más Galaad cubrió su cabeza con el casco.
 
-¡Circe, Ariadna!- llamó entonces y dos jóvenes aparecieron portando la menor de ellas, de apenas unos cinco años, un hermoso paño blanco que entregó al Patriarca.- Nuestra señora acaba de llegar al santuario.- comentó iniciando la marcha, dirigiendo sus pasos hacia la salida de la sala del trono, hacia la gigantesca estatua de Atenea.
 
Tras él marcharon ambas niñas. De ahora en adelante, cuidarían de la diosa, asistiéndola y velándola junto a las otras doncellas del santuario. 
 
A los pies de la inmensa estatua, descansaba, desnuda y sonriente, una preciosa niña entre los prodigiosos destellos de su energía cósmica que, poco a poco se desvanecían.
 
Arrodillándose ante ella, con sumo cuidado, el Patriarca la tomó entre sus brazos cubriendo su cuerpecito con el fino paño inmaculado.
 
-Mi señora.- susurró y la niña sonrió mientras él se levantaba llevándola consigo.-Todo está dispuesto mi señora.
 
Acunándola entre sus brazos iniciaron el camino de regreso a la sala del Patriarca, cuando…
 
…una última estrella se abatió envuelta en un fulgurante y violento destello rojizo sobre la tierra. Presagiando la desgracia, el Patriarca detuvo su marcha. 
 
Circe y Ariadna aguardaron confusas tras él.
 
-¡Ariadna!- llamó y la mayor de las niñas, de trece años, se acercó obediente a tomar entre sus brazos a su diosa.- Llevad a Atenea a sus aposentos, pronto me reuniré con vosotras.- musitó sin dejar de contemplar el oscuro firmamento a la vez que una amarga sensación se abría paso en su interior.
 
Este era un siglo nefasto. Lo sabía. Ya no le quedaban dudas al respecto, y menos ahora que, tal y como las estrellas vaticinaron, Atenea, había regresado avecinándose una nueva guerra santa.
 
Sin embargo, y a pesar de estar preparado para ello, no podía evitar que su anciano corazón se sobrecogiera cada vez que vislumbraba una estrella envuelta en llamas caer sobre la tierra y mucho menos aun cuando, algo en su interior le decía, que lo que estaba próximo a suceder, de algún modo trascendería en el futuro…
 
Había vivido muchas noches como esa y por desgracia conocía bien lo que esa última estrella auguraba.
 
Con los ojos fijos en la mortecina luz rojiza que bañaba la delgada línea del horizonte ahora que, finalmente, aquel fulgurante destello se había hundido en las oscuras profundidades estelares, Galaad se preguntó así mismo dónde, la límpida luz del amanecer, se teñiría con la sangre de los inocentes y cómo, ese hecho, influiría en el futuro.
 
 
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LUGH HIJO DE KARNUN
 
 
EL ELEGIDO 
 
 
Durante un buen rato permaneció de pie contemplándolo. Bajo las gruesas pieles y mantas, el pequeño dormía tranquilo ajeno a los oscuros presagios que a él le atenazaban el corazón.
 
No quería despertarlo, sin embargo, en la oscuridad, alargó su mano…
 
“No verás a tu hijo convertido en un hombre.”
 
Fría y desgarradora, aquella sentencia irrumpió violentamente en su interior, paralizándolo momentáneamente.
 
Con el brazo aún extendido sobre el cuerpo de su hijo, Llyd tragó saliva recordando las palabras que musitó a su oído el anciano y venerable Cahba el día que desposó a Brigit. 
 
Meditabundo, cerró entonces los ojos tomando entre sus dedos la torques de oro que llevaba al cuello, acariciando suavemente su contorno. Aquel sencillo gesto, siempre lo reconfortaba y, por algún motivo, la imagen de sí mismo retirándola del cuello de su padre el día que este falleció, acudió a su mente junto con el resto  de lo que Cahba le auguró.
 
“Cuando tu hijo reciba el torques, cerraremos el círculo… Inger borrará la marca de Gundenstrun… puedes estar orgulloso… Tu hijo está destinado a cumplir con un noble propósito. Marchará y luchará contra las fuerzas del mal.”
 
Lentamente, exhalando el aire de sus pulmones, Llyd abrió sus ojos mientras en su mente aún resonaban aquellas amargas y extrañas palabras. 
 
Afligido,  recordó así mismo el momento en el que su padre lo llevó a un lado ansioso por saber lo que el más venerable de los druidas le había profetizado a su hijo y excitado le preguntó cuáles habían sido sus palabras.
 
Aquel día, aunque perplejo, sonrió convencido de que no existía el destino y que ninguna premonición  lo amarraría, ni a él, ni a su hijo.
“Padre… sé que Cahba jamás se ha equivocado en sus predicciones pero… me resisto a creer en sus palabras. No padre, yo veré a mi hijo convertirse en un hombre.”
 
Ahora no estaba tan seguro de ello.
 
Esta era la tercera noche que sus desgarradores aullidos lo despertaban a media madrugada. Al igual que hiciera la primera y segunda noche, abandonó el cálido lecho para asomarse a la ventana y desde allí la contempló mientras el frío engarrotaba sus músculos y sentía una terrible angustia abriéndose paso en su interior.
 
Envuelta en un blanco sudario avanzaba por entre los árboles, dirigiendo sus pasos hacia la aldea, llorando, lanzando plañideros suspiros que laceraban y  traspasaban su alma…
 
… pero, lo que más le inquietaba era que Banshea no venía sola.
 
¿Qué significaría aquello?
 
 Incluso preguntó a Croad, pero este no pudo o no supo qué contestarle.
 
“Banshea llora la muerte de algún miembro de tu familia pero, siempre viene sola. ¿Y, dices que ellos la acompañan? Algo terrible está por suceder, aunque no sé qué pueda ser. ”
 
Que Gundenstrun se apiadara entonces de todos ellos pues, a la cadavérica mujer de largos cabellos rojizos y blanco sudario, la acompañaba una jauría de lobos espectrales.
 
-¿Qué haces?- sobresaltado, Llyd volvió de golpe a la dura y cruda realidad. La voz de su mujer lo había arrancado de cuajo de sus angustiosas ensoñaciones. Acercándose a él, Brigit posó su rostro sobre su espalda, acariciándolo, abrazándolo por la cintura y el recibió agradecido aquel humano y cálido contacto - Te extrañé… ¿Por qué te has levantado? 
 
Con el rostro velado, oculto por las sombras de la noche Llyd  amargamente sonrió.
 
-Quería ver a nuestro hijo- susurró acariciando tiernamente la mano de su mujer, acallando la terrible y angustiosa desazón que lo había conducido hasta allí.
 
-Mañana lo verás… anda, vamos,- susurró tirando de su mano- aún podemos descansar algo antes del amanecer.
 
-Sí- musitó pasando afectuosamente su brazo por encima de sus hombros, dejándose llevar.
 
 
LA MARCA DE GUNDENSTRUN
 
 
Pronto amanecería. Bostezando y algo adormilado aún ocultó entre sus vestiduras la pequeña hoz de ónix que el druida Croad le había entregado y con la que debía recoger, de camino al arroyo donde todas las mañanas este le aguardaba, las plantas medicinales de las que habían estado hablando el día anterior como parte de su iniciación.
 
Estaba terminando de preparar sus cosas cuando su padre se aproximó a él.
 
-Ruego a Karnun que te brinde toda su fuerza y su poder-comentó postrándose ante su hijo, posando sus manos sobre sus hombros mientras este hundía inquisitivamente sus ojos en los de su padre, a la vez que, a escasos pasos de donde Llyd se hallaba arrodillado frente a su hijo, confusa, Brigit los contemplaba.- le ruego que destierres el temor y el dolor de tu corazón pues has sido elegido por nuestros dioses para cumplir la sagrada misión de proteger a Atenea.
 
-Llyd…- asustada por las misteriosas palabras de su esposo, la mujer dejó caer al suelo el paño que llevaba entre sus manos. Sin apartar la mirada de los ojos de su hijo, Llyd alzó su brazo instándola a callar.
 
-¿Atenea? ¿Padre qué…?
 
-Esto te pertenece- atajó Llyd señalando el torques que llevaba al cuello- yo mismo lo retiré del cuello de mi padre cuando este murió, al igual que él hizo con su padre.
 
-Lo sé padre.- así debía ser. Sin poder evitarlo, el pequeño dirigió su mirada hacia la torques, sus ojos destellaron.
 
Esa era la tradición. Cuando su padre muriera, él se encargaría de retirar la torques familiar de su cuello y sólo entonces, lo llevaría puesto hasta el día de su muerte. 
 
El torques era en sí mismo una pertenencia tan valiosa que se consideraba una deshonra perderlo durante una confrontación. De hecho, era preferible morir a sufrir la humillación de perder la torques familiar.
 
-Pero eso no es todo hijo mío,- sin llegar a lastimarlo, los dedos de Llyd ejercieron una mayor presión sobre los hombros del muchacho. El pequeño contempló confundido aquel gesto hundiendo posteriormente sus apacibles ojos en la suplicante mirada de su padre.- quiero que me jures que protegerás a Atenea.
 
En ese preciso instante Angus el bardo golpeó tres veces a la puerta anunciando que ya era la hora y que debía partir. Al igual que aquellos golpes sacudieron la puerta, los tres sintieron en ese instante que “algo”,  sacudía sus vidas. Aflojando sus dedos, Llyd liberó los hombros del pequeño.
 
-Ve hijo…-musitó entonces acariciándole las mejillas, sonriéndole.-después seguiremos hablando.- concluyó levantándose- No debes hacer esperar a Croad.
 
Aún confundido Lugh se despidió de sus padres. Angus lo aguardaba, así que, sin perder si quiera un segundo más, salió al frío exterior donde, como cada mañana, además del bardo, se encontró con Conall que regresaba a descansar tras permanecer toda la noche en su puesto de vigilancia en el bosque y quien afectuosamente, le levantó la mano.
 
-¿Qué te ocurre?- preguntó Angus frunciendo el entrecejo- ¿Se encuentran bien tus padres?- inquirió contemplando el extraño semblante del muchacho.
 
-No pasa nada Angus, están bien.- respondió al cabo de unos instantes, apartando de su mente las misteriosas palabras de su padre. 
Como futuro druida, no podía permitir que ningún pensamiento o sentimiento nublara su razón… aunque el causante de esos pensamientos hubiera sido su propio padre.
 
-Espero que no te importe marchar sólo al arroyo,- comentó Angus dejando caer su mano sobre su hombro. Ambos caminaban internándose en la espesura- pero, esta mañana debo adelantarme.
 
-Claro Angus, no hay problema. Marcha tranquilo. He de recoger algo de beleño y estramonio.
 
-Ten cuidado, ya sabes que…
 
-Sí, sé que pueden ser venenosas o al menos producir alucinaciones.- musitó viendo desaparecer a Angus en la umbría.
 
A pesar de su corta edad, apenas contaba unos cinco años, conocía bien los caminos y sendas secretas de su pueblo pues llevaban años viviendo ocultos en el bosque; por lo que, aunque Angus hubiera desaparecido, caminó tranquilo siguiendo aquella senda, sintiendo la poderosa presencia de la diosa, deleitándose con el murmullo del viento así como reconociendo los distintos sonidos del bosque y sus animales, apartados definitivamente de su mente aquellos extraños pensamientos que su padre había sembrado, a la vez que marchaba al arroyo donde Croad, druida del clan, lo aguardaba.
 
Y mientras caminaba recordaba los nombres de los árboles sagrados así como las características principales de las plantas medicinales que hasta al momento había aprendido a reconocer y nombrar cuando algo llamó su atención…
 
…el turbador silencio que de repente pesaba al igual que una losa sobre el bosque. 
 
Confundido Lugh detuvo su andar mientras el desasosiego crecía en su interior. ¿Qué oscura amenaza se cernía sobre las criaturas del bosque? ¿Por qué de repente no oía ni los trinos de los pájaros ni el sigiloso caminar de los cervatillos o los zorros? 
 
¿Qué podía significar ese turbador silencio? ¿Por qué, el bosque entero, acallaba sus sonidos? 
 
De repente, una sutil brisa, descendió sobre él besando su frente, erizándole los cabellos de la nuca con su glacial roce… obligándole a recordar  algo…
 
 Atónito, abrió bien sus ojos… como bien sabía, como Croad le había dicho, el bosque sólo acallaba presagiando alguna desgracia.
 
Intentando descifrar aquel silencio, el chico cerró sus ojos y se concentró. Varios animales que se hallaban cerca de él huyeron, probablemente al percibir el sutil aroma de la oscura amenaza que sólo sus sensibles sentidos podían captar y que, ahora sí estaba seguro, lentamente avanzaba, se cernía sobre el bosque y sus moradores. Entonces lo oyó… el inconfundible sonido de las ramas al quebrarse.
 
Rápidamente, tal y como le habían enseñado,  se deslizó cuidadosamente sobre la crujiente capa de hojarasca hasta un lugar seguro. Tranquilo aunque expectante, aguardó oculto tras el grueso tronco de un manzano silvestre.  En su interior sabía que el causante de aquel ruido no había sido ningún oso o animal salvaje.
 
Entonces los vio y su pequeño corazón palpitó desbocado. Eran muchos,  marchaban en filas e iban armados, pertrechados hasta los dientes, con sus espadas desenvainadas.
 
Asesinos decididos, encaminaban sus pasos hacía su aldea, tal y como contaban los sobrevivientes de otros clanes a los que ya habían atacado y exterminado. Jadeando y temblando, Lugh se volvió pegando su espalda al tronco del manzano… los habían descubierto. 
 
“¿Y Angus?”, pensó sobrecogido… “marchaba delante, ¿lo habrán asesinado?” 
 
Sin embargo, al instante recordó y se tranquilizó. No había oído ruido alguno a excepción de aquel crujido que lo alertó. De haberlo sorprendido, sabía que Angus se habría enfrentado a ellos con uñas y dientes y eso, lo habría alertado. Probablemente el bardo seguía vivo. 
Era un milagro que no se hubiera topado con aquellos hombres… pero,  ahora, él debía adelantarse a todos esos asesinos y alertar a su pueblo. 
 
Con mucho cuidado, el chico comenzó a alejarse abandonando la segura protección que le procuraba el tronco del manzano. Conocía bien el bosque. Si la diosa lo permitía existía la posibilidad de que pudiera llegar al menos unos minutos antes de que esos hombres cayeran sobre su clan. 
 
Decidido, avanzó con tiento y sigilosamente recortando la distancia en dirección a su poblado cuando vislumbró, algunos metros delante,  un bulto que rápida y cautelosamente acortaba la distancia con los suyos, y al instante reconoció la espalda de Angus, quien también corría a alertar al clan. 
 
“Gracias madre”, pensó aliviado, pues ya se hallaban cerca de la aldea y no disponían de mucho tiempo para organizar su defensa. 
Perdido en esos pensamientos estaba cuando algo pasó zumbando por encima de su cabeza haciéndole perder el equilibrio. 
 
Dando un traspiés,  Lugh cayó al suelo de bruces e inmediatamente, sin perder siquiera un segundo, recordando las enseñanzas de su padre, rodó sobre la hojarasca al tiempo que una espada se hundía a escasos centímetros de su cuerpo,  atravesando la tierra…
-¡Maldito hijo de Satanás!- vociferó uno de esos hombres, mientras que él,  atónito, hundía su mirada en aquellas fieras y ensangrentadas pupilas.- No voy a consentir que alertes a esos demonios del bosque.
 
Resbalando sobre las hojas y ramas secas, Lugh finalmente consiguió levantarse. Como pudo se lanzó a correr entre los árboles mientras aquel energúmeno espada en mano, lo perseguía lanzando maldiciones e imprecaciones en nombre de un dios que ellos no reconocían como tal y por lo que se habían visto obligados a abandonar sus aldeas e internarse cada vez más y más en los bosques, de donde también querían masacrarlos. 
 
Jadeando, corría desbocado. No le temía a la muerte, pero quería llegar al poblado, quería avisar a su clan…
 
Apretando los dientes continuó corriendo con la cabeza bien alta, a pesar de que el hiriente filo pasaba silbando muy cerca de sus costados cuando, de repente, una gigantesca figura salió a su encuentro interceptándole el paso. 
 
Sorprendido apenas tuvo tiempo de abrir bien sus ojos cuando… con una fuerza y violencia inusitada, aquel hombre que le bloqueaba el paso, descargó con saña su puño contra su rostro lanzándolo de cabeza contra el grueso tronco de un árbol cercano, donde impactó de frente…
 
El golpe fue terrible. Aturdido, destrozado, cayó de espaldas sobre la gruesa capa de hojarasca envuelto en las densas brumas de la inconsciencia a la vez que a su mente llegaba, borrosa y difusa, la imagen de un hiriente y acerado filo que un poderoso puño contenía en el aire.
 
-No pierdas el tiempo con él, está muerto.
 
 
EL MISTERIOSO ANCIANO
 
 
“…está muerto… muerto… no pierdas el tiempo…”
 
Despertó aturdido. Le dolía la cabeza, sus ropas estaban ensangrentadas, así como su frente, su rostro desencajado. Lentamente, Lugh abrió sus ojos. ¿Qué había pasado? ¿Qué hacía allí?, se preguntó contemplando anonadado los opacos rayos del sol. “Pronto anochecerá”, se dijo así mismo, “madre se inquietará sino vuelvo enseguida.”
 
Haciendo un gran esfuerzo, jadeando y dolorido, tras varios intentos, consiguió tenerse en pie. “¿Dónde estoy?”, se preguntó así mismo sintiendo que de nuevo las piernas le flaqueaban. 
 
Confundido intentó caminar, sin embargo trastabilló dando algunos inciertos pasos hasta que posó su mano sobre el pegajoso y rojizo tronco de… 
 
  -El gran roble.-musitó en voz alta reconociendo el lugar donde se hallaba mientras se percataba de algo más, de una insidiosa y espantosa cualidad en la atmósfera que lo rodeaba e, instintivamente, sus músculos se tensaron mientras los recuerdos, acudían a su mente. 
Los hombres con sus espadas desenvainadas, su desesperada huida entre los árboles, aquella sombra descomunal que cayó sobre él y… la oscuridad total.
 
Aturdido, Lugh tragó saliva conteniendo su aliento. El bosque lo arropaba en un vano intento de reconfortarlo… el frío viento que ululaba entre las sagradas ramas del gran roble en cambio hablaba de muerte y destrucción.
 
-¿Padre…?- musitó a medida que la certeza crecía en su interior- ¿Madre…?- inquirió apretando su dolorida mandíbula, sintiendo cómo su alma descendía a sus pies.
 
¿Por qué tenía la sensación de que había pasado tanto tiempo desde que su padre le hablara de la torques? ¿Acaso, no había sido esa misma mañana?, se preguntó así mismo.
 
-¿El clan?- Un fuerte estremecimiento recorrió todo su cuerpo y él se abrazó instintivamente intentando calentarse, a la vez que, comprendiendo, asimilaba las duras y crudas palabras desgranadas por el viento entre las nervosas ramas del árbol sagrado.
 
Compungido, luchando consigo mismo por controlar el terror y el dolor que parecían querer adueñarse de su ser, se dijo así mismo que no lloraría y, armándose de valor, encaminó sus pasos hacia su aldea oculta en el bosque rogándole a Karnun que al menos algunos hubieran sobrevivido a la vez que,  unos largos jirones de humo salían a su encuentro.
 
Pero allí no quedaba nadie… 
 
Sobrecogido caminó entre los restos de su pueblo, de su clan, sorteando  familias enteras masacradas, niños y mujeres mutiladas, hombres destrozados, a la vez que, esas lágrimas que una y otra vez se dijo así mismo que no derramaría, descendían violenta y atropelladamente por sus mejillas.
 
Sollozando, dirigió sus pasos en dirección a un montón de maderas humeantes y calcinadas que era todo cuanto de su casa quedaba. Desconsolado, buscó entre aquellos restos ennegrecidos a sus padres, sin hallarlos.
 
Retrocedió entonces varias veces sobre sus pasos buscándolos. Mareado y acongojado, caminó una y otra vez entre los cuerpos mutilados hasta que finalmente los encontró.
 
 Sobre un charco de sangre, los largos cabellos castaños de su madre asomaban bajo el cuerpo de su padre quien había intentado por todos los medios protegerla. 
 
Destrozado, preso del incontenible e insufrible dolor que lo desbordaba, cayó de rodillas frente a los cuerpos de sus padres, a los que se abrazó deseando no haber salido aquella mañana a reunirse con Croad… deseando estar muerto junto a ellos.
 
Y allí, de rodillas, ante los cuerpos de sus padres y de los miembros de su clan, aguardó velando la llegada del amanecer.
 
Nada más despuntar los primeros rayos del sol, alzó su ensangrentado rostro al cielo dirigiendo una plegaria a Karnun y la poderosa madre…
 
-¡Padre!
 
Gritó recordando la última petición que este le hiciera en vida a la vez que introducía sus brazos bajo el gélido y rígido cuerpo de su progenitor. Sintiendo que la cabeza la iba a estallar de un momento a otro a causa de los terribles esfuerzos que comenzó a realizar, apretó los dientes en un intento de sofocar o al menos de aliviar en parte el insufrible dolor que lo desbordaba, hasta que, finalmente, consiguió que el torso de su padre rodara sobre el cuerpo de su madre dejándolo bocarriba.
 
Conteniendo sus lágrimas, contempló por última vez los ojos de su padre antes de pasar sus dedos por encima de estos y cerrarlos. Lentamente deslizó sus manos sobre el amado rostro hasta llegar a su cuello y entonces exhaló violentamente el aire de sus pulmones mientras que, con las yemas de sus dedos, acariciaba la torques…
 
-Juro proteger a Atenea, padre…-sentenció aferrando el torques, sintiéndose extrañamente reconfortado a pesar del insufrible dolor que lo transitaba y confundido, frunció el entrecejo.
 
Tenía la sensación de que alguien velaba por él.
 
-¡Póntelo!- tronó de repente una poderosa voz.
 
Sorprendido, el muchacho se levantó aferrando con fuerza el torques. Jadeando, dirigió su mirada a un lado y a otro.
 
-¿Quién eres?-gritó-¡Sal de tu escondite!-masculló entre dientes a la vez que, con su mirada buscaba algo que pudiera servirle para defenderse.- Aún queda un hijo de Karnun en pie en este bosque y juro  que no moriré sólo.- aulló lanzándose vertiginosamente sobre la empuñadura de una espada que sangrante asomaba medio hundida del destrozado torso de uno de los miembros de su clan- Por Gundestrun juro que no he de morir sólo.
 
-Este es tu segundo juramento,- sentenció aquella voz- primero has jurado proteger a Atenea…-Con el pulso y la respiración aceleradas, Lugh bufó buscando al dueño de aquella voz que lo envolvía.
 
“¿Qué significa esto? ¿Qué clase de brujería es esta?”, se preguntó temeroso y jadeante a la vez que retrocedía algunos pasos. 
 
Una amenazante niebla espectral avanzaba hacia él ocultando los familiares contornos de los árboles, acorralándolo, formando un peligroso e inquietante cerco lechoso en torno a él.
 
-¿Quién eres?- inquirió entonces alzando su voz, armándose de valor- Acaso, ¿me estabas espiando?
 
-Ayer al amanecer, Inger borró de tu frente la marca de Gundenstrun- comentó aquella voz y el abrió sorprendido sus ojos- Así es, aquella sutil brisa que descendió sobre ti y besó tu frente. Siempre lo he sabido… tú eres el elegido.
 
-¿Qué…?
 
-Dime Lugh- una violenta sacudida recorrió todo su cuerpo al oír su nombre. ¿Cómo es que aquel extraño sabía cómo se llamaba?, pensó palideciendo al instante- ¿cuáles son las claves del saber de un druida?- preguntó entonces el dueño de aquella voz mientras que… lentamente, la niebla comenzaba a condensarse, arracimándose frente a él, dibujando un misterioso contorno.
 
-¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso?- aferrando con fuerza la empuñadura de la espada, Lugh hundió sus ojos en la niebla deseoso de encontrar y poner finalmente rostro al dueño de esa extraña voz que se dirigía a él como si le conociera.
 
-Lo sabes o no.
 
-Saber, osar y callar- contestó sin dejar de escudriñar la nebulosa forma  que se cernía sobre él.
 
-Así es. Ahora, ponte el torques Lugh- ordenó de nuevo aquella voz a la vez que, tan rápidamente como había aparecido, la niebla se deshacía permitiéndole vislumbrar la figura de un venerable anciano que al igual que un druida, vestía larga túnica blanca y portaba un báculo de roble.- Soy Cahba- anunció entonces el misterioso anciano hundiendo sus blancas pupilas en los atónitos ojos del chico.- y voy a llevarte al lugar donde cumplirás tu promesa…
 
 
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EL SANTUARIO
 
 
No pudo sino abrir su boca y dejar escapar el aire de sus pulmones. Cahba sonrió. Aunque sus ojos nunca hubieran contemplado los templos, ni la larga escalera, sus otros sentidos, percibían la grandiosa magnificencia de cuanto los rodeaba.
 
-El camino es largo,- comentó subiendo el primero de los escalones, apoyándose firmemente en su báculo de roble- duro y pesado. Por fortuna Lugh, nadie nos impedirá llegar a nuestro destino, pues él nos aguarda y han recibido la orden de dejarnos pasar sin contratiempos ni demoras. Vamos muchacho- frente a las majestuosas columnas que sostenían el techo y cobijaban la entrada a la primera de las casas, Cahba detuvo sus pasos aguardando a que Lugh, finalmente se decidiera a pasar.
 
-¿Él, ellos?- inquirió tímidamente el muchacho alcanzando al anciano.
 
-Ellos Lugh, los caballeros de oro. ¡Hastarf!,- clamó entonces el anciano- caballero de oro del carnero, solicitamos permiso para pasar por tu morada.
 
Una ligera brisa agitó sus túnicas. Cahba permaneció impasible, Lugh continuaba maravillado.
 
-Permiso concedido- tronó una voz desde el interior del templo- venerable anciano.
 
Y así, decididos, ascendieron. A la entrada de casi todos los templos, Cahba solicitó permiso y el paso les fue concedido.
 
 
EL PATRIARCA
 
 
No era la primera vez que aquel misterioso anciano visitaba el santuario, aunque sí era la primera vez que lo hacía acompañado, por lo que ambos soldados contemplaron intrigados al pequeño de largos cabellos dorados e impertérrita mirada que, cansado tras el ascenso, aguardaba al lado del anciano, mientras que, con sus lanzas cruzadas, estos les impedían el acceso al interior de la sala hasta que un mayordomo, los autorizó a pasar.
 
-Viste túnica blanca al igual que él.- musitó uno de los soldados nada más cerrarse las pesadas puertas que conducían a la sala del trono.- Será su aprendiz.- comentó entonces algo más relajado.
 
-No. Lo dudo.- sentenció el otro dirigiendo una fugaz mirada a su brazo derecho. Cuando el chico pasó por su lado, se le erizaron todos los vellos del cuerpo.- El anciano regresará sólo, ese chico se queda aquí.
 
-¿Qué te hace suponer eso?-inquirió el primero.
 
-¿Cómo? ¿No lo has notado?
 
-Pero, ¿ha sido él?- preguntó entonces el primero frunciendo el entrecejo. - pensé que había sido el anciano.
 
-No, puedo asegurarte que ha sido el…
 
 
Decidido a cumplir la promesa que le hizo a su padre, Lugh caminó a través de la larga alfombra roja al lado de Cahba, manteniendo la cabeza gacha como este le había pedido, sin embargo una voz se alzó alta y clara y el levantó su mirada descubriendo sorprendido a un hombre sentado en un trono cuyo rostro permanecía oculto bajo las sombras que, sobre su faz, proyectaba un inmenso casco dorado.
 
-Venerable Cahba- oyó y algo en su interior se agitó- mi amigo y consejero, no esperaba noticias tuyas hasta el próximo Samhain. Mucho menos esperaba una visita.-comentó escudriñando desde las sombras que le procuraba el inmenso casco dorado al chico que marchaba al lado de Cahba. “Es él, ¿no es así Cahba?” preguntó mentalmente al druida a la vez que detenía momentáneamente su mirada en el torques de oro que el muchacho llevaba al cuello.- ¿Quién es este muchacho?- preguntó entonces hundiendo su mirada en los insolentes ojos del chico que se había atrevido a levantar su cabeza. 
 
Confundido y algo azorado, Lugh bajó inmediatamente su cabeza, cerrando a su vez los ojos ruborizado. ¿Qué era lo que sentía? ¿Por qué ese hombre de extraña indumentaria hundía así en él su mirada?
 
-Gran Patriarca, este es el chico del que le hablé.- “Este es el muchacho elegido por los dioses de nuestro pueblo para servir y proteger a Atenea”, añadió mentalmente.- Este es Lugh.
 
-¿Lugh?-inquirió el misterioso hombre como si aquel nombre fuera la cosa más extraña del mundo mientras él, azorado, dejaba escapar  el aire de sus pulmones- ¡Qué nombre más osado!,- exclamó a continuación, sobresaltándolo- Si bien es cierto que siento el poder de Karnun así como la arrolladora e inconmensurable fuerza de Lugh, dios de la guerra en tu interior- atónito por las palabras que este le dirigía, el chico levantó de nuevo su cabeza osando fijar sus ojos en los de aquel misterioso hombre al que Cahba había llamado Gran Patriarca.-tu nombre, muchachito, no deja de ser pretencioso.-aseveró dejando escapar una contenida risotada- Sin duda alguna, posees grandes facultades,- comentó levantándose, estudiándolo, dejando fluir su energía- sin embargo…- de repente, el Patriarca se situó a su lado, agachándose para así quedar a la altura del muchacho. “¿Cómo lo ha hecho?”, se preguntó Lugh así mismo sorprendido.-… eso no quiere decir que seas capaz de cumplir la promesa que le hiciste a tu padre.- concluyó musitando estas últimas palabras en su oído.
 
Confundido a la vez que enojado por la insinuación que ese extraño acababa de hacerle, Lugh se agitó. 
 
Enfurruñado volvió su cabeza en dirección al Patriarca, topándose a escasos centímetros con el sereno rostro de aquel hombre que seguía escrutándolo.
 
-¡He jurado proteger a Atenea y voy a cumplir mi promesa!- exclamó a voz en grito, hundiendo su iracunda mirada en aquellos apacibles y cristalinos ojos azulados que lo estudiaban, sintiéndose al instante perdido en su propio reflejo, a la vez que extrañamente reconfortado y comprendido.- Yo…- musitó entonces- lucharé por ella,- expuso sorprendiéndose así mismo por la suavidad del tono que ahora empleaba,- moriré por ella… yo juro que…
 
-Eso es todo cuánto necesitaba oír.- comentó sonriendo el Patriarca sin apartar sus ojos de los del chico.-Yo soy Galaad, Patriarca del santuario de Atenea y, a partir de este momento, tu maestro Lugh- recobrando la verticalidad, el Patriarca avanzó algunos pasos en dirección al trono- y, ahora, quiero que salgas y aguardes en la puerta a que envíe a por ti. Cahba y yo, tenemos que hablar.
 
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Perplejo y confundido, a la vez que aliviado por las palabras del Patriarca, “…y a partir de este momento, tu maestro Lugh”, buscó con su mirada a Cahba,  quien, apoyado sobre su báculo de roble, fijó en él sus blancas pupilas a modo de despedida.
 
“Padre…”, pensó, “voy a cumplir la promesa que te hice”, se dijo así mismo a la vez que, sumisamente agachaba la cabeza obedeciendo la orden de su maestro, retirándose tras dar media vuelta… acariciando inconscientemente el torques, sumido en sus pensamientos, tanto, que si quiera se percató de que las pesadas hojas de la puerta se habían cerrado a su espalda cuando, una voz lo sobresaltó.
 
 
-Tú debes de ser Lugh.
 
Alzando rápidamente su cabeza, en medio de los guardias, fijó su mirada en una chica enmascarada varios años mayor que él que le tendía una mano.
 
Nada más salir Lugh, Galaad encaminó sus pasos hacía su trono. 
 
-Es mucho más poderoso de lo que imaginé- comentó nada más cerrarse la puerta- y su corazón es puro y noble.- sentenció una vez hubo alcanzado su trono.-Cahba, amigo… ¿qué es lo que ha ocurrido?- inquirió preocupado, dejándose caer pesadamente sobre su trono.- ¿Por qué?- musitó casi para sí mismo- ¿Por qué su llegada se ha adelantado un año y lo más importante aún, por qué Cahba, por qué has venido tú mismo en persona a entregármelo? 
 
-Responderé antes que nada a tú última pregunta.- comenzó a hablar el anciano aferrando su báculo-Mis días llegan a su fin Galaad, el próximo Samhain será el último para mí.- al oír aquellas palabras, Galaad alzó su cabeza. Apenas restaban unas semanas para la fecha señalada. Un tupido manto de tristeza veló entonces su mirada.- y tenía que hablar contigo…-respirando profundamente, el Patriarca asimiló las palabras de su amigo y consejero.
 
-Me apena oír eso.
 
-Ciento diez años son muchos años en el haber de un hombre- comentó Cahba sonriendo- aunque a tus ojos no sea más que un chiquillo. Por fortuna aún quedan clanes ocultos en nuestros bosques sagrados y sus druidas, están dispuestos a ayudar a Atenea. Así me lo han hecho saber. Galaad…- durante unos instantes Cahba acalló buscando las palabras adecuadas. El Patriarca cerró sus ojos… en su interior intuía que nada bueno había de comunicarle.- me gustaría poder decirte que los augurios son buenos sin embargo, ahora que incluso la llegada de Lugh se ha adelantado…-El Patriarca alzó su mirada. Sus ojos se encontraron con las blancas pupilas de Cahba.- Deberías empezar a buscarlo.-sentenció el anciano.
 
-¿Buscarlo?- susurró cerrando sus ojos nuevamente así como sus puños.- Cahba…- lentamente Galaad fue liberando  el aire de sus pulmones a la vez que en su interior, todo su ser se revolvía al borde de la náusea.- No me propondrías algo así de no ser por qué…-tragando saliva, acalló unos instantes-… tus visiones…por Atenea Cahba, ¿qué es lo que has visto?
 
-Se cuánto te repugna esa idea, aunque también sé que lleva rondando siglos por tu cabeza.- Galaad hundió aún más su serena mirada en las lechosas pupilas de Cahba… “No hay forma de ocultarte nada amigo mío.”, pensó y Cahba asintió.-Mucho me temo que tendrás que sacrificar a un inocente…
 
 
Mientras tanto, a la entrada de la sala del trono…
 
-Sí…-afirmó sin saber que más decir a la vez que extendía algo indeciso su mano en dirección a la chica.
 
-Bienvenido al santuario- pronunció  a la vez que sus labios se alargaban en una inquietante y velada sonrisa enmascarada mientras tomaba la mano que Lugh le ofrecía- me llamo Medusa- anunció dejando fluir repentinamente su energía, apretando y constriñendo la mano del chico quien abrió sorprendido sus ojos al sentir la terrible presión que aquella desconocida estaba ejerciendo sobre su mano. Aunque rápidamente respondió. 
 
Lejos de amilanarse, Lugh aferró decidido la mano de Medusa, apretando con fuerza y fiereza a su vez, estableciéndose entre ellos una especie de acallado pulso.
 
-El Patriarca quiere que te muestre el lugar donde comenzarás tus entrenamientos.- continuó hablando la chica entre dientes.
 
Impasibles, ambos guardias observaban el extraño enfrentamiento entre ambos chicos sin atreverse siquiera a pronunciar una palabra.
 
-Veo que no eres ningún alfeñique.- bajo su máscara, Medusa apretaba sus dientes, era fuerte… no podía negarlo.
 
Debía reconocer que lo había juzgado a la ligera. Por su apariencia pensó que le iba a resultar fácil rendir al chico y a ella le gustaba dejar bien claro desde un principio cuál era su lugar junto al Patriarca. 
 
Mientras tanto, Lugh hundía sus pupilas en la máscara de Medusa como si de un momento a otro pudiera traspasarla con la mirada. Enojado, frunció el entrecejo dispuesto a no ceder siquiera un ápice frente a esa extraña.
 
-Créeme, es mejor así…- sentenció Medusa  aflojando su presa dando por finalizado, al menos por el momento, aquel encuentro. Resollando e intentando recuperar el aliento, Lugh soltó la mano de Medusa.- Ahora, sígueme. 
 
Sin pronunciar más palabras, Medusa giró sobre sí misma iniciando la marcha. Confundido y enfadado, Lugh  contempló su mano enrojecida antes de salir caminando tras ella.
 
-Ves cómo se quedaba aquí…- concluyó el segundo de los guardias cuando ambos chicos hubieron desaparecido.
 
 
Aquel mismo día al atardecer Galaad comenzó el entrenamiento de Lugh. Si Atenea ya se encontraba entre ellos era muy probable que el ser destinado a albergar al poderoso señor del inframundo también hubiera nacido.
 
Mientras explicaba a Lugh qué era el cosmos y cómo un caballero de Atenea tras largos años de duros entrenamientos aprendía a través de su consciencia y el perfecto control de sus sentidos y habilidades a emplearlo para obrar milagros, Galaad meditaba las palabras de Cahba…
 
“Aunque las escuches de mis labios, estas palabras son tus pensamientos… si el sacrificio de un inocente pudiera librar al mundo de la barbarie de una nueva guerra santa… Galaad ¿no estaría acaso ese irremisible acto justificado?”
 
  -Lugh- apartando momentáneamente aquel pensamiento, Galaad levantó su mano derecha, mostrándole la palma de su mano.
Concentrado, el Patriarca hundió en él sus apacibles ojos a la vez que exhalaba el aire de sus pulmones; al instante su mano quedó envuelta por los poderosos destellos de su energía cósmica. Lugh abrió sus ojos sorprendidos.
 
-Debes concentrar tu fuerza, tu espíritu y tu mente en el punto que vas a golpear.
 
Galaad desvió entonces su atención hacia las únicas columnas que quedaban intactas y que rodeaban su centro de entrenamientos. Lugh siguió aquel sencillo gesto con su mirada.
 
-El cosmos tiene sus raíces en los sentidos, la consciencia y las habilidades de toda persona. Es un pequeño universo dentro de cada ser humano-apostilló posando el dedo índice de su  mano izquierda sobre el corazón de Lugh- y mediante el entrenamiento de tu mente y cuerpo no sólo voy a mostrarte la forma de emplear esa energía sino que te abriré las puertas a la comprensión de la misma.
 
Apenas fue un leve movimiento, una ligera insinuación con su mano sin embargo, un poderoso haz dorado partió desde ella impactando contra las cuatro columnas que cayeron pulverizadas al suelo.
 
-Te abriré las puertas Lugh y tú deberás traspasarlas.
 
Y mientras hundía su serena mirada en los atónitos ojos de su nuevo discípulo, finalmente, Galaad, tomó su decisión. 
 
“Lo buscaré e intentaré poner fin a esta guerra santa antes de que sea demasiado tarde.”
 
 
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“Siempre elige al ser más puro, al alma más gentil y bondadosa para reencarnarse. No conozco su verdadero rostro aunque a través de los ausentes  ojos de su anterior portador fui testigo de su crueldad..."
 

 

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EN EL SIGUIENTE EPISODIO:

 

Olaf:   "No temo a la muerte."

 

Monje: "Lo sé... pero, no buscáis la muerte, sino la mano de una princesa. Queréis esa mujer y habéis pagado un alto precio por el derecho a  poseerla... entregádselo a Rolón. Que sufra lo indecible antes de morir al conocer la muerte de su único heredero."

 

Olaf:   "No sabías que fueras un cobarde. ¿Es así como piensas gobernar tu reino? ¿rehuyendo y evitando a tus enemigos?"

 

Harald: "Retira lo que acabas de decir ¡Retíralo maldita sea!- gritó enredando sus dedos en la empuñadura de su espada dispuesto para lanzarse al ataque, sin embargo, mucho más rápido y curtido en la batalla que el joven, antes de que Harald desenvainara su espada, la afilada punta del acero de Olaf destelló bajo su mentón, presionando ligeramente su cuello y su garganta.- ¿Qué… qué haces Olaf? - inquirió con el rostro demudado."

 
Olaf:     "Eres joven e inexperto...-opacadas sus pupilas por la sombra de la traición su semblante se oscureció..."
 
Thanatos: "Mas espectros han despertado... Radamanthys entre ellos..."
 
 
EPISODIO 2: MARCADO POR EL ODIO
 
 
Hypnos: " Sí,-sentenció- son viles y no merecen sino ser castigados por toda la eternidad. Aunque, si te tomaras la molestia de observarlos en   alguna ocasión, podrías aprender algo de ellos. Es increíble lo que pueden conseguir con lo frágiles que son… no dejan de sorprenderme. Por cierto,- alzando su ceja derecha matizó- acabo de poner en jaque a tu reina."
 
Thanatos: "La partida aún no ha terminado hermano- sus labios se alargaron en una inquietante sonrisa- ¿Qué pensabas? ¿Qué iba a permanecer todo este tiempo de brazos cruzados?"
 
El próximo sábado...
 
Hypnos:  "Y bien...- relajado, alzó su cabeza- ¿aceptáis lo que... os propone? 
 
 
 
EPISODIO 2: MARCADO POR EL ODIO
 
  1. Juego entre dioses
  2. Una traición...
  3. ...y una venganza.
 
 
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MARCADO POR EL ODIO
 
 
JUEGO ENTRE DIOSES
 
 
En algún lugar apartado lugar de Noruega, 21 de noviembre del 989
 
Sigilosamente, el monje, paseó por la habitación mientras que las luces y sombras se sucedían iluminando u opacando la palidez sepulcral del rostro del guerrero al compás que crepitaban las llamas.
 
Los hombres que componían su escolta personal aguardaban a la intemperie mientras que reflexivo, sostenía su barbilla sopesando, digiriendo las palabras que aquel insólito monje, vertía en sus oídos.
 
Aún no daba crédito a que Rolón el Sanguinario empleara a un monje cristiano de intermediario. Sin embargo, eran muchos los reyes y señores de la guerra que habían abrazado esta nueva creencia, por lo que, a pesar de su reticencia, accedió de nuevo a escucharlo.
 
Esta era la tercera vez que el monje intercedía por Rolón ofreciéndole un acuerdo y, a pesar de no ser la primera vez que se encontraban, no podía dejar de observar a aquel misterioso hombre que vestía negros hábitos pero que, a diferencia del resto de los monjes cristianos a los que hasta el momento había masacrado, distaba mucho de la apariencia de estos.
 
Este era el primer siervo de aquel dios extranjero cuyos cabellos, en vez de  cortos y tonsurados, eran largos y dorados y, por si esto no fuera ya de por si extraño estaba aquella misteriosa e inquietante marca sobre su frente... una estrella de cinco puntas grabada a fuego sobre la misma.
 
Sin duda alguna se trataba de un hombre excepcional, pensó siguiéndolo con la mirada, sintiéndose algo adormecido.
 
-Y bien...- relajado, alzó su cabeza- ¿aceptáis lo que Rolón os propone?- inquirió el monje y a medida que sus palabras se deslizaban a través de sus oídos,  sus párpados cayeron algo más pesados sobre sus ojos.
 
Sin llegar a cerrarlos del todo, dirigió una fugaz mirada hacia la gran cruz plateada que pendía sobre su pecho y que refulgía misteriosamente, al igual que una inmensa y solitaria luna llena en el oscuro e insondable firmamento, sin esperanzas ni estrellas que conformaban su hábito negro.  
 
-Yo...-musitó.
 
-¿Cuántos…- inquirió el monje alzando ambas cejas a la vez que un fugaz destello dorado iluminaba su mirada y su hipnótica voz taladraba sus sentidos.- territorios habéis puesto ya a sus pies? ¿Cuánta más plata, oro, esclavos y mujeres tendréis que ofrecerle para...?- intencionadamente el monje acalló unos instantes permitiendo de esta forma que sus palabras calaran, mellaran en el ánimo del guerrero. Sonriendo, observó que las aletas de su nariz temblaban. Sus palabras surtían el efecto deseado; lo estaba exacerbando. El guerrero respiró profundamente inundando sus pulmones del cálido aire que reinaba en la habitación- ¿Hasta cuándo velareis del impúber de su hijo?-preguntó, musitando  estas últimas palabras en su oído apoyando gentilmente su mano derecha sobre su hombro, apartándose rápidamente apenas unos instantes después.- Aceptadlo de una vez por todas, ¡jamás os entregará la mano de su hija, jamás os entregará a Helga!
 
-En ese caso... yo juro que...- sus músculos se tensaron e instintivamente sus dedos buscaron algo a lo que aferrarse.
 
Sonriendo maliciosamente, el monje observó sus movimientos. 
 
-Vamos señor, pensadlo.-la hipnótica voz irrumpió de nuevo en su interior. De golpe abrió sus ojos. Sus dedos acariciaban la fría empuñadura de su espada y eso, en cierto modo, lo tranquilizó.- ¿Con cuántos hombres contáis?- inquirió moviendo lentamente su cabeza, sopesando...- Seria una insensatez desafiar a todo un clan,- dirigiéndole una mirada de soslayo, apostilló- os matarían.
 
-No temo a la muerte.- masculló enojado entre dientes.
 
-Lo sé...- sin borrar aquella maliciosa sonrisa de su rostro el monje tomó asiento justo enfrente de él.-...pero…, no buscáis la muerte,-adujo- sino la mano de una princesa.- concluyó en un tono algo afectado.- Queréis esa mujer y habéis pagado un alto precio por el derecho a poseerla sin embargo, Haackon jamás os entregará la mano de su hija. Desea comerciar con Oriente.- distraídamente, juntó las yemas de sus dedos frente a su rostro. De nuevo, un destello dorado, surcó su mirada.- Es un hombre codicioso.- sentenció- Os ha engañado. Mientras vos partíais en busca de fortuna y riquezas con las que agasajarle, el pactaba con el duque Guillermo reservando para ello la mano de su hija, esa mano que nunca os negó...-apostilló enarcando sutilmente su ceja derecha.
 
-No os creo… Guillermo es nuestro enemigo.
 
-Pensadlo.- sonriendo estudió al guerrero mientras este negaba una y otra vez con su cabeza.- Una alianza con el duque en Normandía le reportará muchas riquezas. El duque le abrirá las puertas al comercio con oriente, además de convertirse en un poderosísimo aliado.
 
-¿Poderosísimo aliado? ¿Qué estáis insinuando?- inquirió alzando la cabeza, hundiendo sus ojos ahora inyectados en sangre a causa de la ira y la crispación en aquella profunda e inquietante ¿mirada dorada?
 
-La ambición de Haackon no conoce límite.- sus pupilas eran claras, límpidas como un cielo sin nubes. Confuso, el guerrero frunció el entrecejo.
 
-Pero Haackon es el rey de...-musitó más que habló.
 
-¿Rey de qué?- en un gesto teatral el monje levantó sus hombros y brazos dirigiendo una sarcástica mirada al techo- Rey de unos cuántos míseros enclaves valacos.- sentenció despectivamente.- La vida es muy dura, son muchos los clanes que aún le son hostiles y la tierra fértil es escasa. Es por eso que Haackon aspira a reunificar todo el reino, a someter a todos los clanes libres a su férula.- concluyó alzando su ceja derecha, escrutando con su turbadora mirada el rostro del valaco, tendiendo su trampa.- Aplastando incluso a aquellos clanes y señores que le han jurado lealtad una vez haya casado a su hija con el duque.
 
Y sus palabras calaron, mellaron…
 
-¿Estáis diciendo que no cumplirá la promesa que nos hizo? ¡Que nos atacará!, a mi clan y al resto de…
 
Mostrándose compungido, el monje se limitó a asentir con su cabeza sin pronunciar ninguna palabra más.
 
-Y...- jadeando preso de la ira y la rabia, el guerrero preguntó- ¿qué se supone que quiere Rolón de mí?
 
 
Si quiera miró al rostro de sus hombres. Como alma que llevaba el diablo saltó sobre su montura hundiendo salvajemente sus rodillas a ambos costados del animal que piafó nervioso lanzándose al galope mientras, perplejos, sus hombres, azuzaban a sus bestias y galopaban en pos de él.
 
Ahora sabía lo que tenía que hacer...
 
Haackon pagaría con su vida, Helga sería suya y él se convertiría en rey aunque para ello tuviera que abrirle las puertas de la aldea y de palacio a Rolón el sanguinario.
 
 
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Nada más abandonar el bárbaro la estancia, satisfecho, lanzó al interior del fuego uno de los troncos que, apilados, aguardaban junto a la hoguera. Sonriendo, avanzó entonces algunos pasos  hasta el centro de la estancia donde tomó asiento. 
 
-¡Si gustas de acompañarme, ya puedes aparecer!-exclamó realizando unos pequeños giros con su cabeza, destensando los músculos de su cuello y espalda.
 
-No me gustan este lugar ni su clima- vistiendo gruesos ropajes de lana y cuero, un hombre surgió de entre las sombras.- Por muchos siglos que pasen, sigo sin comprender Hypnos qué ves en ellos- musitó acercándose al fuego, dejando caer el pesado manto de pieles a sus pies. El monje lo contempló divertido. Ambos poseían la misma apariencia, a excepción de sus cabellos y pupilas, que en su gemelo eran negros y plateados.- Son unos seres viles y miserables. Confabulando contra su señor...- masculló tomando asiento- no merecen sino la muerte- concluyó desviando el gesto mientras a su rostro asomaba una mueca de desprecio- criaturas patéticas y ruines.-sentenció.
 
-Hermano, ni el lugar ni su clima tienen nada de malo. Lo que sucede es que es has pasado demasiado tiempo en los Elíseos.- comentó hundiendo su turbadora así como inteligente mirada en los siempre fieros y amenazadores ojos de su hermano, quien bufó malhumorado exhalando ruidosamente el aire de sus pulmones.- Sí,-sentenció- son viles y no merecen sino ser castigados por toda la eternidad. Aunque, si te tomaras la molestia de observarlos en alguna ocasión,  también podrías aprender algo de ellos. Es increíble lo que pueden conseguir con lo frágiles que son… no dejan de sorprenderme. Por cierto,- alzando su ceja derecha matizó- acabo de poner en jaque a tu reina.
 
-La partida aún no ha terminado hermano- sus labios se alargaron en una inquietante sonrisa- ¿Qué pensabas? ¿Qué iba a permanecer todo este tiempo de brazos cruzados?
 
-Interesante...
 
-Más espectros han despertado- añadió Thanatos acto seguido dando por concluida la anterior conversación.- Radamanthys entre ellos- al pronunciar el nombre del juez del inframundo el dios frunció el entrecejo- insiste en vigilar al portador del alma de nuestro señor.
 
-No veo inconveniente en ello- musitó Hypnos acaparando de inmediato toda la atención de Thanatos.-Estos dos últimos años que he pasado entre los humanos, he observado un...- buscando las palabras adecuadas, meditabundo paseó su lengua por el interior de sus labios.-…podríamos llamarlo, extraño comportamiento en los santos de Atenea.
 
-¿Extraño comportamiento?-inquisitivamente, Thanatos observó el rostro de su hermano- Hypnos, ¿qué es lo que pretendes decirme?
 
-Thanatos, no sé exactamente qué se traen entre manos.- comentó juntando  las palmas de sus manos bajo su barbilla, como si se dispusiera a lanzar, de un momento una oración a la vez que, sutilmente, fruncía el entrecejo.- De una parte parece que buscan desesperadamente algo… aunque no sé qué pueda ser. Y luego está esa extraña relación que mantienen con los pocos druidas celtas que aún perviven ocultos en sus bosques sagrados- concluyó y sus ojos destellaron.
 
-¿Druidas? ¿Extraña relación…?- preguntó maliciosamente al borde de la burla hundiendo sus plateadas y fieras pupilas en la ahora reflexiva mirada de su gemelo.- ¿Qué podemos temer de un pueblo debilitado?,  un pueblo que se ha visto obligado a abandonar sus tierras y costumbres y a vivir confinados en los bosques- inquirió entonces- Están destinados a la extinción, si quiera sus dioses pueden protegerlos. No Hypnos. No son ellos, ni su relación con el santuario lo que me preocupa.- sentenció.- Has dicho que buscan algo y desesperadamente además. Hypnos, ¿estarán buscando al portador del alma de nuestro señor?
 
Eso ya lo había pensado pero, al oírlo en voz de su hermano, un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo.
 
-Pudiera ser Thanatos.- susurró.
 
Un movimiento osado, debía admitirlo, “… un duro golpe del que no nos repondríamos hasta que otro ser volviera a reunir las cualidades de pureza e inocencia adecuada para que el alma de nuestro señor pudiera reencarnar. Y eso, bien podría suponer siglos de espera…” pensó, aunque no expresó abiertamente su temor.
 
-Que Radamanthys vigile al chico,- sentenció- pero que procure no llamar la atención. Y en cuanto a esos druidas, quizás tengas razón y no debamos temer nada.- musitó sin mucha convicción.
 
 “Sin embargo, aunque debilitados y al borde de la extinción como pueblo, sus druidas y costumbres no dejan de inquietarme. Aún no he encontrado la forma de penetrar en sus herméticos círculos de poder. Sus susurrados secretos desaparecen con ellos pero sus creencias y deidades, al contrario de lo que imagina Thanatos, no son tan débiles como aparentan…” pensó guardando sus impresiones nuevamente para sí. 
 
–No sé… de todas formas creo que no estaría de más estrechar el cerco sobre esos clanes.- apostilló con la mirada perdida, divagante. 
 
-¿Y qué sugieres entonces?- preguntó su gemelo enojado- Pandora es una niña y la mayoría de los espectros que componen los ejércitos de nuestro señor aún no han despertado. Hypnos, una cosa es jugar con estas patéticas criaturas y otra muy distinta observarlos y vigilarlos.- bufó gesticulando agresivamente, dejando bien claro cuál era su postura al respecto.
 
-No he dicho que tengamos que encargarnos precisamente nosotros de esos clanes.- exhortó arrellanándose en su sillón fijando sus pupilas en el rostro de su hermano que parpadeó confundido.
 
-No te entiendo, ¿quién lo hará entonces?
 
-Aquellos que llevan siglos persiguiéndolos y acechándolos- añadió en tono sombrío a la vez que, delicadamente, tomaba entre sus dedos la gran cruz plateada que pendía de su cuello contemplándola- Son unos fanáticos.-sentenció- Sólo tengo que azuzarlos un poco, desde el púlpito y con la Biblia en mano y el fuego de la discordia prenderá fácilmente en sus corazones. Basta con recordarles que esos herejes adoran a dioses paganos y  que se burlan de la verdadera fe.- apostilló satisfecho, respirando profundamente- algo menos de lo que preocuparnos…- musitó casi en un susurro. 
 
 
 
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UNA TRAICIÓN…
 
 
Avanzaron durante toda la madrugada. Corría una fuerte brisa, así que Olaf, decidió darles un descanso y ordenó a sus remeros que dejaran de bogar confiando el avance de su drakar al ímpetu del viento. Con las primeras luces del alba, avistaron los familiares contornos de la costa... Olaf el Grande arribaba a su hogar.
 
En cuanto lo vio aparecer, Harald hábilmente sorteó la estocada que le dirigía su compañero de entrenamientos y se lanzó corriendo a recibirlo.
 
-¡Olaf!-gritó avanzando, saltando los diferentes obstáculos que encontraba a su paso.
 
Rodeado de sus hombres, al oír su voz, el gigante de cabellos rojizos detuvo su marcha sonriendo. Harald ya se encontraba a su altura, así que hundió sus fuertes y poderosos dedos en los casi albinos cabellos del chico despeinándolo mientras al muchacho se le iluminaba el rostro y sus miradas se encontraban. 
 
Cuando Harald bajó su cabeza debido a la presión que sus dedos ejercían sobre sus cabellos, una sombra opacó momentáneamente el semblante del gigante... apreciaba al chico, lástima que fuera hijo de Haackon. 
 
-¿Cuántos Olaf?- preguntó entonces el muchacho marchando a su lado- ¿a cuántos has matado?
 
-¡Pregunta cuántos hemos matado!- exclamó y sus hombres estallaron en sonoras carcajadas. Nervioso, Harald, los imitó.- Mi hacha ha dado cuenta de  más de una veintena, cuando lleguemos a palacio Lars te mostrará sus cabezas, así como la plata y el oro que hemos apresado. Dime Harald, ¿has mejorado con la espada y el hacha? Sí es así y tu padre consiente en ello, prometo llevarte en mi próximo viaje.
Saquearemos varios monasterios e incluso alguna aldea normanda...- un fugaz destello acerado surcó su mirada a la vez que un ligero estremecimiento recorría el cuerpo de Harald.- ¿Y Helga?- preguntó de improviso- ¿Cómo está tu hermana?
 
-Como siempre...- titubeó Harald mientras iniciaban el ascenso por las amplias escalinatas de madera que conducían a palacio, hasta alcanzar la entrada.
 
Frente a la pesada y maciza puerta, Olaf y sus hombres detuvieron sus pasos. Situado sobre la cima de una loma, el palacio de Haackon el Sabio  coronaba el punto más alto así como el más céntrico del poblado. Las cabañas y pequeños sembradíos de los agricultores y artesanos lo rodeaban.
 
-Bueno... igual exactamente… no- musitó Harald entre dientes atrayendo al instante la atención de Olaf sobre su persona quien frunció el entrecejo inquisitivamente.
 
-¿Cómo que no exactamente?- preguntó entonces posando enojado su poderosa mano sobre el hombro del muchacho- ¿Qué ha cambiado?- inquirió aferrando su hombro, hundiendo sin piedad sus dedos en la articulación de Harald a cuyo rostro asomó repentinamente una expresión de dolor.
 
-¡Suelta Olaf!- exclamó apretando los dientes ante las atónitas miradas del resto de los hombres que contemplaban confusos la escena.- ¡basta!
 
-¡Respóndeme!-gritó zarandeando al chico- Maldita sea, ¿qué ha cambiado Harald?
 
-Mi... Padre...-intentó explicarse pero, le estaba haciendo auténtico daño así que, aunque temeroso por la más que probable violenta reacción de Olaf, armándose de valor, Harald arremetió con todas sus fuerzas contra el torso del gigante, golpeándole entre las costillas, sobre la gruesa protección de cuero y metal que lo cubría. 
 
Aunque no le había ocasionado siquiera un ligero rasguño, al recibir el golpe sus ojos destellaron iracundos. Olaf levantó entonces su puño izquierdo dispuesto a golpear el rostro del chico, sin embargo, una voz en su interior lo llamó a la calma y Olaf no sólo bajo su puño sino que inmediatamente, aflojó su presa.
 
-Perdona Harald- musitó al vacío, sorprendiendo con su repentino cambio de actitud no sólo a sus hombres, sino al muchacho que había cerrado los ojos aguardando el momento en el que Olaf descargara su puño sobre él.- No sabes cuánto lamento haberte hecho daño- añadió tragando saliva hundiendo su ausente mirada en el rostro del chico que frunció sus cejas confundido- dime, Harald, ¿qué es lo que le ha pasado a Helga?
 
Dolido por qué respetaba y admiraba a Olaf tanto como a su padre a la vez que avergonzado por la decisión de este, Harald retrocedió algunos pasos bajando lentamente su cabeza, posando su mirada en el suelo y cabizbajo contestó…
 
-Lo siento Olaf, sé que la amas pero...- compungido Harald bajó aún más su mirada. No entendía el motivo por el cual su padre había cambiado de opinión. Se suponía que eran enemigos. Durante años Haackon había asolado los territorios del duque e igualmente los hombres del duque los habían atacado, sin embargo… en un susurro, las palabras escaparon de sus labios- mi padre se la ha entregado en matrimonio al duque Guillermo de Normandía. Hace una semana partió hacia Caen.
 
-¿Qué...? 
 
La voz de Harald traspasó sus defensas uniéndose en una cadenciosa así como angustiosa cacofonía a la hipnótica voz del insólito monje. Durante unos instantes su vista se nubló y todo cuanto el monje le había contado cobró sentido en su interior. 
 
Traicionado. Su rey lo había traicionado. 
 
En vano había albergado la esperanza de que las palabras que el monje le confió, no fueran más que una  sarta de mentiras, un astuto y probablemente desesperado intento de Rolón por debilitar las cada vez mayores fuerzas de Haackon. Sin embargo ahora comprendía que había sido utilizado por su rey.
 
 Las venas de su cuello se tensaron mientras las palabras del monje resonaban aún en su interior azuzando, avivando su ira y su frustración. 
 "La ambición de Haackon no conoce límite"
 
Crispados sus nervios, un violento tic sacudió su ojo derecho. A la altura de su cintura, sus dedos danzaron en el aire buscando la empuñadura de su espada bajo la atenta y asustada mirada de Harald.
 
-¡Olaf!- abriéndose paso entre sus hombres, apartando de un manotazo a  Harald, Lars, consiguió llegar hasta su señor.- Mi señor, ¿qué os sucede?- inquirió con el ceño fruncido, confundido- ¿estáis bien?- murmuró observando la extraña y perdida expresión en el rostro de su señor a la vez que la suave e hipnótica voz del monje continuaba mellando en el interior del guerrero.
 
"Pero... no buscáis la muerte, sino la mano de una princesa. Hace meses que Rolón y sus hombres arribaron a la costa, aunque desembarcaron muy al norte para no llamar la atención.
 
Hasta el momento ha conseguido el apoyo de tres clanes aunque sigue en manifiesta desventaja. Con las fuerzas de las que dispone, un ataque directo supondría una auténtica escabechina de la que probablemente saldría muy mal parado. Como bien sabéis, si Haackon cae, el resto de los clanes se retiraran y rendirán.
 
Rolón sólo desea vengar la muerte de su hijo Rakna, asesinado por Haackon y recuperar los territorios que este último le arrebató. Sólo eso, no ansía nada más.
 
 Sí vos le ayudáis a cumplir su venganza a cambio no sólo recibiréis a Helga, sino la corona de Haackon y por ende recuperaréis todas las riquezas que os pertenecen. 
 
Entregadle a Harald para que pueda vengar la muerte de su hijo. Abridle las puertas de la aldea y de palacio para que juntos derroquéis al tirano..."
 
A medida que recordaba las palabras del monje, sus rasgos se fueron oscureciendo al punto que, sin pasar desapercibido para ninguno de los allí presentes, un gélido destello surcó sus dilatadas pupilas y expectantes, sus hombres aguardaron nerviosos y confundidos una señal o una palabra suya. 
 
“Harald es su único hijo varón al igual que lo era Rakna…”
 
-Sí…-musitó inhalando y exhalando el aire profundamente, destensando sus músculos engarrotados, aflojando y relajando ligeramente su mandíbula- sí… estoy bien- añadió sin mirar a nada ni nadie en concreto, completamente ausente,  tragando saliva.
 
“… entregádselo a Rolón. Que sufra lo indecible antes de morir al conocer la muerte de su único heredero."
 
-¡Sí!- exclamó entonces de improviso a la vez que a su rostro asomaba momentáneamente una inquietante sonrisa que, a excepción de Harald, a todos pasó desapercibida- Estoy bien.- farfulló agitando su cabeza- ¡ofrezcámosle estos presentes a nuestro rey!- vociferó sorprendiendo una vez más a sus hombres con su reacción a la vez que daba media vuelta y encaraba la pesada puerta de palacio sobre la que posó sus poderosas manos.
 
"Agasajémosle como se merece...", pensó para sí mismo.  
 
 
…Y UNA VENGANZA
 
 
-Temía que no reaccionaras bien...- cabalgando a su lado, Harald azuzó a su caballo adelantándose algunos pasos. Tras un par de semanas en palacio, Olaf disponía de algo de tiempo para dedicárselo.
 
-Es mi rey- comenzó a hablar y un pequeño deje de tristeza matizó el timbre de su voz- y mujeres hay muchas...-comentó colocándose a la altura del muchacho- He amasado una buena fortuna y conquistado muchas aldeas. Encontraré una buena mujer y formaré mi propia familia.
 
-Creía que la amabas.- apostilló inquisitivamente el muchacho.- Pensé que desafiarías a mi padre, que te opondrías a ese matrimonio.
 
Durante la noche la fina capa de escarcha que cubría los bosques y prados había cristalizado sobre las altas hierbas provocando que estas se resquebrajaran y cayeran pulverizadas en finos cristales al paso de sus caballos. Un ligero manto de nieve polvo cubría el terreno y hasta donde alcanzaba la vista, el horizonte destellaba gélido e impoluto, irreal. El invierno se avecinaba y pronto, siquiera la más avezada de las bestias, podría internarse en aquellos desiertos parajes sin temor a morir congelada.  
 
-Harald...- su aliento se condensaba frente a su rostro ocultando la sombra que pesaba sobre sus ojos. El muchacho tiró suavemente de las riendas aminorando la marcha, Olaf prácticamente no avanzaba.-oponerme al rey hubiera significado mi muerte y la de mis hombres así como la de sus familias. No me malinterpretes. Yo no le temo a la muerte, soy un guerrero. Pero, mis hombres y sus familias... no estoy dispuesto a pagar tan alto precio.- Olaf sonrió amargamente- Aún eres muy joven para comprender. La unión con tu hermana me hubiera reportado una posición más elevada, más tierras, más riquezas...- "sin embargo, yo al contrario que tu padre no soy un hombre codicioso. Me hubiera bastado con Helga", pensó aunque no expresó sus verdaderos sentimientos- no soy un hombre codicioso, me basta con una mujer y algo de tierras.- sentenció, "pero pagará caro el haberse burlado de mí, el haberme traicionado." Harald asintió con su cabeza, en aquellos momentos se encontraban en las lindes del bosque- Adentrémonos en el bosque Harald- añadió tirando de las riendas, dirigiéndose hacia allí.- me gustaría cazar algo.
 
-¿Al bosque?- inquirió sorprendido el muchacho- Olaf, el bosque no es seguro, varios clanes han declarado la guerra a mi padre y es allí precisamente donde se ocultan sus hombres.
 
-No sabía que fueras un cobarde.-exhortó repentinamente Olaf y Harald volvió el rostro enojado y contrariado.- ¿Es así como piensas gobernar tu reino?- preguntó levantando orgullosamente la cabeza.-¿rehuyendo y evitando a tus enemigos? 
 
-Retira lo que acabas de decir- sus ojos destellaron iracundos. Harald tiró de las riendas de su caballo haciéndolo volver, encarando a Olaf que sonreía entre dientes.- ¡Retíralo, maldita sea!- gritó enredando sus dedos en la empuñadura de su espada, dispuesto para lanzarse al ataque, sin embargo, mucho más rápido y curtido en la batalla que el joven, antes de que Harald desenvainara su espada, la afilada punta del acero de Olaf destelló bajo su mentón, presionando ligeramente su cuello y su garganta.- ¿Qué… qué haces Olaf?- inquirió con el rostro demudado.
 
-Eres joven e inexperto...- opacadas sus pupilas por la sombra de la traición su semblante se oscureció.-¡Lars!- gritó entonces y de entre los árboles salieron cinco de sus hombres. Confundido, Harald contempló sus rostros buscando una posible explicación. 
 
-¡Olaf!- gritó cerrando los ojos al sentir como el guerrero presionaba su carne con la punta de su espada- ¿Qué significa esto?- masculló contrariado abriendo sus ojos cuando Lars tiró de él obligándolo a bajar de su montura.
 
-Tu padre lamentará amargamente el haberse burlado de mí. Helga era todo cuanto yo quería. No me importaban el oro ni la plata, ni las tierras que he rendido y puesto a sus pies… sólo ella. ¿Tienes idea Harald de cuánto te ama tu padre?- aunque la pregunta iba dirigida a él, Olaf la formuló al cielo- le haré pagar cara su ofensa.- sentenció hundiendo ahora su turbia mirada en el rostro del muchacho.- Ahora entiendo las palabras de aquel monje.- musitó sonriendo- Tu padre enloquecerá cuando descubra que su único hijo varón ha muerto en una emboscada.- bajando de su montura, Olaf entregó las riendas a uno de sus hombres- Le permitiré llorarte algún tiempo, seré testigo de su dolor, de sus sufrimientos…- adelantándose algunos pasos, Olaf hizo una señal para que sus hombres lo acompañaran. Sujetándolo por los brazos, iniciaron la marcha adentrándose en el bosque.- y entonces lo aplastaré…
 
-Si lo que quieres es matarme, ¿por qué no lo haces aquí mismo?- inquirió resistiéndose a que lo llevaran.
 
-El reino no pierde mucho,- comentó riéndose, sin volverse a contemplarlo- no eres muy listo. Ya te lo dije, ¿qué podría hacer yo sólo contra el rey y todos los clanes que le sirven?
 
Comprendiendo Harald tragó saliva. Así que iba a entregarlo a los enemigos de su padre…
 
-¡Soltadme! ¡Malditos perros traidores!- gritó de nuevo agitándose, resistiéndose, intentando zafarse de aquellos poderosos brazos que lo sujetaban y llevaban casi en volandas.
 
Pataleando, hundía las puntas de sus botas en la fina capa de nieve en un vano y desesperado intento de que sus pies se quedaran allí anclados al suelo y no pudieran llevarlo. Pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles… aquellos hombres eran guerreros, fuertes y poderosos guerreros del norte curtidos en cientos de batallas y Harald apenas un muchacho.
 
-¡Malditos desgraciados!-gimoteó desesperado- ¡Esto lo pagaréis caro!- gritó dejando caer todo el peso de su cuerpo al suelo, aunque de inmediato lo izaron- ¡Os mataré! ¡Juro que os mataré!- clamó al cielo.
 
-¡Silencio desgraciado!- aulló Lars hastiado de tantos insultos. Rolón los aguardaba en el bosque, siquiera necesitaban los caballos para llegar al lugar pactado, pero con tanta pataleta, apenas avanzaban... 
 
Volviéndose enojado, Lars encaró al muchacho que apretaba los dientes mientras hundía sus piernas de nuevo en la nieve y encolerizado golpeó violentamente a Harald entre las costillas.
 
Pillado por sorpresa, Harald encogió las piernas dolorido mientras resollaba intentando recuperar el aire.
 
-Si quiera las mujeres lloran tanto cuando las forzamos- postrado sobre sí mismo, Harald jadeó intentando recuperar el aire cuando los puños de Lars  volvieron a  impactar contra su estómago y sus piernas flaquearon. 
 
Entre risotadas y ante la impasible mirada de Olaf el Grande, liberaron sus brazos dejándolo caer de rodillas al suelo. Apretando los dientes, Harald aferró sus costillas hundiendo su mirada en la nieve.
 
-¡Vamos perro!- clamó entonces Lars riéndose, arrodillándose ante él para así observarlo a los ojos, mientras Harald resollaba y jadeaba intentando atrapar una bocanada de aire- levántate y muestra algo de honor y valor…- le espetó pegando su rostro al de Harald cuando este alzó su mirada escupiéndole a la cara, borrándole de improviso y ante las mofas de sus compañeros que estallaron en carcajadas aquella burlona expresión de su rosto con la que increpaba al chico.
 
Enojado, preso de la rabia, Lars se levantó y encolerizado, mostró sus dientes a sus compañeros que enmudecieron. De buenas ganas hubiera desenvainado su espada y se hubiera cobrado la cabeza de Harald, sin embargo, aquello habría desatado la ira de Rolón el Sanguinario, así como la de Olaf… aprovechando que Harald se levantaba, tomó impulso y hundió su rodilla en el rostro del muchacho, partiéndole la nariz, haciéndole caer de espaldas al suelo.
 
-¡Basta!-gritó entonces Olaf acercándose a Harald que yacía aturdido y sangrando sobre la nieve.- Un consejo Harald- le susurró agachándose, tomándolo de los cabellos, tirando de estos, obligándole a levantar medio torso del suelo. Mareado, Harald tardó unos instantes en conseguir que sus ojos enfocaran el rostro de Olaf.- será mejor que reserves tus fuerzas y energías para Rolón el Sanguinario.- a pesar de que su voz le sonaba algo distante, cuando oyó el nombre de Rolón, su corazón le dio un vuelco.- Sé cómo suele divertirse con sus prisioneros… si le muestras algo de valor, quizás acabe pronto contigo cortándote la cabeza.- masculló soltándole los cabellos.- Hemos perdido mucho tiempo…- musitó entonces distanciándose algunos pasos cuando de nuevo sus hombres lo tomaron de los brazos, obligándolo a levantarse.
 
Y no es que estuviera dispuesto a aceptar su destino, pero, apenas anduvieron un tramo más y oyó cientos de voces y risotadas que le estremecieron…
 
-¡Mirad!- vociferaron los hombres de Rolón y él levantó su rostro ensangrentado descubriendo que los habían rodeado.
 
Aterrorizado Harald contempló a todos aquellos hombres sedientos de su sangre, preguntándose sí serían ciertas las historias que contaban de Rolón y sus hombres, de las terribles torturas que infringían a sus rivales, de sus sádicos juegos antes de acabar con ellos, mientras un sudor frío descendía por su espalda, consciente de que iba a morir de la peor de las maneras.
 
Pero entonces Olaf se le acercó y al contemplar por última vez su despreciable rostro, sintió la rabia, la ira crecer en su interior y aquellos sentimientos fueron tan fuertes que desterraron para siempre el temor de su corazón.
 
Orgulloso Harald alzó su cabeza hundiendo sus ojos en los del traidor.
 
-Lo siento Harald…- susurró Olaf mientras sus hombres se hacían a un lado y pasaba a manos de los hombres de Rolón.
 
-No lo sientas Olaf…-masculló moviéndose violentamente al sentir cómo las manos de los guerreros de Rolón se aferraban a sus brazos. -¡No me toquéis!- gritó sorprendiéndolos a todos.- No necesito que me llevéis ante Rolón, puedo ir yo sólo.- proclamó escupiendo su sangre al rostro de Olaf entre las carcajadas, burlas y desprecios, cuando alguien lo empujó, obligándolo a iniciar la marcha tras chocar contra el pecho de Olaf que se hizo a un lado permitiéndole pasar.
 
 Y supo mantener la compostura.  Entre los empujones que le propinaban volvió su cabeza y hundió sus ojos por última vez en los de Olaf. Juro que te las verás conmigo… juro que me vengaré…
 
Y las risas estallaron a su alrededor…  
Edited by plata
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En el siguiente episodio…
 
 
“¿Quién es este pequeño? Ciertamente, ha de ser alguien muy importante…”
 
 
Rafid:  ¿Sabes lo que significa tu nombre?
 
Cahba:  Es el señor del inframundo Galaad, tan grande es su poder que sus siervos no le temen a la muerte, pues él es su único dueño y señor.
 
Galaad: Lo sé, no necesito que me lo recuerdes… me he enfrentado a él, sé de lo que capaz. Una y otra vez… ¡hasta la extenuación! No puedes hacerte una idea de lo que padecimos ¡de lo que Atenea sufrió! No puedo volver a verla sufrir, ¡no así…!
 
Rafid: Bendecido por dios hijo mío, no lo olvides. Bendecido por dios.
 
 
KARADAS EL AMIGO DE LOS ESCORPIONES
 
 
Mirtis: ¿Quién iba a decirme que unos molestos caballeros de Atenea iban a asomar sus narices por esta lejana tierra?
 
Giganto: No lo entiendo ¿A qué esperamos? 
 
Basilisco: Vigilar Giganto ¿Sabes lo que eso significa, no es así?
 
Antares: Posees un gran poder, con el debido entrenamiento podrías llegar a ser uno de los santos más poderosos…
 
Raust: No dejaré que toques a ningún otro inocente…
 
Vermis: Dos sucias “ratas” se hallan cerca… muy cerca del muchacho.
 
Nail: Parece que Raust decía la verdad. No hay que tomarte a broma.
 
Erik: ¿A qué estás esperando? Veo que has enmudecido… acaso, ¿te comió la lengua el gato?
 
Marzûq:  Mataste a mi padre y ahora vienes a matarme a mí...
 
Erik: Yo me encargo de él Antares.
 
Antares: Erik… sabes que soy tan responsable como tú de este acto…
 
Radamanthys:  Si algo le ha pasado al cuerpo de mi señor… los desollaré vivos.
 
Así es que... estad atentos...
 
Antares: No voy a engañarte… la vida de un santo está plagada de muchos sacrificios… muchos no lo resisten.
 
Karadas: ¿Serás tú mi maestro?
 
 
 
Episodio 3: Karadas, el amigo de los escorpiones
 
  1. Karadas
  2. El inicio de una leyenda
  3. La estrella de la muerte
  4. Un cruce del destino
  5. El Nightgaunt
  6. Bendecido por dios
  7. Una propuesta
  8. Un destello dorado
  9. Se desata la masacre
  10. Nail de Capricornio
  11. Colisión
  12. La espada sagrada
  13. La llamada
  14. Vermis despiadado
  15. El gigante y el León
  16. El Basilisco y el Escorpión
  17. Despreciable gusano
  18. El destino muestra sus cartas
  19. El secreto de los ejércitos de Hades
  20. Una lucha desigual
  21. El dolor de Marzûq
  22. Todos ante el Patriarca
  23. La petición de Raust
  24. Visita a Raust
Edited by plata
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KARADAS, EL AMIGO DE LOS ESCORPIONES
 
KARADAS
 
 
Chipre, 11 de Enero de 990
 
Karadas se deslizó cuidadosamente entre los restos y escombros del poblado. Oculto entre la espesa arboleda, rodeado su cuerpo de sus amigos, había contemplado la cruel y sangrienta batalla hasta la posterior persecución de los escasos supervivientes que fueron masacrados.
No recordaba unos enfrentamientos tan despiadados y violentos desde el día en el que los árabes asolaron su poblado y sus padres murieron…
 
Una amarga sonrisa asomó entonces a sus labios. Desde su pecho, abriéndose paso con sus pinzas entre los sucios harapos, emergió el oscuro cuerpo de uno de sus amigos que ascendió hasta situarse sobre su hombro izquierdo. Karadas le dirigió una cómplice mirada.
 
Lentamente, las brumas del inconsciente fueron deshaciéndose a la par que a su mente asomaron los abruptos perfiles de sus recuerdos.
 
Aquellos bárbaros lo arrojaron sin contemplaciones, a él y a cinco niños más de su aldea al interior de aquella oscura fosa plagada de escorpiones y contemplaron sus sufrimientos, sólo por diversión. 
 
Sin poder evitarlo un fuerte estremecimiento recorrió todo su cuerpo a la vez que, por su antebrazo descendía hasta la palma de su mano, uno más de sus amigos.
 
Durante interminables horas padeció las punzantes y letales picaduras de los escorpiones sin embargo, por algún extraño motivo, él resistió. Entre terribles y agonizantes dolores vio sucumbir a sus cincos compañeros.
 
Aunque dolorosa, la muerte fue piadosa con ellos, se los llevó pronto… no así con él. 
 
Con cuidado, Karadas alzó su mano fijando sus penetrantes y rojizos ojos en el escorpión que ahora descansaba sobre la palma de su mano y sonrió. A pesar de todo, terminaron por aceptarlo y, desde ese día, Karadas unió su destino al de los escorpiones.
 
Así es que; desde la seguridad de su escondite Karadas, aguardó pacientemente a que las tropas se retiraran. Durante la mañana se habían dedicado a cavar fosas y enterrar los cuerpos de sus compañeros caídos en combate. Los despojos de los enemigos solían correr otra suerte… en esta ocasión los habían apiñado e inmolado sobre una gigantesca pira que aún crepitaba indolente bajo las indecisas luces del crepúsculo, mientras que el frío viento luchaba por deshacer la colosal columna de humo cuyos rancios efluvios se esparcían en largos jirones de intenso olor a carne y grasas quemadas que, desde aquel promontorio, descendían infectando con su desagradable hedor la salitrosa línea de la playa.
 
Con un pañuelo húmedo cubriéndole nariz y boca, Karadas se lanzó, una vez los soldados hubieron desaparecido, sobre los desolados restos del pequeño poblado con la esperanza de encontrar algo que pudiera servirle en esta ocasión. Sin reparos apartó a puntapiés todas las armas y restos de cerámicas rotas que fue hallando; sonriendo de júbilo al descubrir un pequeño cuchillo que rápidamente ocultó entre sus harapos así como algo de ropa y restos de comida que devoró ávidamente allí mismo.
 
La noche caía ya cuando Karadas tomando una tea, se aproximó a la pira que continuaba ardiendo y prendió fuego en ella… sonriendo, el chico se internó en la espesura buscando la gruta donde, desde hacía casi un año, moraba junto a sus únicos amigos, los escorpiones. 
 
 
EL INICIO DE UNA LEYENDA
 
 
12 de Enero del 990 en el Santuario de Atenea
 
El inconfundible sonido del rasgar de la seda que se producía a cada paso que daba, acompañó el largo y profundo suspiro que desde su garganta,  se desvaneció en el interior de aquel recinto sagrado.
 
 Ojeroso alzó su mirada hacia el firmamento.
 
En el cielo, estrellas y planetas giraban confusos y animosos. Caprichosos intentaban ocultar su devenir, aunque poco escapaba a su percepción. 
 
Galaad tragó saliva fijando sus pupilas sobre la peligrosa conjunción planetaria que estaba próxima a acontecer. Guerras y masacres se sucedían por todo el mundo… su propio pueblo caminaba al borde del precipicio y poco o nada podía hacer él por evitarlo.
 
 Un siglo confuso, una era atroz y sanguinaria… una catástrofe que lenta e inexorablemente comenzaba a tomar forma, cada vez con mayor claridad ante sus cansados ojos y se avecinaba al igual que otras tantas en las últimas décadas, intuyendo el bien su por qué.
 
Meditabundo, Galaad, sacudió de nuevo su cabeza apartando de sí todos aquellos lúgubres pensamientos que tanto lo atormentaban, centrando toda su atención en el asunto que ahora le concernía... más escabroso si cabía aún.
 
 “No tenemos la completa certeza… ¿cómo podríamos saberlo? Sencillamente, Hades, podría  reclamar otro cuerpo”, se dijo así mismo.  
Sin embargo, también existía la posibilidad de que, como  Cahba le  sugirió en su momento, con ese simple sacrificio, se consiguiera evitar la guerra santa antes de que esta tuviera lugar.
 
“No puede seguir oculto por mucho más tiempo” pensó, “llevo años buscándolo y finalmente las estrellas le sitúan en…”, pero todo estaba confuso, revuelto. “¿Dónde estará?”, se preguntó concentrando su poderosa energía en torno a su cuerpo; consciente del espantoso fardo que había posado sobre los hombros de cuatro de sus caballeros a los que había enviado a su encuentro ahora que finalmente su rastro parecía concentrarse en esos dos puntos de la tierra.
 
Ellos que precisamente estaban ahí para defender y proteger a los inocentes, debían encontrarlo y… pero… ¿dónde?  
 
“¿Dónde?”, musitó al vacío. 
 
¿Dónde se encontraba aquel cuya alma pura, inocente y bondadosa le sería arrebatada y albergaría en un futuro al poderoso señor del inframundo? ¿Podrían Antares de Escorpio y Erik de Leo o bien, Raust de Escudo y Nail de Capricornio descubrirlo a tiempo?
 
 Galaad sintió que se le revolvían las entrañas. Durante unos instantes, volvió a sentir fijas sobre su persona las perplejas miradas de los cuatro caballeros.
 
Tragando saliva, recordó el momento en el que los reunió y les encomendó esta misión. 
 
De nuevo, dejó escapar un largo y plañidero suspiro a la par que negaba con la cabeza… lamentaba con toda su alma haberlos envíado a matar a un niño inocente más, no había otra opción. 
 
Sí difícil había sido encontrar un rastro que los condujera a él, menos suerte habían tenido aún con aquel ser de leyenda del que Cahba le habló.
 
A él tampoco le gustaba la idea, sin embargo, a pesar de que habían transcurrido más de doscientos años, no había pasado un sólo día de su larga existencia, como bien le recordó Cahba, en el que no hubiera pensado y madurado este plan.
 
 ¿Qué pasaría si el cuerpo del ser  que estaba destinado a albergar a Hades desaparecía antes de que el dios del inframundo pudiera reclamarlo?  
 
Una vez concentrada toda su energía, Galaad alzó sus brazos.
 
Al instante sintió como su ser se elevaba y era transportado hacia las estrellas, hacia el inconmensurable firmamento. 
 
Su energía fluyó adaptándose, vibrando en consonancia con los movimientos de los cuerpos celestes a la vez que, hermosas nebulosas así como impenetrables cúmulos poco a poco fueron revelándole sus secretos y supo entonces que… al menos, ellos dos, lo habían encontrado…
 
-Lo siento- expresó para sí mismo sintiendo el dolor que afligía los corazones de los caballeros- pero sé que cumpliréis con vuestra misión y que sabréis reponeros a ese dolor.
 
Agotado dejó escapar  el aire de sus pulmones a la vez que la sensación de ingravidez lo abandonaba. Afianzados sus pies de nuevo en el suelo, Galaad cerró sus ojos recordando la última conversación que mantuvo con  Cahba.
 
 
“-…no te quedará más remedio que matar a un inocente.
 
Al pronunciar Cahba esas palabras sintió que una fuerza invisible le atenazaba el corazón. Lentamente Galaad exhaló el aire que inundaba sus pulmones. 
 
-Hubieras sido uno de los druidas más poderosos y venerados de nuestro pueblo sin embargo, decidiste combatir a  las fuerzas del mal al lado de Atenea, lo cual te honra y nos enorgullece; por eso no dudamos en ayudarte, en ayudar a Atenea. 
 
Hace doscientos años que decidido a crear un arma con la que combatir e igualar las fuerzas contra el señor del inframundo y con la ayuda de los druidas  de nuestro pueblo, forjaste la torques. 
 
Desde aquel día en la noche del Samhain, los druidas nos hemos reunido en torno al portador de la torques con el único fin de fortalecerlo. Recuerdo como si hubiera sido ayer la primera vez que nos encontramos.
 
 Galaad también lo recordaba.
 
Hacía un siglo que no visitaba a su pueblo, sin embargo, aquel Samhain era especial. Esa noche santificaría con su cosmos y la sangre de Atenea la torques… Cahba sólo contaba diez años y ya era conocido como el gran druida blanco.
 
Manteniendo la mirada perdida en algún punto del suelo, Cahba exhaló el aire de sus pulmones.
 
 -Lo que trato de decirte es que la torques deberá permanecer oculta hasta el momento del resurgimiento de Hades pues mucho me temo Galaad que a pesar de todos nuestros esfuerzos y sacrificios, la torques esté incompleta.
 
-¿Incompleta?- exclamó Galaad aferrando repentina y violentamente  con sus manos los reposabrazos de su trono- ¿Cómo es posible que un objeto bendecido por nuestros ancestros y bañado en la poderosa sangre de una diosa no sirva a nuestros propósitos? ¿Cómo es posible que esté incompleto?- preguntó levantando los hombros, frunciendo el entrecejo-¿Qué es lo que olvidamos hacer Cahba?
 
-Es el señor del Inframundo Galaad,- el anciano alzó entonces su mirada hundiendo sus blancas pupilas en los ojos del Patriarca. Aquellos ojos inmaculados tenían la facultad de traspasar y escudriñar el alma. Sin embargo, a pesar de la tormenta que se estaba desatando en su interior, Galaad permaneció firme sosteniendo su mirada.- tan grande es su poder que sus siervos no le temen a la muerte pues él es su único dueño y señor.
 
-Lo sé Cahba, no necesito que me lo recuerdes.- comentó apartando sus ojos de aquella lechosa mirada que lo escrutaba, levantándose de su trono, sacudiendo su cabeza.- Me he enfrentado a él, sé de lo que es capaz. Una y otra vez… ¡hasta la extenuación!- un repentino y  fuerte dolor se instauró en sus sienes. Tragando saliva Galaad descendió algunos peldaños, abandonando su trono.-No puedes hacerte una idea de lo que padecimos, ¡de lo que Atenea sufrió! No, Cahba, no puedo permitir que vuelva a ocurrir lo mismo. No puedo volver a verla sufrir, ¡no así…!- dejó escapar entre dientes- Su sangre selló a Poseidón.- hablaba ahora para sí mismo mientras errático caminaba sin rumbo fijo.- Su sangre debería bastar por sí sola para retener las almas del ejército de Hades. 
 
-Encarnado Hades la sangre de Atenea sólo te serviría temporalmente, al  igual que las plegarias de nuestro pueblo.- Cahba dejó escapar un largo suspiro- Y aun así sólo dispondríais de un breve lapso de tiempo, pues su poder para resucitar a sus huestes es tal que rápidamente debilitaría el torques, llegando al extremo de anular completamente su poder y el de la sangre de la diosa a menos que vuestra victoria fuera aplastante y fulminante.
 
-¿Qué dices? ¿Adónde pretendes llegar Cahba?-inquirió desalentado por las palabras de su amigo y consejero cuando un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo.- Has visto algo ¿verdad?- preguntó fijando sus pupilas en el rostro del anciano.- Es eso… has visto algo…
 
Apenado, el misterioso anciano cerró momentáneamente sus ojos sintiendo cómo el desasosiego crecía en el corazón de su amigo. El mejor que nadie comprendía el dolor de Galaad así como la imperiosa necesidad de este por encontrar un modo de proteger no sólo a Atenea, sino a sus caballeros.
 
-El futuro siempre está en movimiento Galaad, quizás me equivoque.-musitó sin mucha convicción.- Exis…- intentó añadir aunque repentinamente acalló.-…pudiera ser que…-sopesando sus palabras, Cahba tragó saliva.- No todo está perdido, existe una posibilidad.- anunció finalmente sacudiendo su cabeza. Al oírlo, Galaad detuvo sus pasos.
 
-¿Una posibilidad?- girando sobre sí mismo el Patriarca contempló la encorvada espalda del anciano. Sin darse cuenta había encaminado sus pasos hacia la pesada puerta.
 
-Es una leyenda de Oriente, que ya era vieja cuando tú solo eras un niño. Sería nefasto para todos confiar en que la misma fuese real tras tantos siglos y, de ser cierta, la misma entraña tanto peligro que es una locura.
 
-¿Qué puede haber más peligroso que enfrentarse al poderoso señor del inframundo?- preguntó Galaad acercándose a Cahba.- Aunque sea una locura, dime de qué se trata.
 
-Está bien Galaad, te lo diré… aunque sigo pensando que tu mejor opción es acabar con él antes de que llegue a convertirse en un hombre…
-Matar a un niño inocente.- musitó agachando la cabeza.- Pudiera ser, Cahba, pudiera ser…”
 
-Pudiera ser amigo mío, pudiera ser.-expresó rogándole a Atenea que todo terminara allí, con la muerte de aquel inocente.
 
 
LA  ESTRELLA DE LA MUERTE
 
 
Esa misma mañana, a las afueras de la ciudad de Danzig…
 
Escupió sangre y se giró.
 
Todo daba vueltas a su alrededor cuando intentó levantarse. Cerró el ojo derecho al entrarle sangre y cubrir, durante unos instantes su vista de un tono carmesí. La risa alegre, cristalina de su oponente le helaba la sangre.
 
¿Cómo alguien que parecía tan puro podía irradiar semejante aura de maldad?
 
Apoyó en ambos codos y tuvo que reprimir un grito de dolor mientras dejaba caer su peso en el izquierdo. Tenía el brazo derecho roto, igual que parte del escudo de la armadura que vestía en el contrario.
 
-Creo que ya he jugado suficiente contigo, caballero -su tono cambió. la risa cesó y sus pequeños ojos le miraron con una fiereza acrecentada en ese inexpresivo rostro.
 
Raust se levantó. Con el brazo derecho colgándole inerte, la armadura seriamente dañada y sus energías al límite, comenzó a concentrar su cosmos, consciente de que no tendría más oportunidades. ¿Dónde se habría metido Nail?
 
Le había dejado unas horas antes en la posada de la pequeña aldea en la que se hospedaban. Habían pasado los dos últimos días visitando las aldeas de pescadores en torno a la ciudad de Danzig, en la costa del Mar Baltyk como lo llaman los lugareños. A pesar de su condición, superior en rango a la suya, Nail no dejaba de ser un joven risueño y vivaracho, que aprovechaba la menor de las ocasiones para coquetear con las hijas de los aldeanos del lugar.
 
Se tomaba la importante misión que les había llevado al norte de Europa demasiado a la ligera y durante los días que habían estado investigando la desaparición de personas en torno a las ruinas de un viejo molino incendiado años atrás, cuando habían intentado restaurarlo para utilizarlo de nuevo.
 
En principio, nada relevante.
 
Podrían ser salteadores de caminos, bandidos, el señor feudal de turno que no querría un nuevo molino fuera de su alcance que le privase de tributos e incluso habladurías y supersticiones de un pueblo, aunque hubiese más de uno mencionando las desapariciones.
 
Si no hubiese sido por la importancia de la misión que el Patriarca les había encomendado, Raust y Nail no se habrían desplazado hasta aquel lugar.
 
Sabía que, pese a ser un caballero de plata, le habían enviado como niñera del dorado. Su mayor edad y sentido de la responsabilidad suponían el contrapunto a la jovialidad y arrojo temerario de su compañero. Pero ello no había evitado que en cuanto Nail contempló a las muchachas de cabellos dorados como el trigo maduro antes de ser cosechado, ojos azul profundo y generosos atributos, hubiese repartido su tiempo entre cumplir la misión e intentar entenderse con las jóvenes mozas del lugar.
 
Esa mañana, al despertar en la habitación que compartían sin una sola pista de Nail, Raust había decidido que volvería a investigar el viejo molino. Habían ido allí nada más llegar y no habían detectado nada, ni encontrado rastro alguno de que sucediera algo sobrenatural. Sin embargo, Raust sentía que habían pasado algo por alto y hoy al fin iba a descubrirlo.
 
Había entrado en el edificio semiderruido, el sol bañando su rostro directamente a través de donde debería haber terminado el tejado y parte de la pared que debería de sostener la inexistente noria, observándolo todo con mayor detenimiento. Las planchas de madera y unas cuantas herramientas de constructor más recientes que todo el conjunto se encontraban apoyadas en una de las paredes exteriores, estando arañadas por el tiempo.
 
Tenía esa percepción, esa extraña intuición que solo los años aportan de que en su primer viaje se les había escapado algo.
 
"¿Qué es eso?", pensó el caballero de plata, volviéndose ante un leve crujido proveniente de la madera podrida del lugar. Contuvo la respiración y con los brazos en alto, repasó la estancia con la mirada. Nada. "Habrá sido una rata".
 
Justo en ese preciso instante, el cielo se oscureció y algo le golpeó con tal violencia que salió despedido del molino, atravesando las paredes del edificio hasta caer fuera de espaldas. Se levantó de un salto, sorprendido pero alerta. El día era claro y luminoso, ¿por qué se había hecho la noche en el molino tan de repente? Entonces lo contempló. 
 
-¿Quién iba a decirme que unos molestos caballeros de Atenea iban a asomar sus narices por esta lejana tierra?
 
 
Y en Chipre…
 
 
UN CRUCE DEL DESTINO
 
 
-¿Has visto eso?
 
Deteniéndose, Erik alzó su brazo señalando en dirección a las aves carroñeras que formando agoreros círculos planeaban sobre el lejano promontorio. Avanzando algunos pasos más, Antares alzó el rostro fijando su mirada en aquella macabra danza.
 
-¿Recuerdas la columna de humo que divisamos  ayer al atardecer?
 
-Sí,- y el terrible hedor, el intenso y penetrante olor a muerte y sangre que impregnaba la atmósfera- supongo que esto fue lo que sentimos nada más llegar.
 
-Así es. Por desgracia esta isla se encuentra en el centro de una enorme encrucijada,- mientras hablaba, Antares continuó avanzando- muchos son los reinos que aspiran hacerse con su control estratégico, las luchas son constantes… por fortuna, desde que el emperador bizantino Nikiforos Focás conquistara la isla hace algo más de veinte años, existen muchas ciudades en las que, al igual que en esta, cristianos, árabes, persas y un sinfín de gentes han aprendido a convivir en paz y armonía.
 
Ocultas sus apariencias bajo unos gruesos mantos, Erik y Antares caminaban abriéndose paso entre la inmensa baraúnda de mercaderes y ciudadanos que a esas horas de la mañana abarrotaban las calles en sus quehaceres diarios. 
 
Hasta allí los había llevado la larga búsqueda del alma más pura de este siglo, de aquel cuyo destino estaba ligado al del poderoso señor del inframundo… aquel que ambos, deseaban de todo corazón, no encontrar.
 
-¡Eh! ¡Al ladrón!- gritó una voz.
 
Inmediatamente, ambos caballeros detuvieron su marcha. Frente a ellos, la gente se apartaba al paso de un rapaz desaliñado al que algunos mercaderes intentaban dar caza persiguiéndolo con palos.
 
-¡Detened a ese maldito demonio!- gritó uno de los mercaderes.
 
Respondiendo a la llamada del mercader, varios transeúntes intentaron cerrarle el paso sin embargo, todos se apartaron de él lanzando histéricos gritos e imprecaciones. 
 
-¡Es ese maldito niño, el demonio que vive con los escorpiones!- gritó alguien provocando un mayor clamor y alboroto de las gentes que el rapaz encontraba a su paso.
 
-¿Has oído lo que…?- sin embargo la pregunta se extinguió en sus labios cuando, como una exhalación, el chico pasó rozando con sus harapos los gruesos mantos que lo cubrían. 
 
Una violenta descarga sacudió el brazo izquierdo de Antares cuando el chico lo rozó, erizándole todos los vellos del cuerpo… inquisitivamente, Antares frunció el ceño, ¿por qué vibraba su cosmos?
 
Lentamente el caballero se giró escudriñando la distancia mientras que, algunos mercaderes abandonaban ya la persecución y las gentes con las que el  chico se topaba en su huida iban haciéndose a un lado a su paso.  
 
-¿Qué ha sido eso?- inquirió Erik al contemplar la extraña reacción de su compañero.
 
-Ese mocoso, ¿lo has sentido, verdad?- preguntó Antares, sin apartar la mirada de la espalda del muchacho que hábilmente se deslizaba por debajo de las mesas donde los comerciantes exponían sus mercancías.- aguarda un momento Erik, he de conversar con ese chico…
 
 
Deslizándose por debajo de las mesas donde los artesanos y mercaderes exhibían sus productos, el rapaz desapareció de la vista de sus captores, aunque no de la de los caballeros.
 
Eufórico se escabulló bajo las piernas de un vendedor y hábilmente serpenteó entre las inmensas tinajas de aceite adentrándose posteriormente en una de las muchas casas que conectaban unas calles con otras, desapareciendo definitivamente de la céntrica calle.
 
 Creyéndose totalmente a salvo, redujo el ritmo de su marcha. Jadeando sacó la bolsa que en un descuido había conseguido robar al mercader  y la sopesó en la palma de su mano cuando, de repente, algo se interpuso en su camino… sin poder evitarlo, el chico chocó contra las piernas de alguien quien, como surgido de la nada había aparecido justo delante de él, cayendo de espaldas al suelo.
 
-Será mejor muchachito que devuelvas esa bolsa a su legítimo dueño.
 
Apretando los dientes, el chico resolló encolerizado. Realizando un rápido movimiento, saltó incorporándose a la par que buscaba algo entre sus harapos. Antares sonrió. El rapaz tenía agallas, un ligero destello plateado irrumpió entre los jirones de su maltrecha y sucia ropa.
 
-Yo de ti no lo intentaría…- una potente voz reverberó a su espalda.  El chico giró rápidamente su cabeza y durante unos instantes contempló al gigantón que le bloqueaba el paso bajo el umbral de la casa que comunicaba una calle con otra. Atrapado y enfurecido, centró de nuevo su atención sobre Antares.
 
-No voy a…
 
Levantando sus brazos, mostrándole las palmas de sus manos, Antares intentó acercarse al muchacho, sin embargo este retrocedió.
 
 
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-Tranquilo, solo quiero hablar con…
 
-Si das un paso más, lanzaré a mis amigos contra ti.- dijo entonces el rapaz amenazando al caballero con la daga.
 
-¿Tus amigos?- inquirió este a la vez que dirigía su mirada a uno y otro lado.- Qué curioso, no veo a nadie más por aquí- con una inquietante sonrisa dibujada en su rostro, Antares volvió a dirigirse al muchacho- ¿De qué amigos estás hablando?
 
A  los ojos del chico asomó un repentino destello rojizo, las aletas de su nariz temblaron mientras que, de nuevo, Antares volvía a sentir aquello que sintió cuando, apenas unos instantes antes, cruzaron sus caminos. 
 
Una increíble descarga que recorría todo su cuerpo. 
 
Su cosmos vibraba en presencia de aquel misterioso chico.
 
Su poderosísimo cosmos latía en consonancia con la energía que albergaba aquel insolente y desaliñado rapaz con el que se había encontrado y, mientras esto le sucedía, varios  escorpiones negros comenzaron a salir de entre los maltrechos y sucios harapos que vestía el chico, cubriendo su cuerpo, descendiendo algunos al suelo, rodeándolo, protegiéndolo.
 
-Estos son mis amigos- adujo el chico- si das un paso más, ¡te atacaran!
 
 
Mientras tanto, en Danzig…
 
 
EL NIGHTGAUNT
 
 
La voz, juvenil, resonaba a causa de la negra máscara de metal que  cubría su rostro hasta la nariz y formaba parte del casco rematado en dos pequeños cuernos puntiagudos.
 
Vestía una armadura oscura como los pozos más profundos del Hades que parecía atrapar la luz, pues en su pulida superficie no se apreciaba reflejo alguno, ni el sol era capaz de arrancar destello de ningún tipo de la misma. Dos negras alas semi-plegadas a la espalda, largas garras en sus manos y una armadura espectral tan negra, siniestra y vacía como la mirada de su portador. No cabía duda, era un espectro de Hades.
Era buen momento para que el irresponsable de Nail hiciese su aparición.
 
-Yo más bien preguntaría qué demonios hace uno de los siervos de Hades escondiéndose en un molino viejo en esta tierra perdida -dijo Raust. 
 
-¿Escondiéndome? ¿Yo? -Parecía encantado con la idea que acababa de sugerir Raust-. ¿De vosotros? 
 
El enemigo rompió a reír en carcajadas, como si le acabasen de contar un chiste. La armadura representaba el nervudo cuerpo de algún demonio de pesadilla y se contoneaba al unísono que su portador, como si tuviera vida, mientras éste intentaba controlar su risa.
 
-No, caballero. Yo soy Mirtis del Nightgaunt, Estrella celestial de la Muerte, y no me escondo ante nadie -su voz había recuperado la fría serenidad que la mordaza de acero solo resaltaba y hacía más irreal todavía-. Debo reconocer que me intriga qué hacen dos cachorrillos del santuario tan lejos de la perrera.
 
Raust tensó la mandíbula y no contestó. No pensaba decirle nada a un vil siervo de Hades. Suponía que la aparición en aquellas tierras lejanas de un espectro podía significar que andaban tras la pista acertada. ¿Sería por eso que no estaba Nail en su cuarto? ¿Le habría pasado algo? Aunque caballero de oro, no dejaba de ser un muchacho que había recibido su armadura hacía poco y podría encontrarse en dificultades. Mirtis pareció notar su mirada distraída.
 
-Harías bien en preocuparte por ti, caballero, ya que tu vida es la que está a punto de acabar.
 
Una violenta e imprevisible ráfaga de cosmos surgió del espectro cuando éste levantó su brazo en dirección a Raust y le atacó con un simple gesto. Raust alzó su brazo izquierdo y concentró su cosmos, sin apartarse del ataque. La onda de cosmos chocó contra el poderoso escudo de su armadura y le hizo retroceder apenas unos centímetros, dejando un leve surco en la tierra que pisaban.
 
-¿No pensarías hacerme algo con semejante birria de ataque? Soy el caballero de plata Raust del Escudo, portador de la defensa máxima y debes de ser muy estúpido si crees que vas a derrotarme aquí hoy.
 
La expresión de Mirtis apenas varió. Simplemente enarcó una ceja levemente en un gesto que parecía más propio de un tic nervioso.
 
-Entonces no podré llevar tu alma con las otras para servir a los ejércitos de nuestro Señor Hades.
 
-Inténtalo si te atreves, cuervo de latón.
 
Raust siempre había sido cauto en su vida y en sus enfrentamientos. Que su constelación guardiana y su armadura fuera la del escudo no era casualidad, sino más bien un reflejo de la solidez de su personalidad y de su compromiso para consigo mismo de proteger a los demás. Nunca había tenido que hacer uso de una fuerza excesiva cuando habían surgido pequeños enemigos de la paz y de Atenea, así que no se había visto obligado a atacar directamente y había dejado que su defensa perfecta acabase con sus rivales.
 
Pero la presencia de aquel espectro era distinta a todo lo enfrentado en el pasado y, al igual que lo era la situación, su respuesta también debía serlo.
 
-No dejaré que toques a ningún otro inocente para arrastrar su alma a las tinieblas de tu dios. ¡Yo, Raust del Escudo, pondré fin a tu existencia de una vez por todas! ¡Impacto Demoledor!
 
El cosmos del caballero de plata se concentró en su brazo izquierdo, alrededor del enorme escudo que revestía su armadura y empezó a brillar, emitiendo pequeños destellos eléctricos.
 
Raust se colocó de costado y, como una exhalación, se lanzó contra el espectro que no hizo ningún movimiento por evitar la embestida del caballero. El choque contra el pecho descubierto de Mirtis fue tan brutal que lanzó al siervo de Hades una decena de pies en el aire, cayendo con estrépito en el suelo. Raust había puesto mucha energía en ese golpe y sabía que como caballero de plata, era lo menos que se podía esperar de él. Ya estaba planeando la charla que le iba a dar a Nail sobre las responsabilidades cuando percibió un leve movimiento a su espalda.
 
-Vaya, vaya -decía Mirtis bajo el eco de su mordaza metálica mientras se quitaba una brizna de hierba de la armadura-. ¿Este es el nivel de un caballero de plata? -Preguntó con fingida inocencia. 
 
Raust sonrió levemente, pero se dijo que algo no iba bien. Con ese golpe debería de haber bastado para destrozar a cualquier espectro medio, lo que significaba que no debía subestimar al portador de pesadillas que tenía enfrente.
 
-Sólo estoy calentando, Nightgaunt. Todavía te reservo lo mejor -se inclinó, elevando el brazo del escudo levemente.
 
El espectro dios cinco pasos y se detuvo. Extendió sus brazos hacia el suelo, con las palmas abiertas, mirándole con los cristalinos ojos azules. Poco a poco, fue concentrando su cosmos violáceo en torno a su cuerpo, desplegando sus alas y elevándose despacio sobre la hierba del lugar.
 
-Me estorbas, caballero. Y aunque no te tengo ningún rencor, debo cumplir una misión antes de la próxima luna- el resplandor crecía, aumentaba y le envolvía, distorsionando con un campo de oscuridad los rayos del sol que caían sobre la llanura-. No puedo perder más tiempo jugando contigo y sospecho que tendré que encargarme también de tu joven discípulo. Le ahorraré el sufrimiento de ver la caída de su maestro en persona-. ¡GARRAS DE PESADILLA!
 
El espectro se elevó en el aire como una exhalación y descendió envuelto en una oscura bola que proyectaba las sombras a su alrededor, con las garras de los puños extendidas hacia Raust. Éste no lo dudó, concentró su cosmos y proyectó su poder a través del escudo que daba nombre a su constelación.
 
-¡ESCUDO DIAMANTE!
 
El choque no se hizo esperar, pues la velocidad de Mirtis superaba lo que había previsto. La colisión de cosmos cuando sus cuerpos se estrellaron en el brutal combate debió escucharse en el pueblo y más allá de un par de millas de distancia. Las garras de Mirtis fueron frenadas por el escudo, pero el caballero de plata se vio repelido por la fuerza de ambos cosmos y lanzado unos metros hacia atrás.
"Ha sido un auténtico golpe de fortuna que tuviese mi escudo -pensaba Raust-, pero no debería convertirme en un blanco tan fácil para ese engreído".
 
Con una pirueta, calló de rodillas en la suave hierba y se levantó.
 
Los últimos reflejos de su cosmos plateado y el violáceo enfermizo del espectro se desvanecían en el cielo, pero no había ni rastro de él.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal, un mal presentimiento y la sensación de haber subestimado a aquel siervo de Hades que habían mandado a matar a simples campesinos. Se empezó a volver, girando rostro y cuerpo hacia su espalda cuando un punzante dolor le atravesó el brazo derecho a través de su armadura.
 
-Mal, mal, mal, pequeña bandeja de plata -rió el espectro bajo su mordaza metálica, reverberando el sonido de forma inhumana bajo la armadura.
 
Raust fue a levantar el brazo derecho, pero un tirón seco a su espalda le obligó a bajarlo y sintió como algo le atravesaba nuevamente, rompiéndole los huesos del antebrazo. Gritó de dolor e intentó golpear la cabeza de Mirtis con el escudo al girarse, pero el espectro ya no se encontraba allí.
 
-¡Maldito engendro! 
 
Antes de que terminase la frase, ya tenía a su adversario encima. Acertó a elevar el escudo y, retrocediendo, con el brazo derecho inerte y sangrando, intentaba frenar los zarpazos que aquel inhumano ser le lanzaba entre la desquiciante música de su estridente y continua carcajada metálica.
 
-¡Estás perdiendo el tiempo, caballero! ¡Mis garras y mi cola están endurecidas a fuego y hielo en lo más profundo del infierno y son más duras que el más resistente de los diamantes! Tu ridícula armadura no es más fuerte que los ladrillos de adobe de los miserables que habitan estas tierras.
 
No se lo podía creer. Era un farol en toda regla. Su armadura de plata, su escudo definitivo, el más poderoso entre los caballeros de plata y capaz de rivalizar con los de oro según las leyendas, no sucumbiría ante un espectro de segundo nivel.
 
No podía, ni iba a permitirlo, así que mientras frenaba los feroces ataques de Mirtis, concentró su cosmos nuevamente en su escudo, decidido a llevárselo por delante antes de que se lo esperase.
 
-¡IMPACTO DEMOLEDOR! -Gritó y concentró su peso, su energía y su fuerza en el escudo, llevándose en el golpe al siervo de Hades…
 
 
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BENDECIDO POR DIOS
 
 
-¿Sabes lo que significa tu nombre?- Rafid posó afectuosamente su mano sobre los ensortijados cabellos de su hijo quien, tras meditar un rato una respuesta negó con su cabeza alzando la mirada hasta encontrase con los ojos de su padre. Rafid sonrió al verse reflejado en aquellos hermosos ojos verdes  y lo mismo hizo el pequeño.- Bendecido por dios, hijo mío, no lo olvides, Bendecido por dios.
 
Como cada mañana, Marzûq acompañó a su padre mientras este alimentaba a los halcones de la familia y colaboraba en el cuidado y atención de los caballos que poseían. 
 
A pesar de que tenían sirvientes que podían desempeñar estas labores, su padre no permitía que nadie más se acercara a sus halcones y caballos. 
 
-Marzûq el halcón es tu compañero,- embelesado el chico contemplaba a su padre mientras este acariciaba el plumaje de uno de sus halcones- la relación entre un halcón y su dueño sólo se extingue con la muerte de uno de ellos. Ven hijo, tengo algo que entregarte.- Rafid dirigió a su hijo hacia un pequeño apartado bajo la sólida carpa donde refugiaban a los halcones. Con cuidado y ante la atenta mirada del chico apartó la capucha que cubría la cabeza de un nuevo ejemplar.- Marzûq, este es Haytham, tu halcón. A partir de hoy Haytham será tu compañero. Cuídalo y respétalo. 
 
Feliz, bajo la atenta mirada de su padre, Marzûq alimentó con pequeños pedazos de carne a Haytham, un prodigioso halcón, altivo y hermoso que, a partir de ese día pasaría a convertirse en su inseparable compañero, ajeno a las insidiosas miradas que… ocultas entre las sombras, lo vigilaban.
 
 
-No lo entiendo. ¿A qué esperamos? 
 
-Vigilar Giganto, ¿sabes lo que eso significa, no es así?- mientras hablaba su oscura y densa energía los rodeaba. Unas ligeras descargas sacudieron entonces la armadura de Giganto y este retrocedió tragando saliva; Diamar de Basilisco era uno de los espectros más poderosos al servicio del señor Radamanthys, no en vano formaba parte de su escolta personal.- No desesperes Giganto- una maliciosa sonrisa asomó a sus labios- por mucho que intenten ocultar su presencia, yo puedo sentirlos.
 
-¿De qué estás hablando Diamar? ¿Por qué el señor Radamanthys nos hace vigilar a un insignificante mocoso?
 
-Mide tus palabras necio.- Sentencio Diamar ante el enojo de Giganto. Llevaba meses custodiando al chico, desde el primer día supo quién era y lo importante que era… al parecer, Giganto aún no se había sado cuenta.-Hablo de los santos de Atenea.
 
-¿Santos de Atenea? ¿Aquí? ¿Por este niño? ¿Tan importante es este chico?- inquirió Giganto más confuso y frustrado aún.
 
-No puedes ni imaginártelo. Lo único que puedo decirte es que, pase lo que pase, será mejor que el chico no sufra daño alguno, siquiera un ligero rasguño o de lo contrario el señor Radamanthys nos desollará vivos.
 
 
UNA PROPUESTA
 
 
Bajo el arco que comunicaba ambas calles, Erik sonrió divertido contemplando la curiosa escena que el chico y Antares estaban protagonizando. Sosteniendo firmemente la daga en su mano derecha, Karadas rodeado de sus amigos los escorpiones, increpaba al caballero, incitándolo a atacarle.
 
-¡Esto se pone interesante Antares!- gritó el gigantón.- He de admitir que el chico tiene arrestos, incluso más que Alban mi joven aprendiz.
 
-¡Atrévete a entrar!- le espetó el chico acompañando el amago de una estocada mortal con el fulgurante destello rojizo de su mirada y el avance de los escorpiones.- ¿Qué pasa?-se burló- ¿Tienes miedo?- mientras hablaba Karadas se deslizaba a un lado y a otro, sopesando sus posibilidades junto con sus amigos los escorpiones.- ¡mucho hablar pero al igual que el resto tú también me temes!
 
-¡Vaya!- soltó Erik riéndose a carcajadas- Me gusta este chico, aunque primero tendrás que enseñarle modales.
 
-Muchachito…- sin dejar de sonreír, Antares se adelantó. El niño abrió entonces sus ojos como platos. Aquel hombre debía de estar loco. Era la primera vez que alguien osaba avanzar hacia él obviando su defensa, su círculo de escorpiones.
 
-¡Atacad!- gritó el chico cerrando momentáneamente sus ojos, emitiendo unas fulgurantes descargas rojizas que, desde su cuerpo trasmitió a los escorpiones cuando, un ligero destello dorado surgió de debajo de los gruesos mantos con los que el caballero se protegía, izando a sus amigos, dejándolos suspendidos en el aire ante su atónita mirada.
 
Antares sacudió la cabeza, el chico retrocedió varios pasos. Al final iba a resultar muy fácil domeñar al pequeño, lástima, se dijo así mismo;  después de lo que sintió creía le iba a costar más someterlo.
 
El caballero alzó entonces su mano, iba a posarla sobre el hombro del muchacho cuando este se abalanzó sobre él lanzándole rápidas y furiosas  estocadas que el esquivó sin perder la sonrisa.
 
“Así es, bien hecho…”
 
Le gustaba, debía admitirlo, ese crío lo gustaba.
 
Sin apartar en ningún momento la sonrisa de sus labios, Antares aferró la muñeca del muchacho ejerciendo la fuerza suficiente para obligarle a soltar la daga sin destrozarle la mano.
 
Al instante, la daga cayó al suelo sin embargo, para su sorpresa, el chico se revolvió golpeándolo en las rodillas, intentando hacerle perder el equilibrio, aunque sin éxito. 
 
-No está nada mal. Te defiendes francamente bien, pero no puedo hablar contigo sino paras de moverte, así que ahora mismo te vas a quedar bien quietecito. No quiero ni pretendo hacerte daño.- dijo entonces Antares emitiendo unas ligeras ondas rojizas que atraparon al chico paralizándolo por completo.
 
-¡Suéltame!- gritó el pequeño algo asustado, incapaz de mover siquiera uno de sus dedos.
 
-Posees un gran poder- Antares acercó su rostro al del pequeño- con el debido entrenamiento, podrías llegar a ser uno de los santos más poderosos…- El rapaz frunció el entrecejo confundido. Antares sonrió a la par que expandía su energía cósmica y rodeaba con ella al chico. La barbilla del pequeño se agitó, sus cabellos se erizaron.- ¿lo sientes?-  jadeando, el chico asintió con la cabeza. Él también sintió algo extraño cuando pasó junto al caballero corriendo y posteriormente cuando este le interceptó el paso en la calle- ¿Cómo te llamas muchacho?
 
-Karadas.
 
-Bien Karadas, me llamo Antares, soy santo de Atenea y tengo algo que proponerte…
 
 
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Edited by plata
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UN DESTELLO DORADO
 
 
El golpe le dio de lleno al Nightgaunt, que se había visto sorprendido porque el blanco de su ataque se convirtiera de repente en una bola brillante de cosmos que se lo llevaba por delante. Raust no se paró, lo arrastró hasta la misma base del edificio abandonado del molino y lo incrustó gracias a su escudo en la piedra, que se resquebrajó por la energía del impacto, dejando incrustado al espectro en ella.
 
La debilitada estructura crujió al recibir el golpe, mientras Raust se separaba de un salto de ella.
 
- Se acabó -dijo jadeando, sujetándose con el brazo izquierdo el roto.
 
Pero no se había acabado.
 
Las violáceas ondas del cosmos de Mirtis le rodearon, conforme salía con teatral lentitud de la pared del molino. Se impulsó con las alas a unos cuantos pies de donde le había llevado el golpe de Raust y comenzó a sacudirse el polvo con la misma indolencia y arrogancia de la que había hecho uso.
 
Estaba demostrando que era poderoso, más de lo esperado por el caballero aunque, pese a su actitud, lo que no podía ocultar era la grieta en el pecho que el último golpe de Raust le había originado.
 
-Has hecho tu último movimiento, escoria -amenazó con tono frío, hueco, tan carente de emociones como la surplice oscura que portaba. Su cosmos se concentraba, creando ondas en la alta hierba del prado y distorsionando el aire a su alrededor, dando la sensación de que el propio cielo se teñía de negro para darle su beneplácito al monstruo de pesadilla-. Voy a acabar contigo para siempre. ¡DESTRUCTOR DE ALMAS!
 
-Te espero -le contestó Raust sin inmutarse.
 
Mirtis del Nightgaunt, Estrella Celestial de la Muerte se elevó en el aire con sus alas de metal y se lanzó cual ave de presa, con sus garras prestas, hacia Raust del Escudo, que elevó una vez más su poderosa defensa ante el brutal ataque que había desencadenado el espectro, cuyos ojos inyectados en sangre clamaban por una venganza de odio sobre el defensor de Atenea. No estaba preparado para aquello y lo descubrió cuando encajó el primer arañazo.
 
El ataque de Mirtis parecía concentrarse en un solo punto y él había elevado su cosmos y lo había potenciado en su escudo para frenarle. Sin embargo, cuando llegó a él, se rebeló como decenas de pequeños golpes y arañazos con las garras  que  perforaban la misma como pequeñas uñas felinas, clavándose en su piel y dañando la armadura de plata; y él se encontró incapaz de frenarlo todo. "No puede ser, ¡¿se está rompiendo mi escudo?!".
 
-Ni tu maravilloso escudo te librará de esto, perro de Atenea -le gritó Mirtis cuando la ferocidad del destructor de almas partía el escudo de la armadura de plata y le acertaba de pleno, elevándolo en el aire decenas de pies antes de caer al suelo de cabeza.
 
La batalla estaba decidida.
 
El espectro comenzó a reír con tanta alegría y felicidad, que podría haber sido la risa de un niño persiguiendo insectos en el campo, jugando y disfrutando de una vida sin preocupaciones, de no haber sido por la metálica mordaza que la hacía reverberar fantasmagóricamente. 
 
-Creo que ya he jugado suficiente contigo, caballero -su tono cambió, la risa cesó y sus pequeños ojos le miraron con una fiereza acrecentada en ese inexpresivo rostro-. Este golpe será el último. ¡Despídete de la vida! ¡Serás el primero en visitar los dominios del todopoderoso rey Hades y presentarle tus respetos! No olvides decirle que fue Mirtis quien le obsequió con tu vida.
 
Raust, medio incorporado en el suelo, con la visión nublada por la sangre de una fuerte herida en la cabeza y el brazo roto, consciente de su propia debilidad, solo podía esperar concentrar el suficiente poder para evitar la anunciada muerte que parecía cernerse sobre él.
 
-¡DESTRUCTOR DE ALMAS! -Gritó Mirtis envuelto en el repulsivo color de su cosmos y oscureciendo la mañana a su alrededor conforme el poderoso ataque avanzaba hacia el caballero, enrareciendo el hermoso paisaje que Raust contemplaría por última vez en su vida.
 
El estruendo del golpe fue ensordecedor.
 
Jirones de hierba, piedras y restos de tierra flotaban en el aire, entre el polvo levantado al abrirse un cráter en el lugar en el que había estado el caballero de plata. El espectro dio dos pasos hasta el cráter y después se volvió.
 
  -Te he visto, niñato. Has sido rápido, pero no lo suficiente como para escapar de mi aguda visión.
 
El polvo fue disipándose, poco a poco, revelando una silueta agachada frente a otra. Un joven, de menor envergadura que el caballero de plata, le sujetaba dándole la espalda al espectro. La capa ondeaba, mecida levemente por el viento que había movido el ataque del espectro.
 
Un joven, más bajo y menos corpulento que Raust, se enderezó y le miró directamente. Tenía el cabello rubio rojizo y los ojos verdes. Una sonrisa de seguridad, de no temer a nada, se dibujaba en su rostro. La capa de viaje ancha cubría todo su cuerpo.
 
 
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SE DESATA LA MASACRE
 
 
Tras alimentar a los halcones Rafid y Marzûq abandonaron la carpa y marcharon en dirección a las cuadras. Giganto no dejaba de preguntarse quién demonios era ese chico. Desde la última advertencia que le hizo Diamar no había vuelto a cruzar palabra alguna con él cuando… 
 
Una estridente carcajada estalló tras ellos obligándoles a torcer el gesto con desagrado. Rápidamente, Diamar se volvió. En esos precisos instantes, de las profundidades de la tierra emergía una grotesca y achaparrada figura rodeada de tentáculos. 
 
-Vermis del Gusano-anunció Diamar encarándolo, arrastrando las silabas que componían su nombre- ¿A qué has venido?
 
-Dos sucias “ratas”- la voz de Vermis penetró aguda y estridente en sus cabezas. Diamar frunció el entrecejo dejando entrever sus incisivos fuertemente apretados en una evidente muestra del malestar que le producía oírle hablar. Consciente del efecto que su voz causaba incluso entre sus camaradas, Vermis sonrió complacido.- se hallan cerca… muy cerca del muchacho. 
 
-Ya lo sabía.- masculló Basilisco.
 
-El señor Radamanthys quiere que los eliminéis.
 
-¿Sólo eso?- preguntó inquisitivamente Diamar descifrando en apenas unos instantes el inquietante y sádico brillo en la mirada de Vermis.
 
-El señor Radamanthys no desea correr riesgos innecesarios.- adujo- El chico es muy importante y cree conveniente que lo llevemos a Palacio.
 
Volviendo instintivamente su mirada hacia las cuadras Giganto frunció el entrecejo meditabundo. En esos momentos, Rafid y Marzûq salían a cabalgar. Oteando la distancia, la oscura mirada de Giganto se hundió en la espalda del chico.
 
“¿Quién es este pequeño? Ciertamente ha de ser alguien muy importante…”, se dijo así mismo cuando…
 
 …como quien despierta violentamente de una pesadilla, Giganto abrió sus ojos de golpe a la par que una fuerte sacudida recorría todo su cuerpo. ¿Cómo es que no se había dado cuenta antes?, se reprochó así mismo, ahora todo estaba claro… ese niño, ese chico era el señor Hades. 
 
-Por eso has venido, ¿verdad?- un destello acerado surcó su mirada. A pesar de ser compañeros de armas, Diamar despreciaba el sádico y despiadado modo de actuar de Vermis. Sorprendido por lo que acababa de descubrir, Giganto continuaba al margen sin prestar mucha atención a la conversación de sus compañeros.- Estás deseando masacrar a esa gente.
 
-¿Qué hay de malo en ello?- inquirió Vermis mostrando en una cruel sonrisa una larga hilera de dientes afilados.
 
-Está bien Vermis son tuyos; sin embargo- Diamar remarcó bien estas palabras- en esta ocasión intenta no llamar mucho la atención.
 
-¿La atención?
 
-Haz lo que tengas que hacer pero, por tu bien, hazlo rápido. Que no te vea el chico asesinando a su familia y lo más importante de todo… procura no hacerle siquiera el más ligero rasguño.
 
-¿Por quién me has tomado Diamar de Basilisco?- inquirió molesto por la apreciación que acaba de hacer su compañero.
 
-Está bien,- atajó Basilisco- escuchad atentamente los dos. Atraeremos a los santos de Atenea…
 
 
 
-¿Qué me respondes?
 
Con la rodilla aún posada en el suelo, el caballero contemplaba el rostro del pequeño. Hacía unos minutos que Antares lo había liberado a él y a sus amigos, los escorpiones, de su campo de energía, sin embargo, Karadas permanecía inmóvil. Tras ellos Erik aguardaba pacientemente a que el chico finalmente se decidiera.
 
-No voy a engañarte Karadas,- por primera vez desde que se topara con el chico Antares no sonreía. Su expresión había cambiado radicalmente y ahora, sus oscuros cabellos rojizos, enmarcaban un rostro severo. Solemnemente posó sus manos sobre los hombros del chico-la vida de un santo de Atenea está plagada de sacrificios. Te espera un largo y duro entrenamiento. Tendrás que superarte a diario. Créeme, muchos no lo resisten. No es una vida fácil de sobrellevar, pero… me has sorprendido mucho y muy gratamente además. No sólo eres fuerte sino que…- Antares enarcó las cejas- intuyo posees un gran poder.- Tímidamente Karadas alzó su cabeza, los ojos de ambos se encontraron, Antares sostuvo la mirada del chico.
 
-¿Serás tú mi maestro?- preguntó casi en un susurro a la par que una cálida y sincera sonrisa asomaba a los labios de Antares y este asentía con su cabeza.
 
Emocionado, sin pronunciar palabra alguna, Karadas asintió a su vez, cuando…un fulgurante destello rojizo surcó la mirada de Antares. Exhalando violentamente el aire de sus pulmones, el caballero dirigió su mirada hacia el cielo.
 
-Antares…- con una expresión de asombro dibujada en el rostro, el gigante avanzó algunos pasos expandiendo sus sentidos.
Al igual que Erik y Antares, Karadas alzó su mirada.
 
-¿Qué es eso?- preguntó el chico. 
 
Sobre sus cabezas planeaban unas violentas ondas violáceas, densas, poderosas, malvadas.
 
-Karadas,- lentamente el caballero se levantó- busca un sitio seguro donde refugiarte.
 
-Pero…
 
-¡Obedece!- el gigante pasó por su lado dejando caer sobre su cabeza el pesado manto con el que, hasta ese momento, había ocultado su presencia. Karadas cayó postrado al suelo bajo el peso de aquel enorme amasijo de paños.- Son tres, son poderosos y se hallan muy cerca. No lo entiendo Antares, es como si nos estuvieran incitando a atacarles.
 
-Pero ¿por qué? Está claro que han debido sentir nuestra presencia y eso los ha alertado sin embargo, Erik…- Antares buscó la mirada de su compañero.- Está aquí Erik, no puede haber otra explicación.- una amarga sensación se abrió paso en su interior. Consciente de que habían llegado hasta allí con la misión de matar a un inocente, Antares bajó su mirada- El chico, está aquí.
 
-¿Qué sentido tiene Antares?- preguntó entonces el gigante confundido.- Lo lógico sería que ocultaran al muchacho, ¿qué pretenden atrayéndonos hacia…?
 
Antes de que el gigante terminara de pronunciar su pregunta, las oscuras y violentas ondas que surcaban el aire se intensificaron.
Una nueva cualidad se sumaba a aquellas poderosas ondas, un nuevo matiz, espantoso, trágico… un mensaje dirigido a ellos e impreso con la sangre y el dolor de los inocentes que les revolvió el estómago.
 
-Dejemos de buscarle un sentido. ¡Vamos, Erik!- Rápidamente, Antares se rodeó de toda la potencia de su energía cósmica mientras que, refunfuñando, buscando algo de aire, Karadas finalmente conseguía liberar su cabeza del pesado manto de Erik cuando, en esta ocasión era la capa de Antares la que caía sobre él- Karadas,  haz lo que te he dicho, busca un lugar seguro, pronto volveré a por ti.
 
… para cuando Karadas consiguió liberarse del manto de Antares, ambos caballeros habían desaparecido.
 
 
 
Poderosos destellos violáceos lamieron la superficie de su negra armadura alimentando de ansia de sangre y violencia incontrolada la atmósfera. Concentrado, Diamar extendió entonces sus brazos liberando toda su densa energía en la forma de unas oscuras ondas que rápidamente se propagaron por el aire ahogando la placidez del día con su sobrecogedora presencia cuando, tras él, estallaron los primeros gritos de los inocentes, añadiendo ese toque sutil a su señuelo que ningún caballero de Atenea podría obviar…
 
-Atento, Giganto… en un abrir y cerrar de ojos, los tendremos encima.
 
 
 
NAIL DE CAPRICORNIO
 
 
 
-Has llegado justo a tiempo -dijo el espectro-. Me has ahorrado la molestia de tener que ir a buscarte tras matar a tu maestro. Así puedo eliminaros a los dos a la vez.
 
El joven, de repente, comenzó a reír a carcajadas. Raust, tirado en el suelo, le miraba contrariado.
 
-¿Qué es lo que ha dicho, Raust?
 
-No tiene gracia, Nail. No te lo tomes como un juego.
 
La reprimenda del caballero de plata le hizo parar. Dio dos pasos al frente del cráter y se detuvo, mirando de frente al espectro.
 
-¡Trozo de herrumbre! -Llamó a Mirtis-. No sé qué me ha hecho más gracia, que digas que este de aquí es mi maestro o que nos vas a matar a ambos.
 
-Harías bien en hacer caso a tu compañero y callarte -replicó el espectro-. Aunque debo pasar por alto tus palabras al ser las últimas que pronunciarás antes de morir.
 
Sin darle tiempo a reaccionar, Mirtis se lanzó desplegando sus alas sobre el joven Nail, las garras prestas a destrozar a aquel pobre incauto que había aparecido solo para sufrir el mismo destino que esperaba ya a su maestro. La expresión de sorpresa en el rostro del muchacho al verse sorprendido por la velocidad del Nightgaunt arrancó una sonrisa en el espectro que quedó oculta por su mordaza de metal. Sus garras atravesaron la capa, rasgando la tela con ferocidad para llegar a su carne. Sin embargo, sonó un chasquido y el espectro, siguiendo el curso de su vuelo, ascendió en el aire y aterrizó a unos metros de sus rivales.
 
-¡¿Qué diablos...?! -Mirtis se miraba las garras de la armadura, desportilladas, algunas de ellas con los extremos partidos.
 
Levantó la mirada con odio y observó al joven. Seguía quieto, en el mismo lugar, con el cabello revuelto por el viento, la destrozada capa ondeando, la misma expresión de seguridad y... ¡No podía ser! La luz arrancaba destellos dorados de los ropajes del chico.
¡Tenía que ser una broma!
 
-Parece que Raust decía la verdad. No hay que tomarte a broma -dijo Nail mientras se desprendía de la capa, lanzándola al suelo y revelando lo que vestía bajo ella. Una armadura dorada.
 
-¿Dónde está el casco, Nail? -Le preguntó Raust.
 
-Lo he dejado guardado -respondió algo molesto, sin dejar de quitarle un ojo de encima al espectro.
 
-¿Por qué? Es una protección importante y es imponente.
 
-¿Otra vez vamos a tener la conversación, Raust? ¿Y ahora? -Gesticulaba señalando a su contrincante-. Ya te he dicho que no me gusta pasearme por ahí con dos cuernos. No me siento cómodo -dijo bajando la voz.
 
-¿Es que nunca vas a madurar? -Preguntó desde el suelo, ya sentado y sujetándose el brazo roto.
 
-Déjalo, Raust, ya... -Nail se percató del brazo y se acercó a él-. Perdona, no lo había visto antes.
 
El caballero de oro apoyó su palma izquierda sobre el hueso roto de su compañero. Raust dio un respingo y una luz dorada envolvió el brazo. 
 
-Intenta no moverlo. Solo he unido el hueso, pero ahora tiene que soldar por sí solo. Y no te había visto bien, pero estás hecho unos zorros. A Beliè no le va a gustar nada tener que reparar tu armadura.
 
Mirtis no había salido de su asombro todavía. Que aquel mocoso llevase una armadura de oro le había desconcertado. Era de un dorado pálido, con volutas en el pecho y los faldones, grandes hombreras curas y las articulaciones terminadas en pico. Sin embargo, podía dar un buen golpe al ejército de Atenea si lograba eliminar de un plumazo a un caballero dorado y otro de plata. Sí- pensó-, puede ser mi día de suerte. Sin esperar a que el caballero se diera la vuelta, cargó de nuevo contra él concentrando su cosmos en sus garras. Los mataría a los dos, acabaría con ambos de un solo y poderoso golpe. 
 
-¡TORBELLINO DE LOS LAMENTOS!
 
El espectro se lanzó girando sobre sí mismo a una velocidad endiablada, asumiendo junto a su energía cósmica la apariencia de un poderoso taladro que sus enemigos no eran capaces de detener ni de esquivar.
 
-¡CUIDADO! -Gritó Raust cuando vio el ataque encima de ellos.
 
El torbellino impactó en la espalda de Nail, que gritó y salió despedido en el aire varios metros, cayendo de cabeza sobre el suelo cubierto de hierba. Veinte pies más allá de su caída, Mirtis detuvo su ataque y aterrizó sobre el suelo para ver su obra.
 
Un profundo surco, como si se tratase del arado de un gigante, horadaba la tierra desde donde se habían encontrado los caballeros hasta donde se había detenido el Nightgaunt. A un lado, tirado boca abajo estaba el caballero de plata. Seguramente había sido apartado en el último momento por el joven. Frente a él, en la tierra del surco, se encontraba el caballero de oro.
 
Caminó despacio, deteniéndose en saborear la victoria para que esta no fuese tan efímera. Llegó hasta el caballero y lo levantó del cabello rojizo. La sangre manaba de una herida  en la cabeza y le goteaba por la nariz. Lo alzó en el aire con la diestra mientras abría la palma de la siniestra y apuntaba con sus largas garras al cuello del muchacho.
 
-Si esto es con lo que tenemos que enfrentarnos, me sorprende que el Señor Hades me haya enviado a reclutar un ejército.
Nail abrió los ojos poco a poco, dolorido por el tremendo impacto que le había alcanzado de lleno. Aun así, su rostro se esforzó por mostrar su insolente sonrisa.
 
-A mí me sorprende que te hayan dado trabajo a ti. Aunque bien pensado, no eres más que un recolector de carroña.
 
La burla obtuvo su réplica en un fuerte golpe en el costado izquierdo. De no ser por la resistencia de la armadura, podría haberle atravesado. Nail contuvo el grito de dolor, pero no pudo reprimir una mueca.
 
-Se te acabó el tiempo, payaso.
 
Justo cuando iba a alzar su mano sobre el cuello del joven caballero, una descarga de cosmos le impactó en la espalda, inclinándole hacia delante. Parte de su ala izquierda cayó al suelo, rota la armadura.
 
-¡Tú! -Escupió la palabra, resonando en su mordaza metálica, cuando vio tras él a Raust, el caballero del Escudo, jadeando herido y agotado tras su último ataque. Mirtis lanzó al suelo a Nail-. Acabaré contigo ahora mismo -dijo mientras se plantaba con dos grandes zancadas ante él-, aquí y ahora caballero, tocar mi armadura ha sido tu último gesto.
 
Concentró su cosmos entre sus manos abiertas, generando unas poderosas ráfagas eléctricas que recorrían su ser. Puede que fuese por el cansancio, o por los golpes en la cabeza, pero Raust creía escuchar el lamento de multitud de personas en el aire que se arremolinaba en torno al cosmos concentrado del espectro.
 
-¡Despídete de tu existencia, caballero! ¡Qué el devorador de almas selle tu destino! -Dijo elevando los brazos cuando de pronto, algo volvió a golpear en su espalda. 
 
Mirtis se giró, indignado. No había sido un golpe fuerte, solo algo que le habían lanzado. Su cosmos se disipó, fruto de la ira y la baja concentración y miró lo que sobre la hierba reposaba: el fragmento de su ala. Levantó la mirada, indignado, buscando al responsable de tamaño insulto.
 
-¿Le encuentras? -Susurró alguien a su oído. El espectro se tensó-. ¡TRUENO DE PIEDRA!
 
Nail golpeó la espalda del espectro con sus dos puños al mismo tiempo, concentrando su cosmos en ese impacto. Mirtis escuchó un crujido de huesos allí donde sus costillas se resquebrajaban y su armadura caía hecha pedazos mientras sobrevolaba el prado iluminado por el sol sin poder respirar hasta caer, rodando como un guiñapo, en el suelo. Nail se apartó un mechón rebelde de cabello que le caía sobre los ojos y avanzó, pisando las alas del sapuri del Nightgaunt que había partido con su golpe, caminando hacia su rival.
 
-Debí advertírtelo, alimaña. Yo soy Nail, caballero de oro de Capricornio, bendecido por la propia diosa para acabar con la escoria como tú. 
 
Avanzaba despacio, seguro de cada paso que daba. La armadura refulgía, mezcla de los rayos dorados que la bañaban y del cosmos del caballero que le rodeaba como una poderosa aura tangible. 
 
Mirtis se levantó, dolorido. Nunca había recibido un impacto tan demoledor como el que acababa de sufrir. Jadeaba con dificultad, así que se arrancó el casco y la mordaza metálica, dejando ver su rostro y el cabello oscuro. Los bellos ojos, fríos e inexpresivos, contrastaban con una horrible boca, perennemente abierta y con el labio superior partido hasta la nariz, en una clara malformación que dejaba a la vista los dientes deformados y el interior de la cavidad. Se volvió y descubrió que ya no tenía las alas en la armadura.
 
-¡Yo te maldigo! -De su boca abierta saltaron espumarajos de sangre que no podía controlar-. ¡Acabaré contigo y con toda esta maldita aldea aunque sea lo último que haga! ¡Todos moriréis y pagaréis!
 
El espectro comenzó a concentrar su poder, un cosmos viciado de odio, maldad y rechazo que nacía de su interior y se extendía por el suelo desde sus pies. Sus ojos refulgían, encendidos de ira, conforme las violáceas ondas eléctricas le rodeaban y marchitaban la hierba. Una enorme concentración de cosmos apareció entre sus palmas. Nail le miraba, desconfiando de lo que pudiera planear el enviado de Hades.
 
 
 
COLISIÓN
 
 
El joven sirviente que ayudaba a la cocinera en sus quehaceres diarios luchó desesperadamente por su vida. Aquellos tentáculos salieron proyectados del suelo, rodeándolos, golpeándolos violentamente; la pobre mujer siquiera tuvo tiempo de gritar cuando uno de aquellos extraños y poderosos apéndices,  la golpeó en el costado lanzándola por los aires contra la pared.
 
Tras oírse un espantoso golpe seco, la mujer resbaló por la blanca superficie dejando en el muro un largo y macabro reguero de sangre  hasta que su cuerpo quedó completamente desmadejado en el suelo.   
 
Aterrorizado su ayudante no chilló hasta que aquel grotesco ser emergió de las profundidades de la tierra. Vermis se lanzó entonces sobre el muchacho. Dotados de una fuerza sobrehumana, los tentáculos lo rodearon y aprisionaron constriñendo sus brazos, costillas y columna en un letal y quebradizo abrazo mientras sus piernas danzaban espasmódicas en el aire. 
 
Sus estridentes aullidos alertaron a los demás sirvientes y moradores de la casa sembrando el caos y el terror, mientras que… lenta y sádicamente, Vermis  fue ejerciendo cada vez mayor presión sobre el torso del muchacho, fascinado con el intenso crujir de los huesos astillándose,  hasta que de repente todo cesó.
 
Respondiendo al sangriento reclamo, dos poderosas energías estallaron dirigiéndose a la velocidad de la luz hacia donde él y Giganto los aguardaban.
 
-Ya vienen… ¿preparado?
 
-Preparado.- masculló en el preciso instante en el que un poderoso destello dorado irrumpía violentamente en el interior del patio de la casa atravesando los gruesos muros que la circundaban.
 
Chocando sus puños frente a su cuerpo, la energía de Giganto estalló  mientras este concentraba toda su fuerza y potencia sobre su puño derecho y, frunciendo el entrecejo, se lanzaba corriendo en dirección al primero de los caballeros que había aparecido en el patio…
 
… apenas unas milésimas de segundos después, otro destello dorado irrumpía en el lugar deslizándose por encima de los altos muros. Desplegando sus oscuras alas, Diamar cargó furioso contra el caballero del escorpión.
 
 
LA ESPADA SAGRADA
 
 
 
-¡Deberías cerrar eso que tienes en lugar de la boca y marcharte mientras puedas! -Le gritó el caballero en medio del vendaval que se estaba desatando, pero el espectro no parecía escucharle, carcomido por el odio que en él se había despertado.
 
-¡Morid todos sufriendo el peor de los tormentos! ¡Reuníos con aquellos que vagan por la eternidad entre dolor y sufrimiento! ¡DEVORADOR DE ALMAS!
 
Nail creía estar preparado para recibir el ataque de su enemigo, dispuesto a desviarlo si cargaba de frente y darle un golpe del que no pudiera recuperarse.
 
Lo que no previó era que el cosmos concentrado por Mirtis se expandiera como una explosión, como una enorme cúpula que le envolvió, tanto a él como a Raust, dejándoles casi sin aire que respirar dentro de la viciada atmósfera que había creado. No solo eso, Nail comenzó a escuchar el lamento de decenas, de cientos de personas que lloraban y suplicaban, otras amenazaban o gritaban, pero todas ellas eran voces de desesperanza y dolor.
 
El sonido de dichos lamentos le llegaba al cerebro y le perforaba los tímpanos. Aunque se tapase los oídos, no dejaba de escucharlos. Cayó de rodillas, las manos en los oídos, gritando para intentar acallar las voces con su propia voz, pero todo era inútil.
 
-¡Se acabó! -Rió satisfecho Mirtis-. El devorador de almas no ataca el cuerpo, sino a la mente. La destroza y la vuelve loca con el lamento de las víctimas de eones del Nightgaunt, atrapadas en el sufrimiento eterno.
 
'¡Ayúdame!' 'Tengo frío, tengo frío' '¿Dónde está mi madre? ¿¡Dónde!?' '¡Tú me has matado!' 'Perdóname Dios'.
 
Miles de palabras, voces y lamentos atormentaban la mente de Nail, que luchaba por liberarse de aquel horror que no cesaba. La cristalina risa de Mirtis acompañaba al coro de lamentos que le transmitían su dolor, como si cada toque fuese el mordisco frío y desgarrador de un monstruo arrancándole, poco a poco, partes de su alma.
 
Dejó caer la cabeza contra el suelo, intentando resistir el dolor, agónico, sintiendo como la vida se le escapaba. De sus manos goteaba la sangre que salía de sus oídos. Lo había subestimado. Lo había hecho y éste era el precio que iba a pagar.
 
Cuando todo parecía perdido, Nail sintió una presencia a su espalda y de repente el griterío en su mente se convirtió en un murmullo lejano, ahogado por unos muros sólidos. Levantó la mirada y vio a Raust, en pie, con el brazo izquierdo levantado. Los pocos fragmentos que quedaban del escudo vibraban al contener el poder con una especie de campo protector que le envolvía. La piel expuesta al ataque se levantaba por la fuerza del ataque del espectro y la sangre corría sin freno, goteándole por el codo hasta el manto alfombrado de hierba del suelo.
 
-¿Estás bien? -Le oyó preguntar, todavía un poco aturdido-. ¡Levanta, Nail, y haz algo! Yo no podré aguantar mucho más.
 
-¿Me desafiáis? -Gritó incrédulo Mirtis a la pareja de caballeros mientras el joven se ponía en pie con cierta dificultad-. ¡No lo permitiré!
 
Una nueva ola violácea les sacudió y Raust siguió soportando el poder del espectro a pesar del lamentable estado del brazo del escudo gracias a que el caballero dorado le sostenía. Nail levantó la mirada al cielo ante el grito descontrolado de Mirtis.
 
-Si sigue así, llegará al pueblo. No debo consentirlo.
 
- ¡Nail! ¿A qué demonios esperas?
 
El aura dorada volvió a rodear al caballero de Capricornio.
 
Los ojos alegres de Nail miraban con determinación a su rival a través de la oscuridad palpitante y de las briznas de hierba arrastradas por el furioso viento desatado. El espectro miraba hacia el cielo, liberando toda su energía en un intento por borrar todo rastro de vida en un par de millas a la redonda.
 
-Siento tu lamentable vida, Mirtis, pero no voy a compadecerme de la existencia de un ser tan mezquino y despreciable.
 
Nail alzó el brazo por encima de su cabeza y lo bajó de nuevo, a tal velocidad, que parecía casi imposible que lo hubiese llegado a mover en realidad. De pronto, en el firmamento aparecieron varios puntos de luz dorada, como estocadas, que agrietaron el área del Devorador de Almas que les tenía encerrados.
 
La técnica estalló, como fragmentos de un vidrio muy frágil, y con ella cesaron las voces y el viento. Raust, agotado, sonrió a su compañero y cayó sin sentido al suelo.
 
-Viejo idiota -le dijo con una pequeña sonrisa Nail-. Y ahora tú.
 
Mirtis no acababa de creer que su poderoso ataque hubiese sido eliminado casi sin darse cuenta, no había reaccionado cuando se encontró a Nail apareciendo a un palmo de su rostro.
 
-Como despreciable ser que eres, no tengo más remedio que enviarte de vuelta a los infiernos de los que has salido.
 
-T...tú... -articuló escupiendo saliva rosada, presa de una incontrolable rabia.
 
-Dile a tu señor Hades cuando le veas que no se le ha perdido nada en esta tierra y que si no quiere que le patee el culo, que siga durmiendo en su infierno.
 
-¡Maldito insolente! ¡Voy a borrar esa estúpida sonrisa de esta existencia y te convertiré en mi perro infernal! ¡Se lo pediré expresamente al Señor Hades y suplicarás por cumplir todos mis deseos!
 
Saltó hacia atrás y unió sus brazos de nuevo, acudiendo nuevamente a su poder para atacar al caballero. El cielo comenzó a oscurecerse alrededor del Nightgaunt. Los rayos de su poder destellaban y saltaban, rodeando su armadura mientras concentraba su poder en la que sería la última cosa que vería el insolente niñato.
 
-No mereces la pena -bajó el rostro, asqueado-, pero te lo mostraré. La sagrada técnica de Capricornio, entregada por ser el más ferviente defensor de Atenea, la espada que todo lo corta, ¡EXCALIBUR!
 
Un haz de luz salió despedido del brazo de Nail hacia Mirtis, que lo ignoró deliberadamente, seguro de sus capacidades. Dos segundos antes de llegar a su objetivo, el haz se abrió formando una X curva, para sorpresa de Mirtis, y pasó de largo, disolviéndose tras él. La energía de su ataque también desapareció.
 
-¿Eso es todo? -Sonrió-. ¿Tu mejor técnica solo sirve para dispersar la mía?
 
Quiso reír, pero al hacerlo le faltó el aire y un fuerte dolor le atravesó el pecho. Tosió con mucha dificultad sangre y la misma le manchó el rostro. No dejaba de fluir por su cara y manchaba su armadura.
 
Intentó levantar un brazo pero no lo sintió, a pesar de estar mirándolo y dar las órdenes, su cuerpo seguía en la misma posición que cuando preparaba el ataque.
 
-Se acabó -sentenció Nail y se dio la vuelta.
 
- No te... 
 
Pero no pudo llegar a terminar la frase. 
 
Sus extremidades y su torso se desprendieron de su cuerpo como si fuesen partes de una construcción sin argamasas. La sangre manó a borbotones y los ojos de Mirtis pudieron ver como su torso se desprendía y caía al lado contrario que uno de sus brazos, que también se deslizaba, cercenado, por el cuerpo que antes había completado. Sobre la hierba, empapada en sangre, una de sus piernas ya había dejado de sostener al resto del tronco, que se desplomaba inerte. Después de eso, la oscuridad le engulló.
 
Nail no se giró a contemplar el desagradable espectáculo que supondría el amasijo de partes humanas que una vez formasen a Mirtis. Se acercó a Raust y le despertó. El caballero de plata tenía el brazo izquierdo casi sin músculo y se le veía le hueso en más de una zona.
 
-Raust, despierta.
 
-¿Se... se ha ido? -Nail asintió.
 
-Ya no volverá a molestarnos. Lo siento por haberme descuidado. Tenemos que ir cuanto antes al Santuario, a que el Patriarca atienda tus heridas. Ese brazo tiene mala pinta -le decía mientras lo cubría con un jirón de su capa.
 
-¿Ha... ha sido con... Excalibur? -Nail asintió de nuevo-. ¡Lo haces a... posta! -Se enfadó el caballero de plata-. ¡Nunca logro verla!
Ante el comentario de su compañero, Nail comenzó a reír, liberando la tensión que había acumulado durante el combate. Raust también sonreía mientras le ayudaba a ponerse en pie.
 
-Vayamos rápido a recoger nuestras cosas y al Santuario. No quiero que te quedes manco.
 
-No olvides el casco, Nail -el joven le miró frunciendo el ceño con una expresión de enfurruñamiento que le hacía parecer más joven todavía-. Recuerda que es importante -volvió a repetirle Raust.
 
Se alejaron sin mirar atrás, sabedores de que su misión en aquellas tierras había concluido y debían hacérselo saber al Patriarca cuanto antes. Esperaban que la otra expedición hubiera tenido más suerte que ellos.
 
 
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LA LLAMADA
 
 
Lo que bien podría haber sido un agradable y placentero paseo a caballo acabó transformándose en una auténtica pesadilla.
 
Por tercera vez en lo poco que llevaban cabalgando, Marzûq tiró de las riendas de su caballo instándolo a pararse, deteniéndolo en seco. Nervioso, el animal piafó levantando pequeños cascotes de tierra con su pata delantera. Preocupado por qué Marzûq de nuevo no cabalgaba a su lado, Rafid retrocedió situándose al lado de su hijo. 
 
-¿Qué te sucede Marzûq?- inquirió Rafid cada vez más preocupado por el extraño comportamiento del pequeño.- ¿Te encuentras mal hijo mío?
 
Al igual que hacía algún tiempo le venía sucediendo, inexplicablemente la cabeza le daba vueltas y le costaba respirar.
 
Una voz imperiosa… poderosa, inhumana… lo llamaba y, a cada instante que aquella voz pronunciaba su nombre sentía que algo en su interior rebullía, como sí su alma intentara de algún modo romper las gruesas cadenas que le ataban a la prisión que era su cuerpo.
 
Se encontraba muy mal y sin embargo, no quería preocupar a su padre, así que levantó la cabeza y negó con la misma. Pero, mareado como estaba, aquel simple gesto terminó por agotarlo.
 
-Me siento muy cansado…- consiguió balbucear antes de dejarse caer lánguidamente sobre el grueso pescuezo de su caballo.
 
-¡Marzûq!
 
Alertado, sin perder un segundo, Rafid tiró de las vestiduras de su hijo levantando su torso, dejándolo reposar sobre su brazo mientras que, llamándolo a gritos,  contemplaba nervioso y asustado el demacrado rostro de su hijo. 
 
Angustiado por qué su hijo no respondía, Rafid abrazó su cuerpo para subirlo a la grupa de su caballo cuando la cabeza de Marzûq cayó hacia atrás y este abrió sus ojos de golpe permitiéndole a su padre vislumbrar durante unos instantes el inquietante y oscuro mundo que tras estos se ocultaba.
 
Impactado, Rafid contuvo el aire aterrado… de no haber sido su hijo el ser que sostenía entre sus brazos, hubiera espoleado a su caballo abandonando a aquel niño a su suerte.
 
 
VERMIS DESPIADADO
 
 
Rápidamente, muy a su pesar, Vermis fue masacrando uno a uno a los sirvientes y moradores de la casa, haciéndolos chocar en el aire, lanzándolos contra las paredes, deleitándose con aquel espeluznante sonido que se producía, seco y contundente cuando, cráneo contra cráneo, ambas cabezas impactaban violentamente en el aire o bien los cuerpos completamente quebrados caían despojados e inanimados al suelo hasta que… sólo quedó ella… 
 
De espaldas a la mujer Vermis sonrió mostrando sus caninos a la vez que, lenta y despiadadamente, volvía la cabeza hacia donde ella se encontraba, dedicándole de soslayo una turbadora y maliciosa mirada.
 
“Maldita sea” pensó, “me hubiera gustado matarlos lentamente, sin embargo…” 
 
A la vez que giraba sobre sí mismo encarando a la aterrorizada mujer, todo su cuerpo se estremeció. Vermis dejó escapar el aire de sus pulmones en un largo, profundo y sentido suspiro con el que consiguió sobrecoger aún más a la pobre mujer.
 
Le había jurado a Diamar que acabaría rápido con todos ellos, pero… el chico no se encontraba allí, y sólo quedaba ella, su madre.
 
 
Durante unos instantes, el semblante de Vermis se oscureció. Frunció el entrecejo y absorto en sus pensamientos, sopesó sus posibilidades.
 
Tragando saliva, ahogando entre amargos sollozos y lágrimas el pánico que la sobrecogía, la mujer vislumbró una posible salida...
Mordiendo su labio inferior, sin apartar sus ojos de la puerta, ahora que ese monstruo parecía perdido en sus ensoñaciones lentamente comenzó a aproximarse hacia la salida, cuando… de repente, sonriendo, Vermis lanzó uno de sus tentáculos en su dirección, hundiéndolo en el suelo, a sus pies.  
 
Chillando, la mujer retrocedió angustiada cayendo de espaldas al suelo  a la vez que aquel grotesco ser saltaba en el aire rodeándose de su energía para, desaparecer de su vista en el interior de un enorme agujero…
Edited by plata
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EL GIGANTE Y EL LEÓN
 
 
Impasible e inamovible Erik abrió su mano izquierda apresando con esta el gigantesco puño que se cernía sobre él. 
 
Atónito, Giganto masculló algo entre dientes a la vez que intentaba descargar toda su hercúlea fuerza sobre aquel hombre, sin embargo, el cosmos del caballero ejercía tal influencia sobre él que le impedía llevar su ataque a su fin… sorprendentemente, ese coloso había conseguido detenerlo en seco. 
 
-Eres fuerte…- susurró Erik aferrando violentamente su presa, ejerciendo cada vez mayor presión sobre el puño derecho de Giganto.
 
Contrariado, Giganto apretó los dientes al sentir que la protección de su puño comenzaba a cuartearse… sino conseguía liberarse, ese hombre acabaría destrozándole la mano. 
 
Así que, dirigiendo ahora toda su potencia a su brazo izquierdo, Giganto descargó con saña su puño sobre el caballero, golpeándolo en el rostro, solo que  muy lejos de conseguir su propósito.  
 
Mientras el torcía el gesto en una mueca de dolor e intensos calambres le  ascendían por  todo el brazo, un pequeño hilo de sangre asomó a la comisura de los labios de Erik.
 
-No está mal,-sentenció el caballero torciendo el gesto palpando con su lengua el interior de sus labios, saboreando el metálico sabor de su sangre- aunque vas a necesitar algo más que fuerza bruta para vencerme.- comentó tranquilo, pasando su mano derecha bajo su mentón, limpiando el sanguinolento hilo que ya le descendía por la barbilla sin dejar de presionar el puño de Giganto a quien tenía postrado ante sus pies entre intensas oleadas de dolor.- Vamos grandullón, ¡arriba!
 
Emitiendo unos fulgurantes destellos dorados, a la vez que liberaba el puño del espectro de su tenaza, el poderoso cosmos de Erik barrió el cuerpo de Giganto que salió rodando por los suelos hasta chocar contra uno de los muros de la casa.
 
Encolerizado, Giganto se levantó fijando sus negras pupilas en el hombre al que lamentaba haber elegido como rival. De una estatura y envergadura fuera de lo normal, aquel gigante que vestía una armadura dorada semejaba más bien un coloso.
 
Giganto tragó saliva, era incluso más alto que él. 
 
-¿A qué estás esperando?- los cabellos de Erik se erizaron dotando al caballero de un aspecto brutal- veo que has enmudecido.- el espectro retrocedió instintivamente pegando su cuerpo al muro cuando a los ojos del caballero asomó aquel salvaje destello animal.
Los músculos de Erik se tensaron. Con precisión felina el caballero comenzó a aproximarse al espectro- acaso,  ¿te comió la lengua el gato? ¡RUGIDO DEL LEÓN!
 
 
Hábilmente Antares recorrió la distancia serpenteando y esquivando las continuas ráfagas violáceas que le enviaba su rival. En un abrir y cerrar de ojos el caballero se encontró frente a la gélida mirada de aquel hombre quien, para su sorpresa, siquiera se inmutó cuando lanzó su certero puño sobre su rostro, desapareciendo ante sus ojos tras dedicarle una escalofriante sonrisa.
 
-¡Qué veloz! aunque no esperaba menos de un santo de oro- un fuerte aleteo acompañó una furiosa descarga violácea que Antares evitó haciéndose rápidamente a un lado- dime, ¿a quién voy a tener el gusto de enviar al reino de los muertos?
 
-Tú también eres muy rápido- Antares sonrió lanzándose sobre el espectro- aunque no tanto como yo. ¿Qué decías? ¿Enviarme al reino de los muertos?- el caballero negó con la cabeza- Siento mucho contradecirte, pero dudo que puedas siquiera llegar a rozarme.- acompañando sus palabras de un fulgurante destello dorado, Antares apareció de nuevo frente a los ojos de Diamar, quien abrió los suyos sorprendido.- Soy Antares de Escorpio- aprovechando que lo tenía justo frente a sus ojos, Diamar intentó golpearle, sin embargo el caballero se deshizo en el interior de un sutil destello dorado, al igual que él hiciera unos segundos antes cuando se lanzó al ataque.-No digas que no te lo advertí… Y, ahora que conoces el nombre de quien te va a enviar de vuelta al infierno lo justo sería que me dijeras el tuyo.
 
-Tan impertinente como veloz.-comentó sonriendo- Diamar de Basilisco- a modo de saludo, el espectro inclinó levemente su cabeza sin apartar de sus labios aquella inquietante sonrisa- permíteme disentir Antares de Escorpio.  Yo,  al contrario que tú, me hallo bajo la protección del poderosísimo señor del inframundo,-mientras hablaban, ambos se estudiaban- y quien sirve al señor Hades, vive eternamente… ¡ALETEO DE ANIQUILACIÓN!
 
 
Mientras tanto, no muy lejos de allí…
 
-¿Qué…?
 
Marzûq tragó saliva.
 
Exhalando el aire de sus pulmones, el chico, consiguió despertar de aquella extraña ensoñación en la que había caído. Sorprendido, descubrió que, aunque se hallaba sobre su caballo, su padre lo sujetaba.
 
-Marzûq, ¿qué te ocurre?- inquirió angustiado.  
 
“¿Qué le suceden a tus ojos hijo mío? ¿Por qué de repente tu mirada ha dejado de ser clara y transparente? ¿Qué es ese manto negro, qué es esa oscuridad que he visto reflejada en ellos? ¿Qué es lo que enturbia tú mirada?”
 
Temblando aún de la impresión, Rafid aflojó el cuello de su camisa. Sudaba a mares. Un extraño e incómodo silencio se instauró entre ambos. Confuso y molesto por la forma en la que le escrutaban los ojos de su padre, al cabo de unos instantes, Marzûq intentó desviar su mirada, pero… una vez más, sus fuerzas lo abandonaron.  
 
Algo le oprimía el pecho… todo estaba envuelto en tinieblas.
 
Y él deseaba quedarse allí pero… debía marchar.
 
¿Y sus padres? ¿Qué sería de ellos sí él marchaba?
 
Sentía una tremenda angustia.
 
… no se encontraba bien...
 
Ella, ella le aguardaba… 
 
-Pandora…- musitó dejando escapar un largo y plañidero suspiro que terminó de alertar a su padre.
 
-Por Alá, estás enfermo…- con el rostro completamente demudado Rafid abrazó a su hijo tomándolo entre sus brazos, subiéndolo a la grupa de su caballo. 
 
-No… Pandora… no es eso.- alcanzó a balbucear dejándose llevar.- Padre…
 
-Descansa, pronto estaremos en casa.
 
Aferrando con su mano derecha las riendas de su caballo, Rafid apretó violentamente los costados de su montura mientras estrechaba el cuerpo de su hijo fuertemente contra su pecho con su brazo izquierdo.
 
Exhausto, Marzûq cerró los ojos... debía marchar, tenía que hacerlo. Su reino era inmenso, su poder inconmensurable, ciento ocho estrellas oscuras se postraban ante él y a su diestra estaba Ella, Pandora.
 
 
EL BASILISCO Y EL ESCORPIÓN
 
 
Aunque lo intentó Giganto no pudo hacer nada por evitar el poderoso rugido del león. 
 
A la velocidad de la luz el coloso avanzó en dirección al espectro a la vez que con sus brazos hendía la atmósfera desplazando las masas de aire dirigiéndolas hacia Giganto, quien, apretando los dientes intentó contener la furiosa embestida del caballero, cuando, un extraño ruido, parecido al rugido de una bestia salvaje, rasgó la atmósfera, tronando sobre su cabeza.
 
A merced de las corrientes que empujaban e inmovilizaban su cuerpo contra el muro de la casa, Giganto contempló atónito las violentas descargas doradas que, desde los hombros de Erik, descendieron por sus brazos para finalmente salir proyectadas de los puños del caballero impactando de lleno contra su cuerpo.
 
Giganto salió entonces despedido por los aires atravesando con su cuerpo el frágil muro de la casa que cedió debido al increíble impacto del ataque mientras el puño de Erik golpeaba sus centros vitales a la velocidad de la luz.
 
 
A la vez que…
 
… una terrible ventisca, una increíble oleada violácea se abatía sobre el cuerpo de Antares.
 
Concentrando su energía, Antares consiguió mantenerse erguido mientras las poderosas ráfagas que le enviaba Basilisco se escindían en dos abriéndose a cada lado de su cuerpo, impactando y resquebrajando el suelo tras chocar contra los fulgurantes destellos dorados con los que el caballero se protegía… mientras su portentosa armadura vibraba debido a la fuerte presión que ejercía el ataque de Basilisco sobre él.
 
Finalmente a la vez que el cuerpo de Giganto se hundía destrozado en el suelo, Antares, realizando un último esfuerzo, conseguía contener el ataque de Diamar…
 
-Debo darte la enhorabuena- bufó Basilisco- has conseguido detener mi ataque.- rápidamente, Diamar extendió sus brazos a la vez que concentraba su energía en torno a su cuerpo, preparándose para una nueva arremetida- sin embargo, no es ni por asomo la más poderosa de mis técnicas.
 
Alzando sus cejas, Antares levantó su brazo derecho situándolo frente a su cara. Entre los resquicios de sus dedos asomaron inyectados en sangre sus ojos mientras este le dedicaba una asesina mirada a Diamar, a la vez que la uña de su dedo índice crecía palpitante y peligrosa destilando el veneno del escorpión.
 
-Diamar, a pesar de que merezcas la muerte, voy a concederte una oportunidad para salvar tu vida.
 
-Que magnánimo.- comentó histriónicamente, burlándose.
 
A la vez que hablaba, la alargada y afilada uña de su dedo fue adquiriendo un letal tono rojizo. Una inquietante sonrisa asomó a los labios de Antares. Cuando Diamar reparó en ella, tragó saliva.
 
 
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-Si bien podría acabar contigo de un solo golpe no emplearé contra ti el más letal y poderoso de mis venenos- una fuerte descarga sacudió la mano de Antares, el tono rojizo de su uña cambió violentamente adquiriendo un aspecto cárdeno y enfermizo a la vez que, a través de sus venas fluía hacia la uña de su dedo índice el veneno más poderoso y letal del escorpión- en cambio,- al igual que bajaba el tono de su voz, el color de su uña se fue suavizando hasta adquirir de nuevo un tinte rojizo-a través de tus sufrimientos te brindaré la oportunidad de que recapacites y te redimas.  
 
En esos precisos instantes, Erik volvió su rostro en dirección a su compañero. Durante unos segundos contempló a Antares y al espectro que tenía ante él…
 
-Ve Erik, no tardaré mucho.- comentó Antares sabiéndose observado por su compañero- Acaba con el otro, pronto me reuniré contigo. 
 
Un ligero temblor sacudió el ojo derecho de Diamar. Preocupado  Basilisco contempló al caballero de Leo mientras este se adentraba en el interior de la casa e iba en busca de Vermis. Sus acerados ojos destellaron a la vez que, en un intento desesperado por detenerlo, enviaba parte de su densa energía en dirección a Erik en la forma de unas oscuras ondas que  fueron rápidamente contrarrestadas por el caballero quien, sin inmutarse, siguió adelante.
 
Giganto había mordido el polvo demasiado rápido pensó tragando saliva sin apartar la mirada de la espalda de Erik… ¿Y sí se había equivocado?, tal vez no debería haber atraído hacia allí a los santos de Atenea. Mientras tanto Antares, lo observaba divertido. 
 
-No sufras Diamar…-comentó Antares atrayendo de nuevo sobre sí la atención de Basilisco quien de nuevo fijó sus ojos en él. A las doradas emanaciones de su energía cósmica, se habían añadido unos fulgurantes y amenazadores destellos rojizos que vibraban en torno a los puños del caballero cuyos brazos había situado frente a su cuerpo al igual que las poderosas pinzas de un escorpión dispuesto para atacar.-no me gusta hacer esperar a mis compañeros así que acabaré rápidamente contigo. ¡ATACA ESCORPIÓN!
 
 
DESPRECIABLE GUSANO
 
 
Sólo quedaba ella, la madre de quien muy pronto se convertiría en su señor. En el fondo, debía reconocerlo, era un nostálgico… deferentemente, la había dejado para el final.
 
-Corre, sí corre…- Vermis estalló en una histérica carcajada.
 
 Aterrorizada, la pobre mujer chillaba sacudiendo y encogiendo instintivamente su cuerpo cada vez que sus tentáculos impactaban en el suelo, cortándole la retirada obligándola a dirigirse hacia donde él había decidido ya, acabaría con su vida. 
 
Por ser quien era, deseaba darle una muerte diferente a la de los demás.
 
La mujer aulló de dolor cuando, enredando uno de sus tentáculos en sus tobillos, tiró con violencia de sus piernas haciéndola caer de bruces al suelo. Con su macabro jueguecito, bloqueándola y obligándola a marchar por donde él quería, Vermis  la había conducido a través de las cuadras y el patio trasero para, finalmente postrarla ante él…  en medio del camino que conducía a su casa mientras el viento silbaba ululando entre las nervosas ramas de los árboles que enfilaban el sendero y cobijaban con sus altas copas el camino.
 
Lentamente, fue tirando de sus piernas, atrayéndola hacía él mientras la mujer hundía desesperadamente sus uñas y dedos en la tierra, abriendo  profundos y dolorosos surcos en su superficie, cuando, de repente…
 
…un rugido así como unas violentas descargas doradas lo sorprendieron. Rápidamente, Vermis saltó en el aire mientras el suelo estallaba bajo sus pies,  liberando las piernas de la mujer a la vez que, con sus tentáculos, intentaba evitar que aquellas poderosas descargas impactaran contra su cuerpo golpeándole algún centro vital. Furioso lanzó entonces una maldición al aire cuando varios de sus tentáculos cayeron cercenados al suelo.
 
-¿Quién demonios eres?- Aulló preso de la rabia, buscando con su mirada a su rival a la vez que la mujer conseguía ponerse en pie y  malherida  salía corriendo.
 
-No eres más que un sucio perro y un maldito cobarde.- inmediatamente, Vermis volvió el rostro en la dirección de dónde provenía la voz.- ¡me das asco!,-masculló encolerizado Erik materializándose ante los ojos de Vermis  después que un fulgurante destello dorado impactara violentamente contra la corteza de uno de los árboles partiéndolo en dos.- no mereces conocer el nombre de quien te va enviar devuelta al infierno.
 
Lanzando sus tentáculos al aire Vermis estalló entonces en una estentórea carcajada.
 
-Vas a lamentar mucho tus palabras...- fijando sus sádicos ojos sobre el caballero, Vermis sonrió a la vez que sus tentáculos cercenados palpitaban e inmediatamente se regeneraban.- yo no soy tan débil como Giganto- lentamente, Vermis comenzó a extender sus brazos a la vez que de su cuerpo manaba su energía en la forma de unos oscuros e inquietantes efluvios.- Me trae sin cuidado cuán poderoso seas, así como tu tamaño o tu fuerza. No hay rival para el gusano, pronto mis tentáculos hollarán tu cuerpo.
Para mí no eres más que una simple envoltura de carne y huesos. 
 
-En cambio para mí, sólo eres un montón de escoria… 
 
 
 
A una increíble velocidad, Antares primero cruzó sus brazos y después los extendió frente a su cuerpo convocando una intensa oleada de agujas rojizas que salieron proyectadas hacia Diamar a la velocidad de la luz.
 
Rápidamente Basilisco saltó en el aire. Sin perder su sonrisa, se desplazó de un lado a otro a una velocidad vertiginosa, avanzando, evitando las punzantes agujas mientras estas penetraban en el suelo levantando una fina y asfixiante capa de polvo. 
 
-¡Menudo fanfarrón! no eres más que un simple charlatán…- gritó sin dejar de avanzar hacia Antares, esquivando sus agujas, regodeándose, cuando,  de repente…
 
…una espantosa y dolorosísima sacudida recorrió todo su cuerpo, paralizándolo al instante. Sorprendido Diamar abrió la boca clamando a la vez que ahogando un angustioso grito que dirigió al cielo a la par que Antares alzaba sus cejas fulminándolo con su mirada.
 
-¿Y bien?- preguntó Antares- ¿Qué me decías?
 
 Jadeando, sin poder dar crédito a lo que le sucedía, Diamar bajó su mirada y con sus ojos desencajados y el rostro transido de dolor, contempló aquel pequeño orificio en su armadura que le atravesaba el costado de lado a lado.
 
Atónito, pasó las yemas de sus dedos por aquel insignificante y sin embargo, profundo y dolorosísimo agujero, mientras que, pulsante e hiriente,  sentía cómo el veneno del escorpión se iba abriendo paso a través de su torrente sanguíneo, expandiéndose por todo su cuerpo, abrasando sus órganos, lacerándolo desde su interior.
 
-Qué signi…no es más que un simple pinchazo, ¿por qué…?- mordiendo sus labios, Diamar contuvo una nueva oleada del insufrible dolor que, ardiente,  mellaba pulsante en cada una de sus terminaciones nerviosas adormeciéndolas. 
 
-Esto es sólo el principio Diamar- Antares sonrió mostrando sus incisivos- siquiera es el más poderoso y doloroso de mis venenos…- enojado, Basilisco alzó su cabeza hundiendo sus ojos en Antares quien, impasible lo observaba a la vez que fulgurantes destellos rojizos volvían a rodear sus brazos. Lentamente, Antares levantó de nuevo su mano derecha apuntando con su dedo en dirección a Diamar.- De haberlo querido, ahora estarías muerto… - un inquietante destello rojizo iluminó la alargada uña de su dedo índice.- sin embargo, como antes te dije voy a concederte la oportunidad de redimirte y salvar la vida. La verdad es que siento una gran curiosidad,- apretando los dientes, la violácea energía de Basilisco estalló rodeando su cuerpo, Antares sonrió complacido…- me pregunto cuánto serás capaz de soportar antes de suplicarme clemencia…
 
-¡Desgraciado!- Diamar escupió sus palabras- ¡jamás! ¿Me oíste? Jamás suplicaré clemencia  por qué…- con las piernas firmemente ancladas al suelo y sus alas extendidas, Diamar realizó unos rápidos movimientos con sus manos frente a su cuerpo a la vez que un alarmante destello acerado surcaba su mirada.- no voy a consentir que vuelvas a sorprenderme, ¡ahora mismo te enviaré al infierno! ¡ALIENTO DEL BASILISCO!
 
-¡VENENO ARDIENTE DEL ESCORPIÓN!
 
 
EL DESTINO MUESTRA SUS CARTAS
 
 
Sus rodillas se hundían sin piedad a ambos costados del animal. Aullando, Rafid azuzaba a su caballo mientras aferraba cada vez con mayor fuerza el flácido cuerpo de Marzûq contra su pecho quien, tras sufrir unas fuertes sacudidas en las que delirando de nuevo llamó a esa desconocida, quedó sumido en un pesado y letárgico sueño y hubiera caído de su montura de no haber sido por qué su padre lo rodeaba con su brazo.
 
Y, entonces, sucedió… cuando comenzaban a enfilar el camino que serpenteando entre los árboles conducía a su casa, “el destino”, jugó sus cartas.
 
Lo último que sus ojos contemplaron, fue el pálido y demacrado rostro de su hijo.
 
 
Dolorida, destrozada, corrió por su vida internándose en la espesa arboleda, huyendo de aquel ser horrible, de aquel monstruo lleno de tentáculos que había masacrado a su familia y sirvientes. 
 
Jadeando, con los ojos anegados de lágrimas, corría asustada presa del pánico, dirigiendo de vez en cuando su aterrorizada mirada hacia atrás por temor a que él volviera a aparecer cuando…
 
…el violento relincho de un caballo la sobresaltó…
 
…volvió su mirada y… asustado, el caballo alzó sus patas delanteras, golpeándola en la cabeza, arrollándola… 
 
Sorprendido, Rafid abrió sus ojos desencajados. Violentamente el caballo se levantó sobre sus cuartos traseros. 
 
Completamente paralizado, Rafid soltó las riendas a la vez que el animal encabritado arrollaba el cuerpo de su mujer, y él y Marzûq caían de espaldas al suelo… instintivamente, Rafid se hizo un ovillo sobre el cuerpo de su hijo.
 
No pudo hacer nada por evitarlo, salvo proteger la vida de Marzûq. Apenas fue un instante pero, algo en su interior le gritó que debía mirar el rostro de su hijo y apartó la mirada del camino para contemplarlo. 
 
 
Por fortuna, aquellos que sirven al señor Hades… viven eternamente…
 
Un violento espasmo sacudió todo su cuerpo en el preciso momento en el que sus pulmones se agitaron convulsionándose a la vez que el aire penetraba de nuevo en ellos inundándolos.
 
Rápidas y lacerantes, unas poderosas descargas reanimaron sus centros nerviosos. El intenso dolor seguía ahí, pulsando, mortificando su desvencijado cuerpo, hiriente sensación y sin embargo, gratificante.
 
 Giganto sonrió a medida que a sus miembros les volvía la sensibilidad. Por muy espantosos e insufribles que fueran sus padecimientos, había vuelto a la vida gracias a su señor, así que cerró los ojos acostumbrándose a ese dolor cuyo significado trascendía más allá de lo físico. Por muy espantosos e insufribles que fueran en esos momentos sus padecimientos… ¿qué eran unos instantes de dolor comparados a la vida eterna?
 
Lentamente Giganto se fue incorporando. Unos fulgurantes destellos dorados y violáceos colisionaron ante sus ojos levantando el polvo así como resquebrajando los fragmentos de rocas y el suelo, a su espalda dos energías más estallaron mientras que, furtiva e insidiosa, una oscura presencia, arribaba  al lugar…
 
 
EL SECRETO DE LOS EJÉRCITOS DE HADES
 
 
Antares abrió sus ojos sorprendidos, debía admitir que aquel espectro le estaba poniendo las cosas difíciles. 
 
Tras producirse el violento choque de sus respectivas energías, Diamar y Antares salieron despedidos en direcciones opuestas. Jadeando, el caballero llevó su mano izquierda a su brazo derecho que pendía completamente rígido e insensible a su costado.
Aprovechando que, preso de los fuertes calambres que recorrían todo su cuerpo Diamar pugnaba infructuosamente por levantarse, Antares observó el extraño aspecto que estaba adquiriendo su piel, la cual, en algunos puntos de su antebrazo y bíceps, se había teñido de un inquietante tono grisáceo, casi pétreo.
 
Mientras tanto, apretando los dientes, ahogando entre gemidos los angustiosos gritos que no estaba dispuesto a proferir frente a su rival, Diamar, intentaba levantarse resbalando una y otra vez sobre sus ahora frágiles y ardientes piernas mientras mordía sus labios haciéndolos sangrar, cuando, de repente, de aquellos centros de su cuerpo que Antares había conseguido perforar con su ataque, estallaba su carne y manaba su sangre a chorros.
 
-¿Qué me contestas, Diamar? ¿Aún te quedan ganas de luchar? Por qué, si ese es el caso, ¡levántate!- le gritó Antares- Levántate para que pueda acabar contigo de una vez por todas…
 
Era espantoso, horrible, se estaba consumiendo, tenía la sensación de  que su sangre hervía en sus venas y este no era, según palabras de Antares, el más doloroso y poderoso de sus venenos…  muy pronto todo él estallaría en llamas…
 
-¡Mal…! Maldito seas…-aferrándose al tronco de uno de los árboles frutales Diamar finalmente consiguió levantarse. Haciendo un gran esfuerzo, el espectro alzó la mirada aunque tardó algunos instantes en conseguir enfocar la turbia e inquieta silueta del caballero, quien en realidad lo contemplaba estático, y entonces descubrió que Antares se sujetaba el brazo. Sin poder contenerse, Diamar, estalló en una sonora carcajada.
 
-¿Qué te sucede? ¿Ya enloqueciste?- inquirió Antares ante el histérico ataque de risa del que era presa Diamar.
 
-Te…- sin poder contenerse- he…- la risa no le dejaba hablar. Molesto los ojos de Antares destellaron impacientes.-… alcanzado.- musitó acallando un doloroso gemido.
 
-Así es y debo admitir que me has sorprendido. Jamás imaginé que serías capaz de llegar siquiera a rozarme, sin embargo, eso no me impedirá poner fin a tu vida aquí y ahora mismo.
 
-No has entendido nada Antares.- Jadeando, Diamar poco a poco fue recuperando la compostura- Pronto descubrirás que no puedes acabar conmigo. ¡Ahórrate todas tus baladronadas!, ¿y qué si me matas? ¡Yo me levantaré!… y volveré al ataque, una y mil veces, las que haga falta, en cambio tú… esa herida que has recibido Antares- Diamar estalló de nuevo en una estentórea carcajada- ¡acabo de inutilizar tu brazo derecho!-adujo- sí, eres muy rápido, mucho más de lo que me había imaginado… pero, si te he alcanzado una vez, puedo hacerlo de nuevo y créeme, la próxima vez que te alcance perderás algo más que un brazo.
 
-Sin duda alguna has enloquecido, jactancioso y bravucón.- desafiándolo con su mirada Antares levantó su brazo izquierdo, Diamar siguió sus movimientos con su turbia mirada- ¿Quieres que me ahorre mis “baladronadas”?,- sus ojos destellaron rojizos a la vez que sus labios se alargaban en una escalofriante sonrisa- en ese caso Diamar, sólo me resta darte el golpe de gracia- mientras hablaba, la uña del dedo índice de su mano izquierda creció cárdena, peligrosa  y palpitante.- Este Diamar, no sólo es el veneno más potente y letal que puedo inocular, sino también aquel que provoca los mayores sufrimientos a mis enemigos.- violentamente, el aura dorada de Antares estalló inflamada en sangre. Basilisco retrocedió instintivamente tragando saliva.- ¿Acaso creíste que por inutilizar mi brazo derecho destruiste mi técnica?- Antares negó con su cabeza- Pues estabas muy equivocado… Diamar, ahora mismo te haré conocer otra dimensión del dolor.
 
 
Lo había intentado de todas las formas aunque sin éxito. Sorprendido, Vermis retrocedió algunos pasos… aquel coloso era un hombre fuera de lo normal. Durante unos instantes Vermis creyó dominar la situación. Ahora entendía, aquello sólo había sido una estratagema del caballero.
 
 Violentamente lanzó su ligadura del gusano sobre Erik atrapándolo, deleitándose nada más contemplar la mueca de asombro que asomó al rostro del caballero. Despiadadamente, comenzó su particular tortura… apretó y apretó su letal ligadura en torno al gigantesco torso del caballero, más este resistió impasible contrarrestando la increíble presión de sus tentáculos con la prodigiosa fuerza que sus músculos eran capaces de ejercer.
 
Hasta que, sonriéndole, aquel gigante hizo estallar violentamente su energía cósmica pulverizando sus poderosos apéndices… cambiando al instante  las tornas del juego.
 
Entonces Vermis se hundió en la tierra. 
 
Rodeado de su oscura energía, profundizó abriéndose paso a través de los distintos sustratos buscando el modo de sorprender al caballero cuando,  lo sintió… e instintivamente, Vermis tragó saliva.
 
Encolerizado, él, su señor Radamanthys, arribaba al lugar…así que debía darse prisa, debía acabar con aquel estorbo antes de que su señor llegara y descubriera que aún no se habían hecho con el chico. 
 
-¡Maldito gusano!- gritó Erik a la vez que dejaba fluir su energía agudizando sus sentidos.
 
“Ahora… ya eres mío.” 
 
A escasos pasos de donde el caballero se hallaba de pie, sus tentáculos salieron proyectados a la superficie… sin embargo, Erik los apresó con su mano.
 
 Tirando violentamente de ellos, el caballero no sólo lo hizo salir a la superficie sino que además lo lanzó contra el tronco de un robusto árbol que se quebró al recibir el terrible impacto de su cuerpo, destrozándole y magullándole la espalda.
 
-Maldito montón de basura,- aullando de dolor, Vermis consiguió hacerse a un lado a la vez que el puño de Erik se hundía reduciendo a astillas el tronco del árbol quebrado.- voy a hacerte pagar muy caro cada una de las vidas que hoy has segado- con un rápido movimiento de su mano izquierda, Erik contuvo el ataque de uno de los tentáculos de Vermis.
 
-Voy a disfrutar mucho destrozándote…- masculló el espectro entre dientes- hasta el momento has tenido mucha suerte… 
 
-Si piensas que me voy a dejar sorprender de nuevo por un gusano como tú estás muy equivocado- cerrando su puño derecho, Erik concentró rápidamente parte de su energía en torno a su puño- ¡POR LAS GARRAS DEL LEÓN!- gritó, abriendo violentamente su mano, lanzando un poderoso zarpazo en dirección a Vermis, cercenando los tentáculos del espectro que atónito contempló cómo el caballero destruía una vez más su técnica a la vez que cinco profundos tajos desgarraban su armadura…- Voy a acabar contigo, maldito gusano… ¡POR LAS GARRAS DEL LEÓN!- gritó Erik,  cuando, de repente…
 
-¡ATAQUE DEL CICLOPE!
 
Sorprendido, rápidamente Erik se hizo a un lado. Rodando por los suelos consiguió evitar que una inmensa bola de energía lo arrollara mientras los árboles saltaban por los aires pulverizados y un profundo surco hería la tierra delatando el curso por el que había discurrido el letal ataque.
 
-¿Tu? ¿Cómo es posible?- inquirió Erik confuso y perplejo a la vez que Vermis, aliviado por la aparición de su compañero, estallaba de nuevo en una histérica carcajada.
 
-Pobre leoncito. Esto sí que no te lo esperabas…
 
-¿Qué demonios significa esto?- inquirió el caballero.- estabas muerto.
 
-Nosotros, siervos y leales súbditos del señor Hades no tememos a la muerte pues aquel que sirve al poderoso señor del inframundo vive eternamente. Así que, prepárate santo de Atenea pues, hagas lo que hagas, jamás podrás acabar con ninguno de nosotros.- fijando sus negras pupilas sobre la figura del caballero, Giganto dejó fluir su oscura y rojiza energía a la par que alzaba sus brazos sobre su cabeza- No importa cuántas veces consigas derrotarnos… al final tú serás el único vencido. ¡ATAQUE DEL CICLOPLE!
-¡LIGADURA DEL GUSANO!
 
Sorprendido aún, Erik retrocedió a la vez que ambos espectros se lanzaban sobre él…
 
 
 
Una fuerte y lacerante punzada atravesó su torso. Durante unos instantes, todo su ser se estremeció al borde del colapso.
Agonizando, completamente destrozado, Diamar parpadeó intentando enfocar la borrosa imagen del caballero cuya cálido aliento sentía sobre él. Dolorosamente, Diamar consiguió levantar la cabeza.
 
Frente a sus vidriosos y casi ausentes ojos se fueron dibujando los contornos y posteriormente los rasgos del rostro de Antares. Tragó saliva y su mirada se diluyó en los fieros y sanguinarios ojos del caballero cuyo dedo índice se hallaba hundido bajo su esternón.
 
-Primero- la cabeza de Diamar cayó pesadamente sobre el hombro de Antares cuya voz, al instante, reverberó en su interior.- mi veneno actuará rápidamente haciéndose con el control total y absoluto de tu cuerpo, despertando tus centros nerviosos, adormecidos por el efecto de mis anteriores ataques,  agudizando tus sentidos al extremo de que incluso la ligera y suave caricia de la gentil brisa sobre tu piel semejará el violento estallido de un látigo restallando sobre tu carne.
 
-Mal…- y, así era, pues incluso el aliento de Antares lo hería y laceraba.
 
-Shhh- susurró Antares a la vez que retiraba el dedo que había hundido en el torso del espectro y, haciéndose a un lado permitía que el cuerpo de Diamar cayera de bruces al suelo.- esa espantosa presión que sientes en tu cabeza es debido a que mi veneno ha conseguido restañar tus fluidos corporales, paralizando tu flujo sanguíneo, estancando y emponzoñando tú sangre… de todos mis venenos, este es el más letal, pues es el único cuyos efectos no puedo ni detener, ni controlar. Pese a todo, has sido un excelente rival,-instintivamente, Antares sujetó su brazo derecho… frío e insensible- sólo espero que descanses en paz- realizando un leve gesto con su cabeza, el caballero se despidió del espectro- Diamar de Basilisco. 
 
Lentamente, Antares sacudió su cabeza. La energía de Erik estalló no muy lejos de allí y hasta sus oídos llegó el ruido provocado por el intenso fragor de la batalla… iba a lanzarse en dirección a dónde este provenía cuando algo llamó la atención del caballero… ¿dónde estaba el cuerpo del otro espectro?
 
 
 Mientras que… no muy lejos de allí…
 
-Padre… padre…-susurró Marzûq, a quien ya no le quedaban fuerzas, si quiera para gritar.
 
Aturdido y confundido, Marzûq comenzó a levantarse. Haciendo un gran esfuerzo consiguió ponerse en pie, sin embargo, nada más enderezar su columna, un fuerte calambre sacudió su espalda y el chico cayó de bruces al suelo. 
 
Asustado, paralizado por los fuertes e intensos calambres, Marzûq desistió de realizar un nuevo intento aguantando el intenso dolor que le recorría todo el cuerpo, apretando sus dientes a la vez que sus ojos se anegaban de lágrimas.
 
 
UNA LUCHA DESIGUAL
 
 
  A la velocidad de la luz, Erik arrolló con la increíble potencia de su energía cósmica los cuerpos de ambos espectros que salieron despedidos por los aires completamente destrozados.
 
Jadeando, el caballero aguardó unos instantes junto a los cadáveres de ambos espectros, recuperándose, a la vez que se preguntaba así mismo ¿dónde se hallaría el chico? 
 
Cuando penetró en el interior de la casa y siguió el macabro reguero de sangre y destrucción que aquel maldito gusano había sembrado en la casa, no halló rastro alguno del pequeño.
 
Tampoco había sentido presencia alguna más que las de los tres espectros contra los que Antares y él habían combatido. ¿Pudiera ser que el chico hubiera escapado al ser testigo de la masacre de su familia? Cabía esa posibilidad sin embargo Erik negó con su cabeza.
 
 Entonces, ¿dónde estaba? Meditabundo el caballero comenzó a dar media vuelta cuando, de nuevo,  los tentáculos de Vermis se enredaron en sus piernas y Giganto comenzaba a levantarse…
 
-¿Es que aún no habéis tenido suficiente?-preguntó el caballero enojado- ¿Cuántas veces más queréis experimentar la muerte?-liberando su energía Erik rompió la ligadura con la que Vermis lo aferraba.
 
-Ya te le hemos advertido- varios fragmentos de su resquebrajada armadura se precipitaron al suelo a la vez que con el reverso de su mano Giganto limpiaba los restos de sangre que, desde su frente, goteaban sobre sus ojos enturbiándole y tintando de rojo su visión. Sonriendo, el descomunal espectro movió su cabeza haciendo crujir sus vertebras- no existe forma humana de que puedas acabar con nosotros. Hagas lo que hagas, nosotros nos levantaremos todas las veces que hagan falta hasta acabar contigo. ¡GRAN PUÑETAZO!
 
Rodeado por los destellos dorados de su energía cósmica, Erik se hizo a un lado esquivando el ataque de Giganto. Hastiado y enojado, de nuevo concentró en torno a sus puños las poderosas descargas de su rugido del león, iba a lanzarlas sobre ellos cuando unos violentos rayos rojizos atravesaron los cuerpos de ambos espectros que, paralizados, sorprendidos y transidos de dolor, cayeron de bruces al suelo.
 
-¡Aparta Antares…!- chilló Erik en dirección al caballero del escorpión, lanzándose de inmediato sobre la violácea sombra que se abatía sobre su compañero.
 
 Sorprendido, Antares giró sobre sí mismo a la vez que el puño de Erik golpeaba en el aire la figura de Basilisco y ambos se precipitaban al suelo enzarzados a puñetazos entre los violentos destellos de sus respectivas energías.
 
-¿Qué demonios significa esto?- inquirió Antares esquivando a su vez los puños de Giganto y los tentáculos de Vermis aprovechando su superior rapidez para asestarles varios de sus aguijonazos.- Debería estar muerto, ¿cómo es que se ha levantado?
 
-¡Maldita sea!- conteniendo el puño de Diamar, Erik consiguió asestarle un puñetazo al espectro lanzándolo posteriormente por los aires al hacer estallar su energía cósmica.- Al parecer Antares no podemos acabar con ellos pues el poder del señor del inframundo los protege, devolviéndoles una y otra vez a la vida.
 
-Ahora entiendo sus bravuconadas…- los ojos de Antares destellaron inyectados en sangre- en ese caso, no tiene sentido andarse por las ramas- a la velocidad de la luz, Antares hundió su dedo en el torso de Vermis y posteriormente en el de Giganto. Su uña palpitaba cárdena y enfermiza- no voy a perder el tiempo aguijoneándolos, les inocularé directamente el más letal de mis venenos.
 
-Déjamelos Antares- el puño de Diamar pasó rozando su mejilla derecha abriendo un profundo tajo en ella. Un violento destello animal surcó la mirada de Erik… al menos este espectro sabía lo que se hacía…- debes encontrar cuanto antes al chico.
 
-Pero…
 
-Esto es absurdo Antares, no podemos permanecer aquí eternamente luchando- cinco poderosos haces dorados surcaron el aire ahondando en el suelo, impactando contra las piernas y torso de Basilisco, lacerando su carne. Diamar cayó de espaldas al suelo aunque inmediatamente se levantó rodeado de toda la potencia de su densa y oscura energía violácea- encuentra al chico Antares, juro por mi honor de caballero que no permitiré que ninguno de ellos salga a tu encuentro… ¡busca al chico!
 
-Está bien, marcharé en busca del chico- musitó casi para sí Antares dejando escapar el aire de sus pulmones, arremetiendo posteriormente sobre los cuerpos de Giganto y Vermis que ya comenzaban a levantarse, hundiendo el temible aguijón del escorpión en sus carnes… incapacitándoles al menos por unos instantes- se prudente Erik, no permitas que Diamar te alcance con su aliento del basilisco…- comentó internándose en el bosque, lanzándose a la búsqueda del chico. 
 
-¡Levantaaaooos imbéciles!- aulló Basilisco a la vez que retrocedía varios pasos intentando contener el furioso ataque del caballero del león aunque sin éxito.
 
Rodeado por las fulgurantes descargas doradas del cosmos del caballero, Diamar salió despedido contra los gruesos y robustos troncos de los árboles, cayendo “al parecer” muerto, sobre estos.
 
Jadeando, acusando ya la fatiga de tantos y tan intensos combates,  Erik avanzó bloqueando el camino por el que Antares había marchado… Vermis y Giganto ya se hallaban de pie recuperados, sus ojos se posaron en ambos… 
 
“Encuéntralo Antares, encuéntralo y acaba con esta locura…”, pensó a la vez que de nuevo hacía estallar su energía cósmica y se lanzaba sobre los espectros.
 
…y no tuvo que andar mucho…
 
No muy lejos de donde Erik continuaba con su combate, Antares descubrió los cuerpos de un hombre y una mujer.
 
Entristecido, el caballero sacudió su cabeza. Muchos inocentes habían perdido su vida en el trágico transcurso de apenas unas cuantas horas durante esa fatídica mañana… y, al parecer, aún quedaban vidas por segar.
 
Cabizbajo, Antares avanzó hasta que se encontró a la altura del cuerpo de Rafid. 
 
”El cometido de un santo de Atenea es el de proteger a su diosa y a los inocentes.” Se dijo así mismo en un vano intento de apartar de su cabeza el hecho de que se hallaba allí con la misión de encontrar y dar muerte a un niño... por qué, aunque en un futuro aquel crío estuviera destinado a convertirse en el señor del inframundo a día de hoy, no dejaba de ser un niño inocente, cuando…
 
…hasta sus oídos llegó el ahogado y plañidero lamento de aquel hombre que yacía a sus pies mortalmente herido. Antares desvió entonces su mirada y sus ojos se encontraron.
 
Bajo la indecisa luz que se filtraba a través del tupido manto que conformaban las altas copas de los árboles, Antares se arrodilló junto al destrozado cuerpo de aquel desconocido que sufría atrozmente.
 
 
Al cabo de unos interminables minutos en los que creyó que moriría, una amarga sonrisa iluminó su rostro.
 
Poco a poco, el dolor se fue mitigando a la vez que, nuevos calambres, recorrían sus miembros y aquella sensación de pesadez los abandonaba. Gimiendo, Marzûq decidió realizar un nuevo intento.
 
Lentamente, aferrándose a los robustos tallos de los arbustos a los que había ido a parar cuando salió despedido rodando por los suelos de los brazos de su padre, Marzûq fue avanzando, arrastrándose penosamente hasta que, finalmente consiguió asomar su cabeza por entre la vegetación y, sorprendido,  descubrió a un hombre misterioso que vestía una armadura dorada arrodillado junto al cuerpo de su  padre.
 
-Shhhh- susurró Antares intentando calmar a aquel hombre que sufría y para el que ya no quedaba esperanza alguna. 
 
-Mar… Mar…- dejando escarpar un largo y profundo quejido, los desencajados ojos de Rafid se hundieron en los serenos ojos del caballero.
 
Mirando a los ojos del moribundo, Antares deseó poder hacer algo más por él. Pese a haber crecido contemplando el rostro de la muerte casi a diario, la misericordia de aquel acto que dispensaba para evitar la agonía en los últimos instantes a los desdichados, aún le sabía amarga y no encontraba consuelo pensando que los ayudaba.
 
-Tranquilícese…- aunque hacía un rato que había comenzado a sentir un ligero hormigueo en su brazo derecho, Antares aún no había recuperado del todo su sensibilidad por lo que…
 
 
“¿Quién es? ¿Qué hace?” se preguntó Marzûq…
 
Las lágrimas resbalan por sus mejillas, su barbilla temblaba… ¿quién era ese hombre que se hallaba junto a su padre? ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué apuntaba al pecho de su padre con esa…? Esa amenazante uña… esa uña larga  y rojiza.
 
 
-Sé que está sufriendo… ¡no, no intente moverse!- Antares negó con su cabeza, sopesando una vez más la situación.
 
Tenía la columna rota… había sobrevivido al brutal golpe, pero… Antares dejó escapar el aire de sus pulmones. Moriría, moriría irremediablemente de un momento a otro, ¿liberarlo de su agonía o dejarlo así aguardando la muerte? Pensándolo fríamente, todo se reducía a una simple cuestión de tiempo…
 
“Misericordia”, pensó y la palabra pesó sobre su corazón,  “no puedo permitir que siga sufriendo.” 
 
-Tranquilo, no sufrirá mucho más- musitó ahogando su mirada en el interior de aquellos vidriosos ojos desfigurados por el dolor mientras el agónico sonido de la respiración de Rafid se alzaba angustioso sobre la aquietada y moribunda  atmósfera que los rodeaba.- Lo siento. No puedo salvarle la vida… lo único que puedo hacer por usted es aliviar sus sufrimientos.
 
 
Desbocado. Su corazón latía desbocado…
 
 Un desagradable, así como desconocido sabor metálico ascendió desde la boca de su estómago a sus labios, colmando al instante su ser en su rápido ascenso de toda una serie de sentimientos y emociones encontradas.
 
Miedo… lo primero que sintió fue miedo…
 
Miedo atroz al contemplar aquella inquietante uña rojiza que pendía peligrosamente sobre el cuerpo de su padre y que amenazaba con hundirse en su torso, en atravesar su pecho de un momento a otro.
 
Temblando de pies a cabeza, Marzûq contempló aterrorizado el brazo del caballero, cuando…
 
 
…realizando un rápido movimiento, Antares hundió su dedo índice en el torso de Rafid. Aunque desencajados a causa de los terribles sufrimientos, sus ojos parpadearon sorprendidos e inmediatamente, su rostro se relajó.  
 
-Ya pasó, señor… ahora, dejará de sufrir.
 
Antares suspiró apenado retirando su uña del pecho de aquel desconocido. Es por ello que el mismo Patriarca les había enviado a ellos en aquella misión; por qué, a pesar de ser terriblemente dura, sabía que los corazones tanto de Erik como el suyo, eran capaces de soportar la culpa por evitar el sufrimiento a los inocentes… no habría podido salvarlo, aunque sí pudo aliviar su dolor otorgándole un final más digno e indoloro. 
 
 
Edited by plata
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EL DOLOR DE MARZÛQ
 
 
“No…” se dijo así mismo sin apartar los ojos del caballero y su padre, “… aquello no había pasado… aquello no había ocurrido.
Debía estar soñando.”
 
Marzûq sacudió su cabeza intentando apartar de su mente la escena que acababa de contemplar. 
 
“No, no es real, no puede ser, estoy soñando”,  se repetía una y otra vez.  Sin embargo, había sido muy real, aquello había ocurrido y él lo había visto con sus propios ojos… él había sido testigo de cómo ese hombre asesinaba a su padre.
 
Sin poder contener una vez más sus lágrimas, Marzûq sintió ahora como el dolor, la rabia y la ira crecían, laceraban, mellaban sus entrañas abriéndose paso, desgarrando con su crudeza sus sentidos, tomando el control total y absoluto de su ser. Nuevas incógnitas acudieron a su mente…
 
¿Qué había hecho…? ¿Por qué? ¿Por qué aquel extraño había matado a su padre? 
 
Y… algo en su interior estalló salvajemente a la vez que… aquel inconmensurable dolor que lo traspasaba quedaba marcado a fuego en su frágil y pequeño ser mientras el oscuro e inconmensurable poder del señor del inframundo acudía en su auxilio.
 
 
-¿Qué es esto…?
 
Aún arrodillado junto al cuerpo de aquel desconocido, Antares alzó su cabeza tragando saliva. 
 
Unas violentísimas descargas, una energía inconcebible, arribaba a…
 
…sorprendido, él caballero se levantó encarando a aquel pequeño que, como de la nada, surgió ante sus ojos.
 
 
Poseído al instante por una fuerza y poder divinos, Marzûq se levantó fijando su vidriosa y ausente mirada sobre Antares, taladrando su persona… juzgando al caballero.
 
 “¿Quién es este niño? ¿Qué signi…? Qué poder tan… Es él, es Hades…Sólo es un niño… pero, ¿qué es lo que siento? ¿Odio? No, hay algo más… ¿Por qué hay tanta ira, por qué tanto dolor?” pensó tragando saliva, sintiendo los latidos de su corazón martilleándole en su interior mientras aquel pequeño lo observaba fijamente, rodeado de aquella prodigiosa energía cuyas densas emanaciones no dejaban de crecer alimentadas por el dolor, la rabia y la ira de ese pequeño corazón.
 
 
 
“¿Por qué no están ya de camino a Palacio con el chico?” 
 
Radamanthys frunció el entrecejo enojado… ¿Cómo era posible que les llevara tanto tiempo acabar con dos santos de Atenea y  los padres del niño?, se preguntó cuándo, no muy lejos de donde él se hallaba sintió estallar una prodigiosa energía.
 
-No es posible…  
 
Sorprendido, Radamanthys alzó su mirada contemplando las fulgurantes estelas rojizas que surcaban el cielo y que provenían del lugar donde había sentido estallar aquel inmenso e inconmensurable cosmos. Comprendiendo al instante a quien pertenecía esa energía el juez, tragó saliva.
 
 ¿Qué hacía allí su señor?, se preguntó atónito. 
 
Había enviado a Basilisco, Vermis y Giganto a por el chico. Uno de ellos bastaba para eliminar a los padres del crío. Los otros sólo tenían que encargarse de dos caballeros o, en su defecto, evitar que esos malditos santos de Atenea se acercaran demasiado al pequeño pero, ¿qué demonios significaba aquello? ¿Por qué el alma de su señor Hades se había tomado la molestia de acudir hasta allí? Era pronto. Un ser tan pequeño no estaba preparado para contener el alma y el inconmensurable poder de su señor, ¿querría entonces eso decir que…?
 
Todo su ser se agitó a la par que la violenta onda de destrucción estallaba arrasando y desolando. Ahora comprendía. Imbéciles… habían permitido a los santos de Atenea acercarse al niño.
 
Rápidamente, Radamanthys se rodeó de toda la potencia de su energía. La poderosa y desoladora onda avanzaba inexorablemente… ya estaba ahí… así que, apretando los dientes el juez se adentró en el interior de aquella gigantesca onda de destrucción.
 
Haciendo un gran esfuerzo, Radamanthys avanzó soportando los golpes que le propinaban los fragmentos de rocas, troncos y ramas de los árboles destrozados a la vez que intentaba contener la increíble presión que, a modo de intensas ráfagas, empujaban su cuerpo, mientras su armadura vibraba sobre sus tensos músculos… 
 
Debía darse prisa, debía llegar cuanto antes y proteger el futuro cuerpo de su señor.
 
 
 Jadeando, completamente agotado y gravemente herido, Erik retrocedió algunos pasos dejándose caer sobre el tronco de un árbol.
A escasos pasos de donde él se hallaba, Diamar resollaba sujetándose las costillas, intentando recuperar el aliento tras el último ataque del caballero mientras que, hundidos en el suelo, los cuerpos de Vermis y Giganto, tras sufrir unos fuertes espasmos… volvían a la vida.
 
-Imbécil…- escupiendo su sangre Basilisco nuevamente volvió a concentrar su energía- harías mejor abandonando el combate…- le espetó Diamar.
 
-¿Ahora que por fin luchamos en serio…?- Erik sonrió.
 
-Peor para ti, desgraciado…
 
 
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Apretando los dientes, rodeándose de nuevo de los fulgurantes destellos dorados de su energía cósmica, Erik se preparó para resistir una nueva acometida de sus rivales, cuando…
 
...un poderosísimo cosmos, una energía inconmensurable e inconcebible, un poder divino, estallaba no muy lejos de allí inundando con su presencia, arrollando con sus densas emanaciones todo cuanto se interponía a su paso. 
 
-¡Por Atenea! ¿Qué es eso?- preguntó Erik atónito contemplando la sanguinolenta oscuridad que rápida y violentamente se extendía ahogando los tenues rayos del sol mientras la onda de destrucción se propagaba y las gigantescas copas de los árboles estallaban pulverizadas.
 
Rápidamente, Diamar, Vermis y Giganto se volvieron a contemplar aquella inmensa ola de destrucción…
 
-¿El señor Hades?- gritaron casi al unísono a la vez que concentraban sus respectivas energías en torno a sus cuerpos preparándose para resistir el inevitable así como terrible impacto de aquella incontenible onda de energía… aunque en vano.
 
Los tres espectros salieron despedidos por los aires junto al colosal caballero, formando los cuatro una extraña amalgama de torsos, piernas y brazos que, aquella incontenible y divina fuerza, izó por los aires y posteriormente, arrastró por los suelos.
 
 
Si quiera tuvo tiempo de reaccionar…
 
Los ojos del chico destellaron irradiando una luz sobrehumana, sus ropas se agitaron animadas por las poderosas descargas del prodigioso dunamis del señor del inframundo. 
 
Poseído, ausente, Marzûq abrió su mano derecha realizando un leve gesto con la palma de su mano…
 
Antares lo observaba atónito, ¿no se suponía que era demasiado pequeño para que el señor del inframundo hubiera poseído su cuerpo? ¿Qué podía significar eso? 
 
-¿Por qué?- gritó el pequeño.
 
Antares abrió sus ojos como platos. Acompañadas de un gélido viento, las palabras que pronunció el chico golpearon el rostro del caballero agitando sus cabellos, reverberando en el interior de su cabeza.
 
-¿Por qué lo has hecho…?- sobre la palma de su mano derecha, la energía del señor del inframundo comenzó a concentrarse.
Jadeando, Antares paseaba su mirada de la mano al rostro del chico.-¡Responde! ¿Por qué has matado a mi padre?- gritó Marzûq alzando su mano derecha, haciendo estallar violentamente toda aquella divina energía que lo imbuía… enviando en la forma de una violenta e incontenible ola rojiza su divina esencia sobre el caballero…
 
Sorprendido por las palabras del chico, Antares apretó sus dientes cubriendo su rostro con su brazo izquierdo, haciendo estallar su energía en torno a su cuerpo en un vano intento por protegerse, sin embargo… al igual que una brizna de paja, el caballero salió despedido por los aires nada más recibir el impacto de aquella prodigiosa energía, de aquella violenta onda que se expandía arrasando, arrollando todo cuanto encontraba a su paso.
 
 
 
“Si algo le ha pasado al cuerpo de mi señor… los desollaré vivos.”
 
Tras los angustiosos momentos que pasó intentando abrirse paso entre las poderosas emanaciones del dunamis de su señor, Radamanthys avanzaba velozmente alertando no sólo de su presencia, sino de sus intenciones a los santos de Atenea.
 
Su poderosa energía manaba oscura y violenta, sumiendo el sórdido y desolado paisaje al que todo había quedado reducido, en las densas, caóticas y peligrosas brumas de sus fieras intenciones… el más ligero rasguño que hubiera sufrido el cuerpo de su señor sería castigado con la muerte.
 
 
Recostado sobre los restos de un tronco quebrado Erik abrió sus ojos y confundido contempló un desolado y desconocido paisaje donde nada parecía tener sentido, a menos que se hallara al revés.
 
Aturdido, dolorido, buscó en su confusa memoria algún hecho reciente que pudiera explicar cómo y porqué se encontraba en esa… extraña situación. Medio torso del caballero pendía precariamente sobre el tocón mientras sus robustas piernas descansaban sobre la tierra. 
 
-¡Oh dioses!- exclamó cuando los recuerdos socorrieron su confundida memoria ofreciéndole las respuestas.
 
Alzando sus brazos al cielo, tragando saliva, el caballero intentó incorporarse pues aquella postura en la que había caído, le estaba destrozando la espalda.
 
Jadeando, tras varios insufribles intentos comprendió que le flaqueaban las fuerzas así que, finalmente decidió deslizar todo el peso de su cuerpo hacia uno de sus lados sobre la astillada superficie cayendo de costado, completamente desmadejado sobre el inconsciente cuerpo de uno de los espectros.
 
-De… debo…levantarme.-musitó entre dientes y terribles dolores.
 
Apoyando uno de sus poderosos brazos en la espalda de Diamar que yacía inconsciente, sujetándose con el otro al tocón en el que cayó, entre ahogados gemidos, Erik consiguió levantarse sobre sus temblorosas piernas.
 
Agotado por el esfuerzo, el caballero permaneció unos instantes recuperando el aliento junto al cuerpo de Diamar preguntándose ¿qué habría sido de los otros dos espectros? 
 
¿Estarían inconscientes al igual que Basilisco? Los ojos de Erik se hundieron en el cuerpo de Diamar. No, no lo creía así. La desmedida brutalidad  así como la imparable potencia de aquella energía que los golpeó los había matado, de eso estaba seguro, no eran ni tan fuertes y mucho menos tan poderosos como Basilisco… entonces, ¿dónde estaban? ¿Por qué no lo atacaban?
 
-Antares…- Casi sin darse cuenta, Erik pronunció el nombre de su compañero en voz alta. Creyéndolo muerto sin duda alguna, habían partido en busca de Antares.
 
Aquella certeza irrumpió violentamente en su cabeza. Juró por su honor de caballero que no permitiría a ninguno de aquellos espectros acercarse a su compañero. 
 
Apretando sus dientes, comprendiendo al instante la peligrosa situación en la que podía encontrarse Antares si los espectros lo encontraban inconsciente, sacando fuerzas de dónde ya prácticamente no le quedaban… Erik se lanzó furioso en busca de Vermis y Giganto.
 
 
-A…arri…arriba Antares…- se dijo así mismo alentándose, despegando penosamente su rostro del suelo a la vez que intentaba incorporarse hundiendo su tembloroso y ensangrentado brazo izquierdo en la tierra, mientras el polvo así como diminutos fragmentos de su armadura se precipitaban al suelo.
 
No conseguía ver nada con claridad, a su alrededor todo estaba aún  envuelto en un oscuro y denso manto de polvo y fragmentos de madera.
 
Jadeando, dolorido y algo aturdido, finalmente consiguió levantarse… de no haber sido por su armadura y su poderosa energía cósmica que le protegían, aquel chico lo hubiera destrozado.
 
Antares resolló aguantando las lacerantes punzadas que le recorrían todo el cuerpo. Hacía tanto tiempo que nadie lo golpeaba así que casi había olvidado lo que se sentía.
 
-¿Padre?-las palabras que pronunció el chico, acudieron a su cabeza- Por Atenea, cree que he matado a su padre…- masculló entre dientes sujetándose las lastimadas costillas, irguiéndose completamente, escupiendo su sangre al suelo, sintiéndose aún mareado.
 
Lentamente, el polvo, así como los fragmentos de los árboles que habían sido pulverizados, reducidos a astilla, se fueron asentando permitiéndole ver con mayor claridad el desolado paisaje que, con aquel simple gesto, el chico había sembrado. 
 
Los potentes rayos del sol… esos mismos rayos que apenas hacía unos instantes se filtraban a través de las tupidas y frondosas copas de los árboles e indecisos bañaban con su atenuada luz el manto de la tierra cayeron pesados sobre su resquebrajada armadura.
 
El bosque, aquellos majestuosos árboles, habían quedado reducidos a un montón de tocones calcinados que, insensibles asomaban desalentados sobre la tierra yerma.
 
-Por Atenea…- musitó dirigiendo su mirada en derredor contemplando toda aquella desolación. 
 
Recuperado el aliento, Antares dejó fluir su energía. “Qué extraño”, se dijo así mismo al no encontrar rastro alguno de aquel inconmensurable cosmos. Sin embargo, sus agudizados sentidos lo alertaron de otras presencias… las comisuras de sus labios se alargaron en una inconfundible sonrisa.
 
Una peligrosa bola de energía se dirigía hacia donde él se encontraba, a la vez que unos largos e insidiosos apéndices salían proyectados del interior de la tierra intentando atraparlo.
 
-¡POR EL RUGIDO DEL LEÓN!- irrumpió la voz de Erik a la par que este se  interponía entre la esfera, los tentáculos y su compañero, desviando el curso de la bola de energía con las fulgurantes emanaciones de su energía cósmica,  destruyendo los apéndices, destrozando a la velocidad de la luz el cuerpo de Giganto, lanzándose posteriormente sobre Vermis al que golpeó sin piedad.
 
-Sabía que estabas ahí…- comentó de espaldas a su compañero, sonriendo.
 
-Odio a este maldito gusano- masculló Erik entre dientes, a la vez que liberaba el cuello de Vermis de su letal tenaza y este volvía a sumirse entre las brumas de la muerte.-Debemos darnos prisa Antares, no sólo por qué estos dos vuelvan a levantarse. Alguien mucho más peligroso y poderoso que estos espectros se acerca.
 
Sus ojos se encontraron. Un tupido velo cayó sobre las francas miradas oscureciéndolas.
 
-Vamos Antares, acabemos con esto de una vez por todas ¡por Atenea!
 
-¡Por Atenea!
 
Y decididos, ambos caballeros avanzaron en busca del chico.
 
 
El dolor era terrible, le desgarraba y laceraba el alma. Exhausto Marzûq cayó de rodillas al suelo mientras de sus ojos se escapaban las últimas lágrimas que derramaría en su vida sumido en la convulsa oscuridad de sus sentimientos, preguntándose una y otra vez, qué es lo que le había ocurrido y por qué aquel asesino había matado a su padre… mientras se dejaba llevar  ahora que se había quedado sólo por su destino.
 
 
Apenados, Erik y Antares, finalmente llegaron al lugar donde se encontraba Marzûq. Agotado, el chico levantó su rostro hundiendo primero sus apacibles ojos verdes en Erik y posteriormente en Antares.
 
A sus espaldas estallaron las energías de los resucitados Vermis y Giganto. Recuperado, Basilisco se unía a ellos.
 
-Mataste a mi padre y ahora vienes a matarme a mí- sentenció Marzûq sosteniendo la mirada de Antares. La barbilla del caballero del escorpión tembló. Este desvió la mirada. Le hubiera resultado mucho más fácil acabar con él sino hubiera contemplado aquellos serenos y apacibles ojos verdes… jamás, de eso estaba seguro, podría olvidar aquella suplicante e inocente mirada.
 
-Yo me encargo de él Antares.-la voz de Erik no sólo tronó en su interior sino en el de Marzûq.
 
Sobrecogido, el pequeño dirigió de nuevo su anhelante y suplicante mirada hacia Erik, pero el caballero tenía los ojos cerrados.
Sereno y concentrado, su semblante en cambio reflejaba una profunda tristeza. Marzûq  exhaló entonces el aire de sus pulmones. No había esperanza para él. Aceptando su destino, lánguidamente, bajó la cabeza.
 
-Erik… sabes que soy tan responsable como tú de este acto…- comentó Antares cerrando sus ojos.
 
-Pesará sobre mi corazón pero…- susurró Erik dando el primer paso- estoy dispuesto a soportarlo si con ello libro al mundo y a Atenea del dolor.
 
-Y yo Erik…- musitó Antares viendo avanzar decidido a su compañero en dirección al pequeño.
 
Apenado, ahora que Vermis, Giganto y Diamar se hallaban sobre él, Antares se giró encarando a los espectros. Por primera vez en su vida, el fulgurante destello rojizo que inquietante y amenazador, solía iluminar su mirada a la hora de lanzarse al ataque, opacó su visión,  así como su semblante con la pena y el dolor que sentía en su corazón.
 
Veloz, salió al encuentro de los tres espectros. Violentamente hundió sus  dedos en los torsos de Vermis y Giganto haciéndose rápidamente a un lado esquivando los puños de Basilisco, bloqueando el paso del espectro, conteniéndolo mientras Erik ponía fin a la existencia de aquel pobre niño. 
 
 
“Siempre elige al ser más puro, al alma más gentil y bondadosa para reencarnarse. No conozco su verdadero rostro aunque a través de los ausentes  ojos de su anterior portador fui testigo de su crueldad.
 
 No existe piedad o compasión, ni lástima ni conmiseración alguna en la dispensa de su divina justicia, pues el odio, el desprecio hacia todos los seres humanos, es su inflexible rasero y el sufrimiento eterno es lo que nos depara.
 
Sé que os envío en busca de un ser inocente, es más, sólo es un niño. Llevo madurando esta idea desde el día en el que Atenea me otorgó su bendición y me encargó la misión de reconstruir el santuario y la orden de los santos de Atenea.
 
Sí el sacrificio de un ser inocente libera al mundo de la barbarie y crueldad de una futura guerra santa, este irremisible acto al menos, estará justificado.
 
Me pesa en el alma enviaros a cumplir tan amarga misión y sí lo hago es por qué os conozco bien, a los cuatro…” 
 
 
 
Las palabras de Galaad irrumpieron violentamente en su interior. Haciendo acto de constricción, Erik llegó a la altura de donde el pequeño aguardaba sollozando con la cabeza gacha y frente a él hundió su rodilla en el suelo.
 
-Lo siento pequeño…- musitó cerrando su puño, alzando su brazo derecho sobre el febril y tembloroso cuerpo del muchacho.
 
Dejando escapar el aire de sus pulmones, Erik cerró sus ojos a la vez que, escudándose en su lealtad hacía Atenea, lanzaba su poderoso puño sobre el cuerpo del chico, cuando…
 
  ...una turbadora y escalofriante presencia se abatió sobre él. 
 
Jadeando, Erik abrió sus ojos en el preciso instante en el que el sol se eclipsó tras las gigantescas alas de aquel sobrio e imponente espectro cuya densa, violenta y caótica energía violácea sometían el cuerpo del caballero arrodillado frente al chico y al que salvajemente pateó en el rostro lanzándolo por los suelos, ante el asombro de Marzûq que retrocedió acurrucándose tras las piernas de aquella sobrecogedora presencia.
 
 
-¡Erik!- gritó Antares hundiendo salvajemente su dedo en el torso de Diamar, lanzándose furioso contra aquel poderosísimo espectro que acaba de aparecer.
 
-Qué ironía…- irrumpió turbadora la voz del espectro mientras paseaba su acerada y amenazadora mirada de un caballero a otro.- vosotros precisamente…- deslizándose sutilmente a un lado, el espectro no sólo esquivó sino que atrapó el brazo del sorprendido Antares a la vez que, violentamente, hundía su puño en las lastimadas costillas del caballero mientras que, aún aturdido, Erik se afanaba por levantarse- vosotros que os proclamáis defensores del inocente, paladines de la justicia…- sin soltar el brazo de Antares, concentrado, el espectro se hizo nuevamente a un lado dejando pasar de largo esta vez a un aturdido y confuso Erik, mientras Marzûq contemplaba la escena lleno de admiración hacia aquel extraño e imponente hombre que lo protegía.- habéis osado levantar vuestras sucias manos sobre un pobre e indefenso niño- realizando un rápido y violento giró, el espectro lanzó a Antares sobre Erik quien contuvo con su cuerpo su caída.- peor aún… habéis osado levantar vuestras manos sobre mi señor y tamaña ofensa, se castiga con la muerte. ¡GRAN CASTIGO!
 
Abriendo de repente sus brazos, ante los agotados y mal heridos Erik y Antares, el espectro concentró toda su violenta y caótica energía lanzándola posteriormente sobre los caballeros en la forma de unas intensas y rabiosas ráfagas violáceas en el interior de las cuales sus cuerpos quedaron atrapados e inmovilizados a merced de las prodigiosas fuerzas huracanadas que los sometían y golpeaban sin piedad alguna; con tal violencia, que ambos salieron despedidos por los aires sumidos en las oscuras brumas de la inconsciencia…
 
Y mientras ellos caían vencidos, el espectro se volvió y buscó con su mirada a su señor. Acurrucado, Marzûq lo contemplaba admirado…
 
-No sabéis cuánto lo lamento, mi señor- ante la atónita mirada del chico, el espectro hundió su rodilla en el suelo.
 
-¿Qué…?- confuso, Marzûq contempló a aquel extraño sin saber bien que debía hacer. Tímidamente, el muchacho se acercó a aquel hombre que le había salvado la vida y al instante algo se agitó en su interior. Incluso postrado y con la cabeza gacha, su presencia era temible-¿Por qué me has llamado señor?- preguntó al espectro.
 
-Por qué lo sois. Sois mi señor.
 
 
Al atardecer… en Danzig 
 
-Mira que estropicio -dijo una suave y ambigua voz sobre los restos de Mirtis, en el prado, unas horas después-. Va a costar arreglar esa armadura...y a su  portador.
 
Los ojos de Mirtis se abrieron de repente y se quedaron clavados en la enigmática figura que le observaba.
 
 
El dolor era terrible e insoportable.
 
Todo su ser se hallaba sumido en una oscuridad total, sin embargo una fría a la vez que reconfortante brisa acarició su rostro.
Lentamente Antares, abrió sus ojos. Durante unos minutos, el caballero permaneció allí tumbado, aturdido… mareado. 
 
-¿Qué demonios…?-musitó entre dientes confuso.- ¿Quién era ese…?
 
Un fuerte espasmo sacudió entonces todo su cuerpo. Violentamente, Antares intentó incorporarse pero al hacerlo unos terribles calambres le atenazaron brazos y piernas.
 
-Aguarda… tranquilízate.- le habló una voz amiga.
 
-¿Erik?- farfulló recostándose sobre sus codos, apretando los dientes, conteniendo entre gemidos el intenso dolor que le atenazaba sus miembros.
 
La colosal sombra de su compañero cayó sobre él. Antares levantó la mirada y tomó la mano que Erik le ofrecía. 
 
-¿Y el…?
 
-Se lo han llevado.- atajó rápidamente Erik-Debieron pensar que estábamos muertos. Sabes Antares… no puedo decir que lo lamente.
 
-Yo tampoco.- Antares sonrió- Quizás sea mejor así. La próxima vez que nos encontremos… 
 
- Ya no será un niño sino el poderoso señor del inframundo, aunque no por ello dejará de ser un inocente.
 
-Sí, sin embargo no nos pesará en el alma acabar con él. 
 
Erik sonrió iniciando la marcha.
 
-Vamos Antares- dijo finalmente volviendo el rostro hacia su compañero-al menos dispondremos de algo de tiempo y pienso aprovecharlo. Preparé a Alban a conciencia y, ahora, vayamos en busca de ese chico.
 
-Karadas,- exclamó- no me he olvidado de él.
 
-Me gusta Antares, me gusta ese chico… posee, algo especial.- adujo.
 
-Tú también lo has advertido, ¿verdad? Mi intuición me dice que está destinado a convertirse en uno de los más poderosos santos de Atenea, aunque, tú ya tienes un discípulo.
 
-Pero puedo entrenar a alguno más…
 
-Sí, a todos cuantos quieras, pero no a Karadas.- y ambos estallaron en una sonora carcajada, mientras que…
 
…nervioso, Karadas aguardaba la llegada de los caballeros. 
 
En cuclillas, rodeado de sus amigos los escorpiones, Karadas jugaba con estos imitando sus movimientos, balanceando el peso de su cuerpo de una pierna a otra, lanzándose al ataque al igual que ellos, resistiendo las dolorosas picaduras que estos le infringían y a cuyo veneno era inmune. 
 
Pronto anochecería sumiendo en el mutismo total aquel ya de por sí silencioso y aciago día… hacía horas que las gentes se habían encerrado a cal y canto en sus casas asustadas por los extraños incidentes de aquella mañana, en la que, durante unos instantes, el límpido azul del cielo adquirió un espeluznante tinte sanguinolento mientras parte del bosque estallaba envuelta en llamas y la tierra se estremecía.
 
¿A dónde habrían ido? ¿Se habrían olvidado de él?
 
Karadas alzó su mirada contemplando las primeras estrellas titilar cuando…, sonriendo, aliviado dejó escapar el aire de sus pulmones. Una especie de vibrante descarga, lo mismo que sintió cuando esa mañana se cruzó con Antares, sacudió su cuerpo.
 
-¿Maestro…?- preguntó tímidamente volviéndose, descubriendo a Antares y a Erik, abriendo sus ojos sorprendidos al igual que su boca al contemplarlos con sus… resquebrajadas, pero hermosas y doradas armaduras.
 
-Vamos, Karadas. Es tarde y debemos marchar.
 
 
TODOS ANTE EL PATRIARCA
 
 
Con sumo cuidado, Lugh apartó el vendaje empapado en sangre que cubría el brazo de Raust y no pudo evitar el ligero respingo que sacudió su cuerpo al contemplar la espantosa herida abierta… los músculos del antebrazo estaban seriamente dañados y el hueso era visible.
 
Aunque semiinconsciente a causa de la gran cantidad de sangre que había perdido, Raust luchaba por recuperar el control de su mente. Su pecho se agitaba convulsamente al ritmo de su cada vez más acelerada respiración… agonizaba.
 
-¿Se pondrá bien?- inquirió Nail observando al Patriarca mientras este posaba su mano su mano sobre la frente del caballero de plata y su energía lo rodeaba. Tras lanzar un profundo quejido, la respiración de Raust se relajó.
 
-El daño es considerable…- musitó Galaad- es muy probable que queden secuelas. 
 
Centrando ahora toda su atención en el brazo destrozado, la energía de Galaad vibró a la par que penetraba en el músculo, reactivándolo. Parte del tejido dañado comenzó a ocupar de su nuevo su lugar sobre el hueso, ocultando su desgarradora exposición. Sin mediar palabras, Galaad extendió su mano derecha y Lugh le tendió un nuevo vendaje sobre el que había colado una especie de cataplasma que había estado elaborando.
 
-Con esto…-murmuró.
 
-Evitaremos una posible infección de sus heridas.- terminó Lugh la frase del Patriarca.
 
-Prepara el primero de los elixires.- añadió una vez hubo terminado de vendar el brazo.- Ha perdido mucha sangre y necesitará reponer fuerzas. Deja de atormentarte por lo sucedido- adujo entonces sintiendo el pesar en el corazón de Nail.- habéis liberado a esas gentes del ser de pesadillas que los estaba atormentando. Habéis cumplido con vuestra misión y deber de caballeros. Estoy orgulloso de ambos. Y, ahora, retirémonos.- obedeciendo al gesto que realizó Galaad con su mano, una joven doncella se acercó al Patriarca.- Necesita descansar. En el momento en el que despierte debes darle a beber el elixir que Lugh te entregará, mañana volveré a atender sus heridas. Forcia, si en algún momento tiene fiebre o el dolor no le deja descansar… házmelo saber. 
 
 
Apenas unas horas más tarde, entrada ya la noche, en la sala del Patriarca,  Galaad recibió a Antares y Erik… para su sorpresa, los caballeros, no venían solos, pequeño y escuálido, un chico, se arrodilló ante él al lado de Antares.
 
-Maestro- continuó Antares una vez le hubieron informado de lo sucedido- este joven que me acompaña es Karadas.
 
Observándolo detenidamente, Galaad asintió silenciosamente con su cabeza.
 
-Al fin Antares.- exclamó sonriendo.- Tantos años instándote a que tomases un discípulo y al fin lo has encontrado. Deduzco que este joven debe ser alguien muy especial. Karadas,- lo llamó por su nombre y este levantó la cabeza a la vez que la energía de Galaad lo rodeaba. Azorado, Karadas tragó saliva sintiendo cómo, aquel cálido cosmos lo escrutaba, mientras que, sorprendido, a los labios del Patriarca asomaba una sonrisa.- Posees una fuerza y un poder extraordinarios- adujo desviando su mirada hacia Antares- “Me recuerda a cierto joven”, añadió mentalmente y los ojos del caballero destellaron.- Bien Karadas, a partir de este momento Antares es tu maestro. Él te instruirá en el arte de la caballería, obedécelo. No desesperes jamás y lucha,- aseveró- algo me dice que vuestro encuentro no ha sido del todo fortuito, que, de un modo u otro estabais destinados a ser maestro y discípulo. Karadas, estás aquí para cumplir con un noble propósito. Combatirás contra los enemigos de Atenea, lucharás para protegerla, a Ella y a los inocentes cada vez que las fuerzas del mal intenten apoderarse de la tierra, se bienvenido. 
 
 
Y… mientras tanto, en el Palacio de Hypnos en Noruega…
 
 
-Bonito lugar… 
 
La voz, aunque suave, le arrastraba el final de cada frase con una nota áspera, como el roce de una losa de piedra al abrirse un sepulcro. La figura, oculta en las sombras de la habitación, se había materializado de la nada, como correspondía a su forma etérea y a su divina esencia. Thanatos, que se estaba sirviendo una copa de oscuro vino, se volvió hacia la sombra.
 
-¿Es aquí donde os escondéis para jugar, hermano?
 
-No se diferencia tanto de nuestros antiguos dominios, hermana –bebió un sorbo de la copa-, al fin y al cabo, los dominios de Dido no estaban tan lejos de estas tierras y nuestra influencia también se extendía por allí.
 
El tono rojizo del vino despertó un instinto ancestral en la figura oculta. Sus ojos destellaron durante un instante con el vivo color de la sangre y lo acompañó un ronroneo apenas audible para los humanos pero que el dios de la muerte pudo apreciar con total claridad. 
 
-Estoy seguro de que si te hubieras pasado unos años antes podrías haber contemplado un ambiente totalmente diferente, frío, blanco y yermo. A Hypnos parecía atraerle. Por suerte para ti, los pueblos que habitan el norte son belicosos y llevan mi bendición por doquier, Nephele.
 
-Las keres no somos bien recibidas tan al norte –siseó-, las almas de los caídos ya tienen dueñas. Y no entiendo qué se os pudo perder allí, puesto que para recoger cadáveres nuestras hermanas solo tienen que seguir la ruta de los mal llamados cruzados para saciar nuestra hambre.
 
-Preparábamos la llegada de nuestro Señor –Thanatos se volvió hacia la ventana. Volvió a probar el vino y chasqueó la lengua, complacido-. No está mal este brebaje terrenal. Los antiguos romanos perfeccionaron esta receta y, aunque no es ambrosía, es algo que se puede tragar con este cuerpo.
 
-Estabais jugando –apuntó la ker, ignorando el comentario sobre el vino-. Os conozco muy bien, hermano, a los dos y sé que jugabais con los humanos.
 
-¿Y? –Replicó molesto Thanatos-. ¿Acaso te incumbe?
 
-Mientras dejéis que recojamos a los moribundos, nos trae sin cuidado –resopló ella, dándole a entender que no era ese su interés.
 
-Entonces… -se interesó ya impaciente.
 
-Creo que yo también quiero jugar a vuestro juego.
 
Se sentó en la mesa que había en sus aposentos y apuró el vino que quedaba en la copa de cristal. Desde el exterior venían sonidos de algún combate de entrenamiento. Aunque odiaba reconocerlo, él no era tan perspicaz como su gemelo Hypnos, quien seguramente ya sabría qué pretendía Nephele. 
 
-No estamos jugando a nada, hermana. Estamos sirviendo a nuestro Señor –la ker se echó a reír sin disimulo, arrastrando las carcajadas con la misma aspereza que sus palabras.
 
-¡Claro que jugáis! Os disputáis controlar la mayor parte de los espectros cada uno para lograr la mayor victoria contra Atenea y complacer al Señor. Lleváis años haciéndolo, no pretendas negarlo. Nos hemos alimentado de los despojos que vuestros conflictos han creado y aunque las demás se contentan con la sangre caliente de los moribundos, yo quiero algo más.
 
-No me entretengas más, Nephele –replicó molesto Thanatos-. Ve al grano ya o márchate de aquí.
 
-Voy a reclutar a mi parte de los espectros –los ojos de su hermano se entrecerraron ligeramente, escrutando a la diosa en su escondrijo-. Ya he empezado con uno que ha necesitado un buen arreglo, el Nightgaunt y pienso reclutar alguno más. Así podré procurarme el favor de nuestro Señor y alimento constante.
 
Thanatos sonrió y se sirvió otra copa de vino. No había esperado que su hermana decidiese entrar en conflicto tras tantos años sin hacerlo, pero le parecía interesante. Mejor, pensó, cuantos más seamos, antes caerá el maldito santuario de Atenea.
 
-¿Piensas decírselo a Hypnos?- inquirió a sabiendas de que este recelaría de las intenciones de su hermana.
 
-Ya se enterará… -dijo alegremente, agitando el aire de la estancia con un aleteo de sus negras plumas antes de desaparecer como había llegado.
 
-Esto se va a poner interesante –murmuró mientras bebía vino, pensando en cómo se tomaría Hypnos que su partida se convirtiese en un juego a tres bandas.
 
 
LA PETICIÓN DE RAUST
 
 
Habían llegado al Santuario hacía menos de dos días y Nail ya se encontraba ansioso allí. Dada su juventud y su natural arrogancia, durante su entrenamiento había chocado en mayor o menor medida con otros aspirantes y con otros caballeros de Atenea, eso sin contar con el rencor logrado de muchas de las doncellas del lugar que habitaban que nunca se sentían demasiado contentas de volver a verle. Su talento había superado lo previsto por el maestro con el que había comenzado a entrenar y al final había sido más autodidacta que enseñado, pero siempre tutelado por Galaad y Raust, que ejercían más como conciencia que otra cosa.
 
Ese era el primer día que iba a hacer algo así y todavía no se sentía cómodo con la idea.
 
Vestía unos pantalones anchos, cómodos, y una camisa de lino, el cabello rojizo alborotado y su habitual expresión indolente en el rostro, pese a que estaba asustado ante lo que podría encontrarse.
 
- Raust debe de recuperarse todavía y no sabemos lo que puede tardar –le había dicho el Patriarca-. Aunque llegaste rápido, su brazo izquierdo está muy dañado y va a necesitar reposo durante varias semanas.
 
-Pero Galaad… Señor, no puede encargarme esa tarea a mí. Es demasiado importante.
 
-No soy yo quien te la confía. Es Raust quien lo ha pedido expresamente. Dice que se lo debes.
 
 
Y tenía razón.
 
Le debía eso, al menos, a Raust después de haberle dejado volver solo al molino y haberse encontrado con aquel espectro tan molesto. Así que de nada le servía recordar su conversación con el Patriarca, ni volver a buscar una excusa que le llevase fuera del Santuario. Tendría que hacer frente a todas las miradas de reproche y afrontar el que, de momento, consideraba su mayor reto: entrenar a los aspirantes de Raust.
 
Así que llegó a la zona donde le habían dicho que le estarían esperando. Pasaba algo más de una hora desde que amaneciera cuando Nail llegó allí, sin saber qué encontraría. Él mismo apenas recordaba la dinámica del entrenamiento con compañeros y bajo la guía de un maestro; antes de conseguir su armadura había veces que ni siquiera se marchaba de donde entrenaba en todo el día, pasando allí la noche, mientras que otros días acudía más tarde que pronto a practicar.
 
Tres muchachos se encontraban en aquel lugar, realizando diferentes ejercicios y sudando, con aspecto de llevar bastante rato ya allí. Uno de ellos, el más alto y corpulento, se encontraba cargando una enorme piedra sobre sus hombros y caminando sobre el patio. Otro muchacho, un poco más menudo que él mismo, saltaba sobre las columnas repartidas en el lugar, de una a otra, ascendiendo hasta el capitel para, de un salto en otra dirección, descender y volver a empezar. La última era una joven de cabello oscuro largo, recogido en una gruesa trenza, su rostro, como las normas dictaban, cubierto por una máscara. Estaba sentada sobre un trozo de columna, completamente quieta, con las piernas cruzadas y los brazos apoyados sobre su regazo; daba la sensación de haberse quedado dormida.
 
Se detuvo al principio de la explanada, justo en el primero de los escalones que bajaban a donde estaban los tres alumnos de Raust entrenando. Carraspeó levemente, incómodo. Si le escucharon, no hicieron ademán de prestarle atención. Con la ropa que llevaba, poco o nada imponía a aquellos muchachos.
 
- Eh, atendedme! –Gritó desde donde estaba.
 
Los dos varones se detuvieron y dejaron lo que hacían. La chica seguía sentada.
 
-Mucho mejor –dijo para sí mismo-. A ver, me han pedido que sea vuestro maestro hasta que Raust se recupere.
-¿Y quién eres tú, si se puede saber? –Preguntó de forma hosca el más grande.
 
-Soy Nail, caballero de oro de Capricornio –contestó con toda la solemnidad que pudo. No iba a dejar que unos críos le ninguneasen y sabía que con ello conseguiría toda su atención.
 
-¿Eres el inconsciente que dejó solo a nuestro maestro?
 
El otro discípulo fue quien le espetó la pregunta, aunque era más bien una afirmación. Le miraba fijamente, con una mezcla de rencor y desprecio. Nail sintió esa oleada de odio desplazarse hacia él, lo que le consternó lo suficiente como para no percatarse de que la chica se había levantado del suelo. La joven, de pelo azulado, se plantó frente a él con el rostro oculto por la obligatoria máscara.
 
-No he… -comenzó a decir él.
 
Pero el inesperado bofetón que la chica le propinó detuvo las palabras en su boca.
 
-No mereces el aprecio de nuestro maestro. No eres más que un creído imbécil que ni siquiera tiene el valor de mirar a sus iguales a la cara. Tienes suerte de que Raust siga vivo –conforme subía el tono de sus palabras, un cosmos rojizo comenzaba a rodearla y el aire vibraba, agitado por el calor-, o no habría sitio en el que pudieras esconderte de nosotros.
 
Tal vez se mereciera lo que le estaban diciendo. Puede que hasta le hubiese venido bien en algún otro momento, pero no ahora. No tras sentirse culpable por lo de Raust sin que sus muchachos le tuvieran que recriminar nada, hasta el punto de ignorar completamente su jerarquía.
 
Tenía que hacerse respetar, como había hecho siempre y como le correspondía como tutor de los tres jóvenes y, por qué no reconocerlo, como su orgullo le dictaba. Se acabó el ser un buen chico. Si querían odiarle, él les daría motivos. 
 
Una violenta sacudida de su dorado cosmos agitó sus vestimentas y se propagó en el aire, lanzando a la muchacha contra el suelo con violencia. 
 
-¡Mari…! –Exclamó el joven que había estado saltando entre las columnas antes de que la ráfaga de cosmos le alcanzase a él también y le estampase en una de ellas. 
 
El grandullón, que le podría sacar una cabeza a Nail perfectamente, se cubrió con los brazos el cuerpo, pero nada pudo hacer ante el súbito impacto del cosmos del caballero dorado que terminó lanzándole varios metros hacia atrás.
 
-¡Vais a escucharme! –Gritó Nail mientras les veía levantarse a duras penas-. ¡Se acabó el recreo aquí! Voy a convertiros en caballeros y al que no sea capaz de soportar el entrenamiento, le devolveré al pozo del que salió arrastrándose. ¡En pie ya, vamos! 
 
Horas después, cuando el sol se ocultaba tras la estatua de Atenea del último de los templos, Nail dio por concluido el entrenamiento, marchándose y  dejando a los tres aspirantes jadeando, empapados en sudor y tirados en el suelo.
 
 
VISITA A RAUST
 
 
-No tienen disciplina, Raust ¡Ni respeto! –Gesticulaba de forma exagerada, haciendo aspavientos con las manos-.Y esa discípula tuya se atrevió a abofetearme. ¿Es que no les has enseñado modales? –Apuntó con dedo acusador a Raust. 
 
Éste se echó a reír en cuando el joven Nail se calló, lo cual provocó que el pelirrojo abriera los ojos y la boca, sorprendido de que no le tomase en serio.
 
Raust permanecía en una de las camas de las estancias que rodeaban la Fuente de Atenea, con el brazo izquierdo cubierto por un grueso vendaje que le llegaba hasta el codo y apenas dejaba ver la mano.
 
-No tiene gracia. 
 
-¡Claro que la tiene! –Contestó sonriendo el caballero de plata-. Tiene mucha gracia porque tú eres exactamente igual. 
 
A Nail no le pasó desapercibido que su compañero utilizase el presente, y no el pasado, a la hora de compararle con sus alumnos.
 
-De todos modos, es cuestión de días que salga de aquí y vuelva a entrenarles. Ya han hecho todo lo que podían con esto –se señaló el brazo vendado-, y lo que pase ahora solo depende de la voluntad de Atenea. 
 
-No es necesario –se apresuró a contestarle-. Deja que de aquí en adelante me encargue yo, Raust. Los convertiré en caballeros, te doy mi palabra. 
 
Ya en la noche, tumbado en su cama mirando el alto techo del templo de Capricornio, seguía preguntándose si había hecho bien al asumir la tutela definitiva de aquellos tres jóvenes.
 
Independientemente de su potencial o sus capacidades para entrenarles, sentía que le debía más que un gran favor a Raust por lo ocurrido en aquella aldea de pescadores cerca del Baltyk y, le gustase o no, estaba dispuesto a cumplirlo. 
 
No fue fácil.
 
Tuvo que ganarse el respeto de los muchachos y pasó todo un mes hasta que dejaron de mirarle con ojos acusadores a cada orden o instrucción que daba, mientras él respondía a sus miradas con su expresión de arrogancia y superioridad, con aquel gesto suyo tan característico que le había granjeado la antipatía de alguno de sus compañeros de estamento y que tanto le definía.
 
Los tres muchachos cambiaron pronto las miradas de acusación por un incipiente odio que él, en su ego-manía y propio autocastigo por lo ocurrido con Raust, no fue capaz de apreciar.
 
“Si capitanearas un barco y ellos fueran tus marinos, hace días que flotarías a la deriva con el gaznate cortado.” 
 
Durante uno de los días que había decidido comer en la sala común del Santuario, un hombre con el rostro curtido por el sol, la piel morena, los ojos oscuros y el cabello castaño alborotado, se sentó frente a él, en la misma mesa, algo que salvo Raust, nadie más solía hacer.
 
Comenzó a comer el guiso de pescado sorbiendo la cuchara, a tal velocidad que pareciera que llevara días sin probar bocado. Cuando acabó, dejó el plato y se puso en pié, inclinándose exageradamente sobre él para murmurarle la advertencia, antes de marcharse de allí con expresión satisfecha.
 
“Ese debe de ser Martín de Erídano.” Le había dicho Raust cuando le comentó lo sucedido, esa noche. “Le encanta comparar todo con el mar, de los tiempos en los que era un escuálido grumete en un mercante que hacía las rutas por el Mare Nostrum.”
 
Y, acto seguido le preguntó qué estaba haciendo con sus muchachos, ya más preocupado al entender lo que aquella advertencia significaba.
 
Raust suspiró sonoramente cuando el joven pelirrojo le explicó cómo transcurrían las cosas y negó con la cabeza. 
 
-Tengo que hablar con ellos –e hizo el amago de levantarse de la silla apoyándose en ambos brazos. El izquierdo, al instante, le falló. Nail se levantó para ayudarle pero él le detuvo con un gesto-. No te preocupes, me han dicho que tardará en sanar. Estoy bien –dijo con una triste sonrisa. Por favor, habla con Galaad para que pueda ver a esos tres y explicarles un par de cosas. Y respecto a ti, Nail, cambia esa forma de actuar con ellos. Imagina lo que debe de comentarse entre los aspirantes para que un caballero de bronce haya tenido que acercarse a ti para advertirte.
 
El caballero de Capricornio se mordió el labio, evitando así abrir la boca en la que habría sido una ingeniosa pero irrelevante réplica a las palabras que acababa de pronunciar su amigo.
 
 
Con el paso del tiempo… 
 
 
Nail se dio cuenta enseguida de que algo había cambiado en la actitud de sus jóvenes pupilos una vez hablaron con Raust. A pesar de que él seguía siendo el de siempre, ya no sentía la fuerte agresividad hacia él en sus incipientes cosmos y, poco a poco, ese día comenzó a relajarse y no solo a instruirles, sino también a aconsejarles. Puede que el clima no hubiese sido el más propicio, pero en el mes que llevaba entrenando a los chavales, se podía ver claramente que iba por el buen camino.
Edited by plata
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HADES, Libro 2

 

 

Episodio 1: El discípulo del León

 

 

Karadas: ¿Cuándo maestro? ¿Cuándo podré...?

 

Antares: Aún no estás preparado.

 

Karadas: Pero... maestro, soy mucho más fuerte, poderos y rápido que Alban... ¿Por qué maestro?

 

Erik: Vaya, alguien tiene hoy cara de pocos amigos... a todos nos llega el momento muchacho, Antares cree en ti desde el primer instante en el que os cruzasteis, es más, confía ciegamente en ti...

Edited by plata
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